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Comentarios sobre el Mecenazgo

Publicado en Expansión, martes 5 de septiembre de 2006

Tiene su historia larga y compleja. Florece sobretodo en otros lares. Plantea paradojas y problemas intelectuales no fáciles. Adopta diversas formas, puede atender a diversos frentes y perseguir distintos objetivos. Se trata de una actividad que me deja perplejo. Hablo del mecenazgo.

Y lo hago porque en los últimos meses, además de leer profusamente sobre la Fundación de Melinda y Bill Gates, nos hemos enterado de que Warren Buffet ha donado una parte más que sustancial de su patrimonio a esa Fundación y de que el alcalde Nueva York, Mr Bloomberg, ha realizado una contribución personal a la causa antitabaco de más de cien millones de dólares en dos años. Recordamos por otro lado la relativamente reciente reacción en contra de la supresión del impuesto de sucesiones por parte de los supermillonarios americanos, incluyendo, además del padre de Gates, a personajes como, por ejemplo, George Soros.

Ahora, para sorpresa general, Buffet renuncia a la gestión de los fondos donados a favor de la filantropía de su compañero de bridge confiando, parece que totalmente, en la forma de gestionar de su amigo. No hay que sorprenderse, por lo tanto, de que se haya escrito recientemente sobre la gestión de las Fundaciones o sobre cualquier otra forma institucional de canalizar la filantropía asociada al mecenazgo. Cabe pues preguntarse por el porqué del mecenazgo, por las formas fiscales de su posible incentivación o incluso por su conveniencia, por sus aplicaciones más idóneas y por la gestión más adecuada.

No pretendo disertar doctamente sobre cada uno de esos temas; sino ofrecer mis opiniones contundentes sin gran aparato académico. Unas opiniones que conformen como una guía de urgencia sobre un territorio poco explorado.

Comienzo, sin embargo, con una especie de declaración de principios previa. Quiero, en efecto, desligarme de esa idea tan propia del espíritu americano que ya desde los “padres fundadores” afirma que el rico debe devolver a la sociedad parte de lo que ésta le ha proporcionado. Esta idea me parece poco fundamentada ya que hay ricos que no deben nada a nadie y otros a los que quizá la sociedad les debe algo. Despejado el camino de la tentación de seguir esta falsa pista voy a ir desgranando mis opiniones que por su contundencia casi parecen convicciones, con la finalidad secreta de aprender algo nuevo.

Comienzo por afirmar que, contrariamente a lo que a menudo se ha escrito, el mecenazgo no es el último estadio del capitalismo que, por fin, se movería no por motivos egoístas sino santos. En mi opinión la realidad es justamente al revés. El último estadio del capitalismo sería precisamente la generalización del mercado que va ganando terreno a al empresa debido a la disminución de los costes de transacción y tal como muestra la tendencia imparable al “outsourcing” empresarial.

Me atrevería a decir que el mecenazgo es hoy como una forma sofisticada, propia de la sociedad de la información, de ir preparando el camino para el afianzamiento de nuevos mercados intangibles. Soy mecenas de las artes porque una profundización del mercado del arte a la que puedo apoyar, revaloriza mi colección dotándola de mayor liquidez. Soy mecenas de las ciencias porque esa actividad me proporciona un acceso privilegiado a un futuro mercado de una idea incorporada en un bien, hoy desconocido, pero que yo estaré en posición de proporcionar en el futuro.

Como en general este asunto del mecenazgo no se entiende así, nos encontramos no pocas veces con que esa actividad se favorece a través de las ventajas fiscales que se proporcionan bien a las donaciones que se realizan a favor de Fundaciones bien a las propias Fundaciones en sus operaciones específicas. En mi opinión esto es un error. Da una mala imagen de la actividad filantrópica, propicia la proliferación de los “buscadores de Rentas” (rent seekers), esa carroña que vive y se reproduce en los intersticios de las regulaciones económicas y confunde la naturaleza de la actividad.

No es por lo tanto tan extraño que hace unos años los verdaderos cresos reaccionaran contra la propuesta de Bush de eliminar el impuesto de sucesiones. Se conocen, entienden el porqué de su filantropía y saben que, en ausencia de ese incentivo a donar que es el impuesto sobre herencias, no serían capaces de llevar a cabo esos planes de creación de mercados, o de innovación en general, que les atribuyo.

Si partimos de la aceptación de estas dos primeras opiniones contundentes, las dos siguientes resultarán naturales. Mi tercera opinión es que no es por casualidad que la mayoría de los fondos que mueve la filantropía haya ido a la ciencia y que, por lo tanto, es de esperar que seguirá yendo en esa dirección. Fue el caso histórico de Rockefeller y parece ser el caso de los Gates. La alternativa sería canalizar estos fondos filantrópicos hacia la cultura financiando museos, montajes de ópera o bibliotecas especializadas.

Pero aunque la filantropía no abandona esas actividades, no es de esperar que los fondos que a ellas se vayan a dedicar sean realmente enormes ya que aquí hay menos a ganar. La revalorización de mi colección de arte no es nada en comparación con los beneficios que surgirán de un mercado para paliativos de ciertas enfermedades, incluso si insisto en que esos descubrimientos científicos pasen al dominio público, a través de los negocios colaterales que yo puedo liderar.

Vayamos ahora a la gestión de las entidades sin ánimo de lucro que canalizan los fondos del mecenazgo. La atención hacia este problema surge cuando las personas filantrópicas o caritativas quieren que el euro del que se desprenden llegue directamente y en su integridad al foco del problema y no se quede en la administración de los proyectos o, lo que sería peor, en los bolsillos de los administradores de los mismos.

Claro que la presión para que esto no se dé ha ayudado a mitigar el apetito por apropiarse rentas que muestran las carcomas esas que viven de ello o los corruptos en general; pero el verdadero problema surge cuando es el propio mecenas el que se pregunta cómo conducir el vehículo que ha elegido para trasladar por el camino adecuado los fondos de esa caridad que yo presumo interesada. Este modelo de gestión no puede ser el mismo que el de una empresa. La maximización del valor no es un criterio válido porque no hay mercado de vehículos caritativos. La maximización del beneficio no puede servir de criterio indirecto porque no hay beneficio. La distinción entre shareholders y stakeholders no tiene aquí relevancia alguna. Claro que pueden establecerse hitos y cabe medirlos a fin de retocar la organización en base a esas mediciones; pero esto, que es muy importante en la práctica, es casi irrelevante al nivel de abstracción al que me estoy moviendo.

Lo importante en este nivel es que los problemas de gestión nos hacen ver con evidencia palmaria que tenemos que pensar el mecenazgo de otra manera, tal como he intentado hacer hasta aquí.

Y así llego a mi última opinión contundente. Lo que tendría que hacer un verdadero mecenas, cualquiera que sea la forma que revista su generosidad aparente es propiciar su propia competencia. Retar a su homólogo a que lo haga mejor, es decir a que se acerque más al objetivo de crear esos mercados de bienes intangibles todavía inexistentes. De esa manera, además de mostrar una cierta diferencia con los aspirantes a monopolistas, tiene la increíble oportunidad de llegar con cinco minutos de adelanto a conseguir ese nuevo bien que, debido a la competencia, habrá alcanzado unas características que acabarán reportando unos beneficios inmensos además de convertir su nombre en un sustantivo asociado para siempre a ese nuevo bien.

Y ahora que llego al final, me doy cuenta, de acuerdo con el último comentario, de que este fenómeno del mecenazgo que me tenía perplejo se complica todavía más. Quizá lo que el verdadero mecenas (no el mecenas de pega que se oculta detrás de la hoy tan de moda Responsabilidad Social Corporativa) persigue a través de esa abismal pulsión a crear mercados, sea disolverse en el lenguaje de forma que su nombre pierda su funcionalidad identificativa y pase a ser un nombre común.

Un mecenas verdadero sería entonces como un samurai que elije para su lucha final al único enemigo respetable, aquel que hasta ese momento ha sido su amo: el lenguaje. Como se observará sigo perplejo.

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