Desde mi sillón

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Con una nueva identidad

Vuelven los personajes de «El síndrome del capataz» lejos ya de Bilbao.

orquesta granada
Hace muchos años abandoné mi Ciudad por medios un tanto grotescos y dispuesto a abrirme camino en un mundo nuevo en el que todo fuera distinto de lo vivido hasta entonces y me permitiera desaparecer como Jon y volver a aparecer como Juan, un nombre éste más reconocible en la Latinoamérica en la que desembarqué metido en un timbal tal como embarqué, así como menos proclive a malos entendidos en el mundo anglófono de la Norteamérica donde no descartaba desplazarme más adelante e incluso de manera permanente.

Dónde me convertiría en otro y dónde acabaría uniéndome a Machalen, dependía entonces de su destino como directora de orquesta. Hasta que éste no se asentó con cierta firmeza vagué por las Américas, desde Missouri y Tenessee hasta Arizona y Nuevo Méjico, vendiendo baratos mis servicios de profesor de Economía en universidades más bien periféricas que, precisamente por su alejamiento del pensamiento convencional, no fueron óbice para que fueran cambiando el rumbo de mis intereses intelectuales que conseguí plasmar en publicaciones razonables aunque no realmente top. Fue justamente esa relativa mediocridad la que me permitió estar siempre a su disposición, de Machalen claro, y dispuesto a desplazarme a cualquier sitio en cualquier momento. Hasta que le surgió la posibilidad de convertirse en directora permanente de la orquesta sinfónica de Granada, momento en el que decidimos que yo podía ya desplazarme con ella y, con una biografía inventada bajo mi nuevo nombre, aterrizar en España. Habían pasado ya muchos años y yo pensé que nadie podría relacionarme con un tipo que había desaparecido hace ya bastante tiempo de una manera nunca aclarada y que, en cualquier caso, tenía esa nueva biografía totalmente creíble que, en su faceta estrictamente académica, me hacía merecedor de una plaza en una vieja universidad de Madrid.

Machalen y yo no viviríamos juntos porque ella debería hacerlo en Granada si quería prestar a su oficio una dedicación que le permitiera mantener su fama bien ganada y yo me sentiría más seguro disfrazado de profesor de Economía entre una multitud anónima y cercano a unos cuantos ejemplares de gafosos solo preocupados por sus sexenios. Y así comenzó una nueva vida juntos pero a distancia, con ella en la casa casi noble que le proporcionaba la mismísima sociedad filarmónica en Granada y conmigo en una bonita casa de un barrio no caro y cercano a la Universidad que compramos con nuestros ahorros y que aprendimos a disfrutar en común cuando coincidíamos en Madrid y del que, por otro lado, a mí no me molestaba alejarme cuando las circunstancias nos permitían hacer escapadas a capitales europeas en las que su fama no era óbice para la privacidad.

Habían pasado ya más de veinte años desde mi huida y casi treinta desde que nos conocimos allá en Salzburgo y a una edad bastante madurita no formábamos una pareja convencional. Creo que ambos, y yo desde luego, nos bastábamos el uno al otro para vernos reflejados en un espejo favorecedor, pero esto había sido siempre compatible con nuevas amistades de cada uno relacionadas, en cada caso, con la correspondiente profesión de uno y otro, y que acabamos compartiendo aquí o allá en cenitas y en conversaciones que, al no estar centradas ni en la música ni en la economía, siempre resultaban relajantes y enriquecedoras, o eso opinaba Machalen que conseguía casi siempre llevar la conversación hacia el arte en general y más específicamente hacia la pintura. Ya era hora pensaba ella de que comenzáramos una humilde colección de pintura moderna de diferentes artistas de diversas nacionalidades pues parecía que ya teníamos una casa con paredes limpias y esperando ser decoradas con buen gusto y era evidente que la movilidad de Machalen, aunque Granada le anclaba más que antes, le permitía tener acceso a trabajos nada locales ni repetitivos.

La colección se fue conformando y, poco a poco, embelleció las paredes del salón de Granada. Por mi parte pienso ahora que mi ramalazo surreralista reapareció y fui acumulando lienzos vírgenes de tamaños adecuados para las paredes del estudio y el saloncito de la casa de Madrid. Los compraba cuidando en extremo el tamaño de cada uno de ellos para que ocupara el lugar que, dependiente sobre todo del tema que le tenía reservado mi afición a la visualidad abstracta, dejaría transparentar las ideas básicas de mis intentos de crear Ciencia Económica. Como nadie, excepto Machalen, visitó nunca nuestro piso de barrio le tocó a ella sufrir mis disquisiciones intelectuales que, con su paciencia infinita, logró aprender a transformar en ideas musicales.

Pero a medida que pasaban los años, los cursos universitarios y las temporadas musicales, nuestra soledad de pareja comenzó a relajarse un poco para convertirse más tarde en una especie de amago de comunitarismo espontáneo. Fueron años felices y hubieran seguido siéndolo si no hubiera sido por la entrada en nuestro grupito de un colega de mi edad, entregado a la teoría y solterón recalcitrante, con el que solía compartir a menudo un sobrio almuerzo en el comedor de la facultad. Nunca llegué a pensar que con el tiempo se convertiría en el centro de una aventura nada ejemplarizante que enturbió seriamente mi felicidad.

Y lo hizo manera sorprendente pues durante años pensé que había encontrado la vida tranquila y estimulante que siempre había soñado. Al menos desde aquella película de Joseph Losey con Dirk Bogard de protagonista como un dean de Cambridge u Oxford, no lo recuerdo, que cumple con sus obligaciones tutoriales en sus habitaciones de un college, tiene sus pequeñas coqueterías con alumnas y los fines de semana toma el tren a Londres para pasarlos con su amante y sin ningún accidente que pudiera enturbiar la tranquilidad de la vida universitaria. En Madrid no había high table pero ese almuerzo del mediodía lo suplía pues siempre ocurría que ocupabas un sitio en una mesa en donde se reunían colegas de muy diferentes especialidades y todos interesados en conocer las opiniones de gentes con la cabeza ordenada de manera distinta a la suya. Como un pequeño ejemplo nunca olvidaré una animada conversación sobre el cómo se transformaría la URSS a partir de la caída del muro en el año 1989/90. Hacia el postre ya estaba claro que de lo que hablábamos era sobre quiénes llevarían la iniciativa en el proceso de convergencia a una economía de mercado después de haber eliminado de la conversación las elucubraciones sobre la potencia de la tecnología o la ciencia, la exploración sistemática de la energía subyacente en Siberia, la puesta en valor del arte ruso más allá del material amontonado en escasos museos o cualquier otra idea proveniente de gente de filología hispánica que proponían, alejándose un tanto del tema, invertir en centros de enseñanza de la cultura hispánica pues estaban convencidos del paralelismo y las similitudes entre el alma eslava y la española. Eliminadas de la conversación estas otras ideas en buena parte gracias a la energía de ese físico que para entonces yo creí que podía llamar mi amigo, la pregunta acabó siendo bien sencilla: el capitalismo tomaría impulso a partir de la experiencia de los pequeños comerciantes que habían comenzado a vender bocadillos de salchichón en la mismísima plaza del Kremlin, tal como había experimentado él en un congreso reciente en Moscú, o bien los que se harían dueños de la situación económica serían los funcionarios que llevaban años traficando globalmente en los mercados de la energía. Uno volvía a su despacho con la mente abierta para no solo preparar las clases del día siguiente sino también para tratar de arreglar ese resultado intuido ayer y cuya prueba no acababa de estar bien hecha aunque yo intuía con fe total que el resultado era correcto.

También recuerdo que ese día en particular mi fe se vio recompensada y la prueba salió de manera limpia e inmediata. Me sentí tan satisfecho que llamé a ese nuevo conocido del departamento de Física para invitarle a cenar una pizza en casa y mostrarle cómo representaba yo ese resultado y su importancia en uno de los limpios y desnudos lienzos que colgaban en mi apartamento esperando su plasmación pictórica abstracta.

«Con una nueva identidad» recibió 1 desde que se publicó el viernes 15 de abril de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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