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Competencia `fratricial´y gobernanza global

En La Mirada del Economista de enero (Europa 2011) debatía indirectamente sobre la gobernanza de Europa. Hoy quiero elevar la mirada inquiriendo sobre el problema de la gobernanza global, pues, si fuéramos capaces de encontrar un principio-guía abstracto, es de suponer que de él pudiera extraerse algún corolario menos abstracto y más práctico sobre la gobernanza europea. Pues bien, aprovechando la lectura de la reciente biografía de Adam Smith de N. Phillipson (Adam Smith. An Enlightened Life, Yale U.P. 2010), pretendo argumentar que si nos tomamos en serio la unidad de pensamiento de este amigo de Hume y, como él, figura central del Scottish Enlightenment, puede que podamos hacernos una primera idea sobre cómo alcanzar una verdadera gobernanza global.

Sabemos que Adam Smith dictó clases y conferencias en Glasgow y Edimburgo sobre materias varias que deberían completar su edificio intelectual, pero lo que nos ha quedado de verdad son dos piezas básicas que lo mantienen de pie. La primera sería la Teoría de los Sentimientos Morales (1759) y la segunda La Riqueza de las Naciones (1776). Mientras esta última nos habla de las ideas hoy centrales en economía, como la determinación de los precios y la asignación de recursos en el mercado, la primera se planteó el problema realmente básico, el problema de la sociabilidad; es decir, cómo puede ser que formemos una sociedad con convenciones aceptadas por cada uno de sus miembros porque los demás las aceptan. A partir de estos dos pilares aspiro yo a decantar un principio-guía que nos permita delinear el camino hacia esa gobernanza. Sin un principio así, no hay esperanza de poder enfocar bien el problema y reconocer su dificultad.
Economía y filosofía moral.

Que la cuestión está ahí pendiente de ser resuelta no puede dudarse por nadie que haya observado los detalles de la reciente visita de Hu Jintao a Washington. Obama y él han hablado de problemas surgidos de la competencia comercial y de derechos humanos. Es decir, de un asunto económico y de un asunto de filosofía moral. Lo primero pertenece a las preocupaciones de La Riqueza…, y lo segundo es un ejemplo de lo que trata de esclarecer la Teoría… Mi posición de partida es que no hay manera de defender la compatibilidad entre la competencia libre y la cohesión social sin, al mismo tiempo, reconocer que la mayor parte de la competencia se lleva a cabo en el seno de una sociedad compuesta por individuos unidos por lazos de sociabilidad que conforman una identidad (ver el libro de G.A. Akerlof y R.E. Kranton, Identity Economics, Princeton, 2010). Pensemos, pues, en la sociabilidad o la identidad a partir de la Teoría, según la cual esa sociabilidad está basada en la capacidad, no necesariamente innata, de ponernos en los zapatos del otro y anticipar sus reacciones (empatía). Lo bonito de este programa de trabajo que propongo es que la forma de alcanzar la sociabilidad global y el proceso competitivo en el mercado se parecen en el fondo como dos gotas de agua. Veámoslo .
Pensemos en un grupo de personas y dejémosles interaccionar entre ellas de forma que tengan que elegir entre diversas y diferentes pautas de comportamiento, normas, modas o valores. En este juego evolutivo se experimenta con pautas de conducta alternativas hasta que, con el tiempo, se alcanza un equilibrio en el que ya nadie modifica sus pautas de conducta por mucho que se siga experimentando. Ese equilibrio puede ser asimétrico conteniendo identidades varias. Éste sería el caso de la sociedad europea, puesto que no sólo unos conducen por la derecha y otros por la izquierda, sino que, además, unos se diferencian de otros en materias más relevantes como, por ejemplo, las fuentes de las que emerge el derecho. Pero también podría darse el caso de un equilibrio simétrico. En este último caso, hablamos de una identidad única y de la correspondiente comunidad como algo fratricial.
Continuemos pensando que de esta forma se han configurado diversas comunidades fratriciales o identidades y planteémonos de frente el problema de la gobernanza global. Es claro que ésta podrá establecerse si a partir del contacto entre estas comunidades va surgiendo poco a poco algo que se parezca a una comunidad fratricial global. Éste es el único problema, proveniente de la Teoría de Adam Smith, que nos queda pendiente, pues si lo solucionáramos sabemos por La Riqueza que en esa única comunidad fratricial la competencia en el mercado trae consigo una cohesión social en cuya sostenibilidad se puede confiar. Pues bien, no hay manera de garantizar que del contacto entre comunidades fratriciales vaya a surgir una única identidad, sino que muy bien pueden surgir varias identidades o mantenerse las antiguas.

El trabajo para conseguir alcanzar la gobernanza global no autoritaria está ahora finalmente claro. Consiste en seguir jugando el juego evolutivo en la esperanza de que la interacción entre todos los individuos del mundo, presumiblemente mediante el contacto entre sus comunidades fratriciales, acabe conformando convenciones universalmente reconocidas y utilizadas. Si esto llega a ocurrir, diremos que la competencia entre pautas de conducta de diferentes comunidades identitarias ha llevado a una asignación de las mismas que hace que nadie quiera utilizar otras. Naturalmente que en este contexto la espontánea gestión de las cosas a través de la competencia en el mercado constituye el principio-guía de la gobernanza global que buscábamos. La clave de la gobernanza global es pues la competencia fratricial.

Y de aquí surge el corolario para Europa. Compitamos tanto en la formación de sociabilidad e identidad europeas, tratando de ‘exportar’ la propia de cada uno, como en la producción de bienes y servicios y en los intercambios comerciales. ¿Cómo fomentar esa competencia fratricial? Erasmus y el aprendizaje de idiomas van en esa línea, el turismo intraeuropeo es de gran ayuda y la creciente integración económica, la directiva sobre servicios y la movilidad de trabajadores contribuyen también significativamente. Surgirá, sin duda, la nostalgia nacionalista, pero si queremos un eslogan movilizador, yo propongo uno: más Erasmus y menos Tesoro Único. Por eso de no empezar la casa por el tejado.

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