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Continúa Teo Millán:Estética, ética y poilítica del 15 M

La estética contemporánea se identifica por dos elementos diferenciales; su carácter de juego participativo y su focalización en una crítica de los fundamentos de comprensión del mundo (de la “distribución de lo sensible”, en terminología de Ranciére).
De acuerdo con esos criterios, el movimiento 15-M tiene una marcada sobredosis estética. No solo ha logrado encauzar el sentido participatorio de unas generaciones hasta hoy marginadas de lo político, sino que ha cautivado su imaginación. Lograr traspasar el sentido de la frustración y germinar un sentido utopista, que no utópico, es condición sine qua non para que los ciudadanos estemos dispuestos a afrontar el coste de contribuir en lo público. Sin ese sentido, la necesidad de recompensa por el servicio, deja un vacío en el estómago del supuesto colaborador cívico/político solo rellenable mediante el lucro privado a expensas de lo común, que da paso a la corrupción y los abusos.
Por tanto, el utopismo del movimiento ha de ser bienvenido. En su defecto, el pragmatismo acaba contaminado por lo prosaico.
Pero no solo se ha vehiculizado la necesidad de participación de muchos ciudadanos frustrados por el discurso ofrecido por los partidos institucionales, sino que esto se ha hecho desde el sentido de que por su mera presencia, el propio movimiento tiene una significación que trasciende a los contenidos que articulan sus portavoces. De hecho, es hoy más importante que el movimiento sea una instancia de expresión popular, que el sentido de las reivindicaciones en que se concrete.
Y en esas dos facetas, su vehiculación participativa, a modo de juego interrelacional, junto a su simbología esencial, que hace palpable la presencia de una voluntad común, reside su marcado carácter estético. Por eso posee una capacidad de fascinación el contemplar esas imágenes de miles de ciudadanos, reunidos en torno a una situación que no responde a consignas concretas que sean verbalizables ex-ante. A diferencia de otras manifestaciones a que estamos acostumbrados, la concentración antecede aquí al discurso. Y ello es lo que le confiere este carácter diferencial.
Pero esa carga de presencia es además evidencia de una demanda de progreso. Lo es porque no se trata de aquí de una respuesta mediática, en el esquema clásico de discurso-aplauso-abucheo con que los políticos han venido pautando sus lazos con la ciudadanía. No es un ejercicio tradicional de voto-a favor-en contra-en blanco en ese código criptográfico que los expertos de las urnas saben que es dúctil a la hora de desencriptar. Es algo de diferente calado y significado, y por ello es relevante en su forma estética; se trata de una llamada de atención sobre la posibilidad de alterar elementos importantes de la interacción política, de la “distribución sensible de lo político”, forzando en los espectadores y los observadores una reflexión sobre la capacidad/necesidad de revisitar los planteamientos vigentes, en tiempos de profunda crisis económica y, por sus efectos, social.
Pero junto a dicha euforia estética, hay un importante sentido de erradicación ética en la aparición del movimiento, sin la cual probablemente no se habría desatado la empatía generalizada. Se trata de un cuestionamiento de los principios éticos que subyacen en los discursos con que nos regimos en el ámbito de lo público. Y este es uno de los elementos más edificantes del movimiento; porque al plantear sus llamadas radicales de atención sobre el universo de lo político, sin apoyarlas en razones instrumentales, dejan la puerta abierta al ejercicio del juicio individual y colectivo. A pesar de distintos intentos que surgen de focos dispares, aglutinados todos bajo la misma bandera del cui prodest , no se ha logrado vincular el 15 M a ninguna fin que justifique, y de paso interprete, su aparición en virtud de intereses partidistas o beneficios apropiables, ni por individuos ni por instituciones. Las acusaciones de manipulación que cuestionan su legitimidad, resultan hasta el momento poco creíbles y tiene versiones contrapuestas tan evidentes, que las unas anulan a las otras.
Por tanto, como espectador, mi reacción ante el fenómeno es de remisión al ámbito de lo ético, más que a la esfera de lo político. O mejor dicho, es una retrotracción al juicio de lo político por medio de lo ético.
Lo cual es relevante en un periodo en que cada día se elevan más voces para denunciar la necesidad de una regeneración moral de la sociedad, y en particular de la juventud. Textos como Fe y Razón (Ratzinger, Habermas) ilustran esa tendencia, que parte del diagnostico justificado en mera evidencia casual, de una desvalorización moral de lo moderno, y prescriben con evidente conflicto de interés, la referencia religiosa como única forma de recuperación de las pautas de relación humana.
Frente a esos discursos esencialistas, la aparición y presencia de movimientos como el 15 M, son una evidencia indiscutible de la capacidad ético-laica de la juventud. Y no solo de esa capacidad, sino del entusiasmo que la vivencia en común de ese juicio valorativo de lo ético despierta en las generaciones más jóvenes, haciéndoles recuperar la ilusión por la regeneración ética de los planteamientos sociales.
Curiosamente, en su discurso hay una enorme dosis de dedo acusador, que señala a las generaciones más maduras, en primer lugar por el conformismo con las pautas democráticas descafeinadas con que la población tiende a convivir, y, segundo, por la falta de ética en esas pautas y la ausencia absoluta de capacidad de regeneración que han evidenciado.
Son ellos entonces los que exigen más moral. Y lo hacen desde su manifestación espontánea, en torno a vivencias comunes de participación política.
Este es entonces el juego desplegado en el tapete; los no-participadores de lo público se han descubierto como jugadores de lo político, mientras los supuestos políticos se sienten denunciados en la pobreza de sus programas y en la ausencia de exigencia en la ética de sus actuaciones en el ámbito de lo público. Las generaciones más formadas de la España reciente, y desde luego las únicas formadas con apertura plena al mundo exterior, han encontrado una forma de realizar un ejercicio de reafirmación de su presencia en el ámbito de lo público, que evidencia no solo su civismo en las formas, sino una crítica importante a la ausencia de ética y la carencia de proyecto regenerador de las generaciones maduras.
Como fenómeno estético, algo para contemplar. Sin olvidar el comienzo de estas líneas; lo estético es hoy ante todo participativo.

«Continúa Teo Millán:Estética, ética y poilítica del 15 M» recibió 1 desde que se publicó el Lunes 23 de Mayo de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] los que promueven algunos políticos frustrados y algunos “críticos de turno” (como los define mi amigo Teo Millán), me parecen no sólo inválidos sino, incluso, peligrosos, por la capacidad de promover actitudes […]

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