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Continúa el curso… de los acontecimientos

El desarrollo personal de nuestros hijos no puede estar condicionado por los señores de la Ciudad de los que dependan y para que esto sea posible es necesario que por la bocana del puerto sigan entrando, junto con la carga del hierro necesario, algunas ideas frescas incluso si para que lleguen hay que salir a buscarlas a bordo de un remolcador de altura.

remolcador de alturaComo sabes muy bien, porque tienen lugar en tu casa, las meriendas intelectuales continúan y su preparación va encontrando su formato definitivo que, casi invariablemente, te cuento ahora, acaba como aquella primera vez, cuando después de cenar, Lourdes y yo tomamos un taxi para volver a su casa. Me temo de todas formas que tu intención, Esperanza, no se ha cumplido del todo. Son noches muy satisfactorias y también muy discretas porque los jueves Lourdes da libre al servicio hasta la mañana siguiente y el mismo taxi que nos llevó hasta su casa está en su puerta a una hora muy temprana para devolverme a la casa donde vivo en el centro con mis padres y ese niño que crece en un ambiente lleno de amor pero sin una madre y con un padre que no le dedica el tiempo que sería conveniente dedicarle. No me pesan las clases, pues el teatro que conllevan es justamente la razón de la elección de profesión que hice un día, como seguramente sospechas. Tampoco me llevan mucho tiempo las meriendas intelectuales ya regularizadas y, de hecho, es posible que dentro de poco tiempo surtan el efecto que la Universidad buscaba y podamos entronizar la primera cátedra subvencionada con una dotación que muy bien podría servir para atraer a la Ciudad, y concretamente, a la Facultad donde presto mis servicios, a alguien de cierta fama intelectual. Lo que me pesa, y mucho, es la mala conciencia que arrastro en relación a la educación de mi hijo y el poco tiempo que dedico a esa cuestión, como si pensara que un padre solo es necesario a una edad un tanto más avanzada. Y nada me extrañaría que mi propio padre no tenga para mucho tiempo, pues su Parkinson se agudiza y algunas de sus funciones vitales se resienten, lo que resta a mi madre capacidad de atención para cuidar de mi hijo.

Todo esto puede durar largo o precipitarse en lo inmediato y esto no puede ser predicho. Pero mientras tanto, me gustaría que tú y yo fuéramos capaces de hablar con franqueza. Tenemos que cerrar un círculo que comenzó a formarse hace ya bastantes años y que, con una interrupción muy larga, nos ha traído otra vez uno al lado del otro. Tu amiga Lourdes no va a arrancarme el deseo de que seas para mí algo más que la organizadora de unas meriendas intelectuales más o menos interesantes pero también tontamente rutinarias. Quiero cerrar esta gestalt y para ello tengo que hacerte el amor, pues nada menos íntimo calmará mis ansias, esas ansias que creo que están en el origen de esta manera mía de vivir, que empieza a resultar un poco excesivamente aleatoria para un hombre de mi edad. Ya sé que ni quieres ni puedes alejarte de tu familia, especialmente de tus hijos, pero no creo que tu marido te necesite tanto como sospecho que tú piensas. La división del trabajo que practicáis, con su correspondiente especialización, puede durar toda la vida, e incluso puede ser cierto que dentro de muchos años os felicitéis por haber elegido esa forma de vida. Pero ahora mismo pienso que tú necesitas algo que ni tu familia ni tus periódicas preocupaciones intelectuales complementadas con lecturas que me consta realizas, sean suficientes para que seas feliz, realmente feliz.

Hagamos una prueba, una escapada discreta, y hablemos después. Doy por descontado que no tengo manera de arrastrarte conmigo y pienso que, aun si la tuviera, no debería hacerlo, pues tu marcha podría hacer mucho daño a mucha gente, incluida tu misma. No se te ve una cara radiante, pero sí lo suficientemente sonriente como para poder pensar que estás contenta. Pero yo no lo estoy por razones obvias que no tengo que explicarte. Quiero tener la oportunidad de poder comentar largo y tendido una vez satisfecho el deseo, cómo nos conocíamos, de qué manera yo te perseguí para coincidir contigo en el autobús cruzando yo la ría y cómo más adelante nos seguimos encontrando diariamente, tal como recuerda Lourdes. También sé que luego las circunstancias de mi vida me llevaron por caminos raros de los que no me arrepiento y de los que me gustaría hablarte, pues nadie que no seas tú me va a entender. Quiero que nos pongamos al día de nuestras andanzas durante esos años. Que me cuentes tus amoríos y si alguna vez te acordaste de mí. Y yo quiero contarte mi extraña relación con Machalen, de la que nunca te he hablado, y que creo no se va a romper nunca. Sí, esa directora de orquesta de nuestra Cuidad de la que quizá hayas oído hablar y con la que sigo teniendo una relación a distancia llena de pompas de jabón que nuestras cartas mantienen en el aire cualquiera que sean las circunstancias. Viví dos años con ella, dos años llenos de verdad y también de sexo, pero de un sexo distante, si esto tiene algún sentido y no es una mera frase vacía.

Entiendo que lo que te estoy proponiendo es hasta grosero y que entendería si me dieras un bofetón y me echaras de las meriendas intelectuales. Pero dime de verdad si crees que eso cerraría la herida o sería solo como taparla una con una simple tirita pensada para rasguños poco profundos. Entre tú y yo siempre ha existido el malentendido de la clase social. Yo soy para ti un poco fiable hombre de la margen izquierda, viajado, eso sí, pero de una clase que tuvo que dejar de veranear en la margen derecha y que, por razones que quizá te han hecho ver, no pertenece a ningún club de gente bien y, lo que es peor, que parece no querer pertenecer ni a esos clubes ni a nada. Pero si te explico mi caso estoy seguro que muchas de tus pretendidas convicciones se derrumbarán y tú y yo podemos por fin trabajar codo con codo para dejar que corra el aire y que no solo se olviden las diferencias, sino que se haga de ellas un caldo de cultivo de donde nazca una nueva cultura que cambie la Ciudad y permita que nuestros hijos sean libres y capaces de ser dueños de su destino. No importa lo que quieran ser profesionalmente, pueden ser estibadores de nuestro puerto, médicos, abogados, arquitectos, filósofos o incluso curas, pero tienen que ser ellos mismos y no lo que una sociedad amedrentada quiera para ellos. Su desarrollo personal no puede estar condicionado por los señores de la Ciudad de los que dependan, y para que esto sea posible es necesario que por la bocana del puerto sigan entrando, junto con la carga del hierro necesario, algunas ideas frescas, incluso si para que lleguen hay que salir a buscarlas a bordo de un remolcador de altura.

Déjame contarte por qué razón yo me tengo como uno de los patrones de esos remolcadores, un miembro de una sociedad secreta sin listas de entrada ni de salida que comparte con otros de esos patrones la misión por nadie encomendada de superar diferencias y de no permitir las condenas sociales que o bien hacen sufrir lo indecible o acaban formando personalidades rebeldes que, sin causa alguna, prefieren ir a la contra de todo. Todo esto es muy importante para mí y pienso que tú lo vas a entender a la primera, aunque no creo que no lo entiendas ya. Creo más bien que en tu vida has alcanzado un arreglo suficiente para ser razonablemente feliz. Pero mira a tu amiga Lourdes. Ella no es feliz a pesar de todas las cesiones que se obligó a hacer, su sonrisa es triste incluso en la cama. Y la razón de su tristeza no es ni de lejos la que ella se cuenta a sí misma. Se trata más bien de la imposibilidad de mirar de frente a estas cosas que te estoy contando. Los tres podríamos fundar nuestro seminario secreto y definir las materias a tratar de la manera que deseáramos. Piénsalo, Esperanza y el jueves hazme una seña. Y si te parece que ese día está lejos, déjate ver. Tú sabrás cómo. Yo, por mi parte, creo que tengo que estar en casa haciendo que mi padre me sienta cerca, pues pueden ser nuestras últimas miradas de cariño y complicidad. Quiero que sepa que de su silencio hizo surgir en mi la locuacidad que algunos me atribuyen.

«Continúa el curso… de los acontecimientos» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 31 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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