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«Como sea». La raíz del consecuencialismo

Publicado en Expansión, lunes 6 de febrero de 2006

Desde que el Presidente del gobierno fue sorprendido en Bruselas ordenando en voz queda que había que llegar a un acuerdo en materia de perspectivas financieras como sea, esta expresión es frecuentemente utilizada en su contra por parte de esos medios que, en general, rechazan sus iniciativas.

Esta proliferación en su uso me ha llevado a darle vueltas a una idea que se me escapa. Como economista convencional tengo una cierta tendencia a ser consecuencialista, es decir a elegir entre alternativas de acuerdo con las consecuencias de cada una. Pero también soy admirador de economistas, como Hayek o Sen, quienes insisten en que las alternativas no solo se diferencian por sus consecuencias; sino también por el camino seguido para alcanzar cada una de ellas: el cómo importa. Pero si esto es así ¿por qué soy consecuencialista? Voy a tratar de esbozar un principio de teoría al respecto.

Hay que comenzar por admitir la existencia de un enigma que exige explicación. En este caso el enigma es porqué a veces decimos que hay que ganar “cueste lo que cueste“. Es decir, por qué, en ciertas circunstancias, lo único que nos importa es ganar y no nos preocupa el modo de hacerlo.

Es un verdadero enigma porque, por otro lado, vivimos en un mundo donde las reglas procedimentales rigen la mayoría de nuestras actividades. Pero de repente todo se rompe. Dinamitamos las reglas éticas y matamos y torturamos como experimentadores de lo gratuito. Traicionamos las reglas políticas, como en muchas añagazas del gobierno o de la oposición, estén o no disfrazados de otra cosa. Olvidamos la buena educación e insultamos a diestro y siniestro, en la calle o en los medios. Judicializamos toda decisión política. Perdemos la ecuanimidad y decidimos que “estás conmigo o contra mi“. Nos olvidamos del carácter siempre precario de la verdad y afirmamos que la nuestra es la única aceptable.

Sí, estoy pensando en muchos acontecimientos sobre los que leemos cada mañana. Alberto Lafuente, antiguo miembro del Consejo Editorial de Expansión y Actualidad Económica, me hizo ver hace algunos días que algo así está ocurriendo no solo en España, sino en el mundo y, como siempre, me hizo pensar. Y una reciente tercera de ABC firmada por Antonio Garrigues, que explicaba el desasosiego que siente la sociedad civil frente a una polarización excesiva (que espero mostrar que es hija del consecuencialismo), me incitó a hacerlo con un poco de orden.

Hay un montón de posibles explicaciones y podría disertar pedantemente sobre los efectos del caos determinístico o sobre las no-linealidades propias de los sistemas complejos. Elucubraciones de ese tipo me permitirían entender, en parte, la paulatina diferenciación de las opiniones; pero creo que no me llevarían al corazón del problema.

Para acceder a él solo se me ocurre explotar la idea de que la posible causa del consecuencialismo es que vivimos en un mundo sin futuro en el que la dimensión temporal no juega ningún papel relevante. Encerrados en un mundo así no tenemos salida al conocido dilema del prisionero y cada uno de nosotros se niega a cooperar, porque el otro se va negar a su vez, aun a sabiendas que cooperar sería mejor para ambos. Y esto es incluso razonable porque las salidas a este dilema dependen siempre de esa dimensión temporal que permitiría el juego de las amenazas y las contraamenazas.

No podemos tampoco dejar de reaccionar a lo que hace el contrario pensando que es solo un amago de amenaza y que, además, no es creíble poque sería intertemporamente inconsistente por su parte el llevarla a cabo. Sin futuro, en efecto, la consistencia intertemporal no puede jugar ningún papel. Y necesitaríamos también la dimensión temporal para pensar que nos conviene no separarnos y estar juntos por razones de rendimientos crecientes a escala. Miremos por donde lo miremos, sin futuro no hay posibilidad alguna de convertir el juego social en un juego de suma positiva. Sin futuro no hay más que juegos de suma cero y en ellos lo único sensato es no reparar en los medios y llevarse el gato al agua como sea.

Pero ¿por qué no hay futuro?. Claro que no estoy pensando en el fin del mundo y especulando sobre lo que haríamos hoy si supiéramos que no hay mañana. Hay mañana, pero no tenemos ni idea de cómo va a ser. Un buen ejemplo de esto, que más tarde debería generalizar, podría venir dado por las opiniones autorizadas que circulan por ahí respecto a las perspectivas económicas para el año 2006.

Economistas reputados como Kenneth Rogoff o Martin Wolf parecen estar de acuerdo, con solo unos pocos matices diferenciadores, sobre la extraña naturaleza de la situación y sobre sus peligros. Pasaré rápidamente por encima de su diagnosis de la situación, que no se diferencia de la convencional, y me detendré un poco más sobre su manera de conceptualizar los peligros que nos acechan.

Los desequilibrios de la economía mundial y, dentro de esta, de la americana son bien conocidos y, aunque sabemos que son insostenibles, no sabemos cuando van a explotar y confiamos, más allá de análisis alguno, en que se solucionarán poco a poco y sin explosiones. Pero, ante la posibilidad de confundirnos, estos economistas dicen cosas como que hay que estar preparados par lo peor (Rogoff) o que los mercados no pueden dar precio y asignar bien esas contigencias, sino que, más bien, trabajarían en contra, haciendo la situación todavía más peligrosa, como en una especie de burbuja universal que no se apoya en nada (Wolf).

Y las dicen bien alto, corriendo el peligro de que les tachen de agoreros que ya han dicho demasiadas veces que viene el lobo, porque saben que no hay formulación probabilística que nos sirva para valorar el efecto de un nuevo ataque de Al Qaeda o de una subida brutal del petróleo, o de una guerra nuclear entre Irán e Israel o de una pandemia de gripe aviaria o de la subida al poder de Hamas en Palestina. Los mercados no nos dan una medida de la probabilidad implícita porque no funcionan en estas circunstancias ya que, si funcionaran, incorporarían la semilla de su propia destrucción. Este sería el caso si se establecieran, por ejemplo, mercados de futuros sobre actos terroristas porque, inmediatamente, serían utilizados por los terroristas para ganar mucho dinero modulando su actuación de acuerdo con sus apuestas y destruyendo, como de paso, buena parte del mundo.

Generalizando el ejemplo que acabo de utilizar, surge mi esbozo de teoría del consecuencialismo. Como no entendemos lo que pasa nos comportamos de tal manera que es como si no hubiera futuro ya que no podemos planificar nada. En una situación así lo único entendible es ser consecuencialista y hacer lo que sea para conseguir nuestro objetivo.

Una consecuencia inmediata es la polarización en todos los órdenes. Para unos hay conflicto de civilizaciones y para otros una oportunidad para la alianza de esas civilizaciones. La separación entre Demócratas y Republicanos en los EE.UU de América es mayor que nunca a pesar del peligro común que confrontan. En España los dos grandes partidos nacionales se alejan cada vez más uno del otro en diagnósticos y en propuestas. Lo que antaño eran derechas e izquierdas solo se diferencian hoy precisamente en eso mismo, en la propia diferenciación enfatizada hasta el paroxismo para ganar como sea. Y los medios de comunicación ensanchan la brecha porque también para ellos es su última oportunidad: “como gane el otro vamos listos” parecen pensar y, posiblemente, tienen razón.

Mi esbozo de teoría solo ha expuesto unas condiciones suficientes para que surja lo que observamos: una polarización que lleva directamente al choque en todos los frentes, incluido el intento de atraer a los que podrían resistirse a esta polarización pero que ya no tienen ningún incentivo a hacerlo. Realmente se trata solo de un esbozo de una verdadera teoría sobre el consecuencialismo porque, ahora, tendría que completarla arguyendo que las cosas no cambian cuando el futuro se va aclarando.

Mi conjetura sería, de momento, que entonces aparecerían ciertamente intentos de sobrepasar el consecuencialismo; pero que es difícil librarse de él, y muy fácil recaer en él, cuando nos maliciamos que la precariedad de las situaciones y su naturaleza completamente inasible (es decir lo que constituye la raíz del consecuencialismo según mi pequeña teoría), nunca nos van a abandonar del todo.

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