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Continúa Ramón: saber mirar y hacer ver

La Economía del Conocimiento representaba un Nuevo Mundo en el que los trabajos que lo conforman son una clase distinta de animales, sin fórmulas y publicados en revistas pretendidamente técnicas por investigadores desconocidos para mí. Pero no estoy seguro de que se trate de ese Mundo Nuevo al que yo pensaba llegar y en el que la sabiduría es totalmente inútil en sentido vulgar.

dr.MinervaLa reunión y la conversación de la que hablaba el otro día me hizo girar mis cavilaciones hacia un lugar ya visitado otras veces con la esperanza de que esta vez quizá pueda dar unos pasos más en el camino que marcha hacia lo que, a falta de bonita traducción, llamé la Good Society como aquella en la que se vive una Good Life o lo que a mí en particular me parecería bien traducida como una Vida Digna. Y estas cavilaciones se hicieron más alegres cuando me enteré de la existencia de una nueva rama de la Economía que ha dado en llamarse Economics of Knowledge y que, de una u otra manera, trata de entender más y más sobre los aspectos económicos de lo que en su día se llamó la Sociedad del Conocimiento un concepto con una rica polisemia. Desde ese momento ya no hay dudas de que vivimos en un mundo en el que la mayor parte del valor añadido está generado directa o indirectamente por por lo que llamamos «Knowledge», esa especie de conocimiento que generan la ciencia y la técnica. Y esa convicción nos arrastra hacia problemas intelectuales nuevos sobre los que medita precisamente la Economics of Knowledge cuyo objetivo se convierte en entender justamente la manera en la que funciona una economía basada en el conocimiento (knowledge-based economies)

MinervaCuando esta rama del conocimiento, dedicada precisamente al conocimiento, se desplegó ante mis ojos sufrí un shock que no tengo más remedio que tratar de utilizar a fin de aprovechar la ocasión para ordenar mis ideas. Contaba hace unos días mi falta de mala conciencia allá en la juventud por largarme a otro país con el único afán de saber más o, me atrevo a decir ahora, saber algo pues lo que la carrera me había proporcionado era una mera acumulación de saberes parciales enfocados a la aplicación inmediata a la generación de valor añadido sin garantía alguna de estar preparado para hacer eso mismo cuando aparecieran nuevas formas de generar ese valor añadido. Es decir quería transitar desde la información en sentido antiguo, o acumulación de datos o procesos, hacia el conocimiento u ordenación parcial de algunos de esos datos en un corpus cuasi único. Y esto fue posible pues solo hacía falta, además de un poco de inteligencia, mucho estudio para hacerte una idea de en dónde se encontraba el estado presente de ese conocimiento. Una tesis doctoral era muestra suficiente de que no solo uno podía alcanzar ese conocimiento sino que, además, estaba en disposición de empujarlo hacia una nueva frontera aunque fuera un milímetro.

Y este esfuerzo fue suficiente para dar sentido a una vida dedicada, más o menos intensamente, a la acumulación de conocimiento que la profesión admitía como verdadero en un sentido empírico. Pero la fe comenzó a flaquear cuando la capacidad reflexiva de uno se volvió sobre su propia generación de conocimiento y entendió que no estaba nada claro que la verdad en sentido empírico fuera una de las cualidades de su propia creación de conocimiento. Y en ese estado de ánimo pasé de D. Ramón a Ramón y de experto o algo así a un pobre buscador de un oro mal identificado que un día entendí que debía llamar sabiduría o, en inglés, wisdom.Y creí encontrar el camino hacia un Nuevo Mundo al que, con ayuda de unos Isabel y Fernando actuales yo podría descubrir.

Pero el haber vislumbrado la posibilidad de encontrar la sabiduría me produjo una alegría muy precaria debido a que en cuanto se generalizó el viajar a este Nuevo Mundo se trivializó la novedad y los emigrantes hacia esta Knowledge Economy hicieron de ella una fuente adicional de conocimiento utilizable una vez más para la creación de valor añadido. En una especie de analogía tonta me atrevería a decir que la sabiduría se apiló sobre el resto de conocimientos que seguían acumulándose y se transformó en una herramienta más para mejorar la innovación y otras maneras de seguir creciendo acríticamente. Esto es la impresión que me queda después de escudriñar el Handbook on the Knowledge Economy, Volume Two. Ciertamente se trata de un Nuevo Mundo en el que los trabajos que lo conforman son una clase distinta de animales, sin fórmulas y publicados en revistas pretendidamente técnicas por investigadores desconocidos para mí. Pero no estoy seguro de que se trate de ese Mundo Nuevo al que yo pensaba llegar y en el que la sabiduría es totalmente inútil en sentido vulgar y no necesita justificación ulterior del tipo que sea. Ni meramente utilitaria ni siquiera trascendente. Basta con saber mirar y hacer ver.

«Continúa Ramón: saber mirar y hacer ver» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 29 de Enero de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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