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“Comida de negocios” de Romero Hicks

He tenido que retrasar un día mi salida para el Ampurdán; pero dentro de un minuto enfilo la carretera y les dejo con Romero Hicks en este Domingo de Ramos. Hay otra entrega preparada que les ofreceré el Domingo de Resurección

Que lo disfruten.

COMIDA DE NEGOCIOS

Llegué con unos minutos de antelación a mi cita con Rex. No había apenas clientes porque el Senado no estaba en sesión. El dueño me sonrió como a un viejo conocido y me condujo a un reservado que había en el segundo piso. Me senté justo al lado de la ventana , de modo que podía controlar las idas y venidas de los transeúntes en cierto entorno de la puerta del restaurante. Me sirvieron una frasca de vino de la casa, un tinto local muy ligero y algo especiado, con un salami ya cortado en rodajas .Repasé mentalmente como plantear el asunto a los americanos con suficiente claridad para interesarles en darle continuidad, pero sin compartir con ellos todo lo que habíamos avanzado ya nosotros. Se trataba en definitiva, de fingir que explorábamos juntos una idea todavía no muy madurada sobre el sistema de redistribución de los presos de Guantánamo relacionados con los atentados del 11-S. Miré hacia la calle justo a tiempo para ver a Rex acompañado de otro hombre, en el momento que se disponía a entrar en Papá Giovanni. Por el gesto de sus caras se notaba que nunca habían estado aquí.Me levanté para recibirles de pié en cuanto llegasen al reservado y así poder sentarles a mi gusto en la mesa. Quería tener al segundo hombre de frente y a Rex a mi derecha.

Rex me saludó con cierta familiaridad, casi como a un amigo, y me presentó a su colega Tim Butler que acababa de incorporarse al área de inteligencia de la Embajada. Y que según dijo, tenía interés en conocerme. Murmuré con reticencia, que el interés seguramente era recíproco y les invité a sentarse en los lugares que había elegido para ellos. No pude evitar fijarme en lo mal vestidos que estaban. Las telas baratas y brillantes y los cuadros chillones de sus trajes, les hacían excesivamente llamativos. De ese tipo de gente que no pasa desapercibida en una calle. Malo para su profesión, pensé. Allá ellos.

Despachamos sin ceremonias la elección de la comida. Yo me dejé guiar por el dueño y ellos insistieron en despreciar la cocina local pidiendo dos carnes a la plancha con patatas fritas. Visto el ambiente gastronómico decidí entrar en materia de la forma más telegráfica posible. Los detalles después. España estaría dispuesta a acoger una cifra aproximada de diez hasta un máximo de veinte presos de Guantánamo, pero con la condición de que la selección de qué presos sería nuestros se haría según criterios que nosotros marcaríamos. No aceptaríamos cualquier grupo de presos, si no “nuestro grupo de presos”.Aquí hice una pausa y serví una copa de vino a todos, a pesar de que Tim hizo un gesto para rechazarlo, que deliberadamente ignoré. Esa era mi mesa, mi restaurante y mí reunión. No estaba obligado a beber, pero no podía impedir ser servido con vino. Bebí un largo trago de mi copa y probé el salami que estaba excelente. Miré a mis comensales, apoyándome en el respaldo de mi silla, relajado por el alcohol, y estudié sus gestos. De momento ni decían nada ni se miraban el uno al otro. Pensé que quizás no se esperaban una entrada en materia tan anglosajona por parte de un latino .Echaban en falta los rodeos habituales, los frotamientos de manos y algún sudor en la frente que denotara la sensación de inferioridad que se espera de un español cuando habla de temas de seguridad muy reservados con la administración norteamericana…

– “¿Y bien, Rex?”, sonreí amablemente.”¿Alguna reacción?.No me digas que somos los primeros en abordar el tema constructivamente. Corrígeme si me equivoco , pero el resto de aliados solamente arrastra los pies…”.Siguió un espeso silencio que cronometré disimuladamente con mi Tag-Hauer, y que duró treinta y ocho segundos. Que es mucho tiempo. Aproveché para rellenar mi copa y beber otro trago de vino y ella reservaba., tomando buena nota que yo era el único que lo hacía. Seguro que en su informe constarían cuantas copas de vino me había tomado…Por fin Rex miró a su colega, y tomó la palabra dirigiéndose aparentemente al impecable mantel blanco de nuestra mesa.”Creo Jorge que has planteado un enfoque original y quiero creer que te viene de arriba, y marca mis palabras, arriba es “top of the tops”.No bullshit…Tu querido presidente, Mr. Zap, el inventor del zapping en política exterior, quiero entender que está o fingirá en su momento, que está detrás de esto…”.


– Hubo mucha ira, desprecio y prepotencia en el tono con que se pronunciaron las últimas frases…Sin ningún deseo de reprimirme, le solté un “Fuck you Rex, you motherfucker marine…” que resonó como un látigo en todo el restaurante. Mis músculos se cargaron de adrenalina y ya iniciaba el gesto de levantarme cuando oí a través de un trabajoso susurro unas palabras de disculpa que salía de la cabeza inclinada de Rex Hunt, “ Sorry man. I didn´t know you respected the Boss that much. Forget all I said.”.Entonces levantó sus ojos del mantel y me miró a los míos, todavía exigiendo una confirmación rápida del nivel al que estábamos hablando.


– Tardé deliberadamente un minuto largo en pretender contestar. Estuve muy ocupado redistribuyendo los restos del vino en los vasos. Bebí un largo sorbo que vació el mío. Fue sólo entonces cuando volví a fijar los ojos en los de Rex después del fuck you. Un marine no contempla que no se le conteste al instante. Por eso Rex estaba ahora muy lejos de su habitual perspectiva de equilibrio supremo. Tantos años de duro entrenamiento para que un vulgar español te saque de quicio en un restaurante de Roma…


– Todavía completé con calma el ritual de encender y probar un habano. Qué curioso lo que me costó encontrar el cortapuros…Y también que me trajeran un poquito de armagnac para mojar los extremos del partagás serie roja. Finalmente consideré que me había llegado el turno de hablar, y colocando una nube de humo azul y blanco como la bandera cubana, miré por turnos a mis dos compañeros de mesa y terminando en Rex, dije de la forma más inaudible que me fue posible :”Sí claro. Esto no es una elucubración mía. No te haría perder el tiempo. Ni el mío. Sobre todo en Roma”.Nos miramos otra vez, ignorando la presencia de Tim, y Rex propuso que desarrollara un poco los criterios de selección de prisioneros que en su caso utilizaríamos. No quería extenderme en detalles. No era el momento. Pero quise dejar claro el mensaje principal casi en forma de consignas a la medida de una mente militar.

-Mira Rex. Lo esencial son tres cosas. Uno, que nosotros elegimos a los prisioneros que nos ofrecemos a custodiar e interrogar. Dos, que lo hacemos en primer lugar para ayudar a los EEUU, por iniciativa propia y no como reacción a ninguna petición de la nueva administración Obama. Queda claro pues, que os hacemos un favor. Que os ayudamos voluntariamente y porque tenemos nuestros propios intereses diferentes a los vuestros en este tema. Esto es ayuda española , no es American Aid”.Y tres, que nuestro enfoque y nuestros métodos, que ya comentaremos en otra ocasión, presuponen un exhaustivo trasvase de inteligencia por vuestra parte; y desde luego permíteme recalcar que nuestros canales para obtener información son más profundos y menos agresivos, vamos que se alejan mucho del espíritu y la praxis de la “Ducha Cheney” de Guantánamo.¿Para cuando una buena película “Dick Cheney: el lado oscuro de la fuerza”? Dicho esto último, miré el reloj en mi mano derecha y pretextando una cita, les dejé sentados rumiando las implicaciones de mi escueto discurso.

El silencio se hizo tan espeso que ni el humo del partagás conseguía penetrar esa atmósfera tóxica que las palabras de unos y otros habían depositado sobre el alegre mantel a cuadros rojos y los restos de una excelente comida romana.

Parecían familiares de la mujer de Lot, apabullados sobre sus sillas como estatuas de sal del Mar Muerto. Sabía que había sobreactuado un poco mi crueldad natural, pero no sentía ningún arrepentimiento. Sin darles la mano, me despedí ya de pié con un gesto cansado, arqueando las cejas y sonreí para bajar el telón con un sarcástico “SM el Rey ha invitado a esta comida. Arrivederci.”

«“Comida de negocios” de Romero Hicks» recibió 1 desde que se publicó el Domingo 5 de Abril de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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