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Comentarios a la jornada de Ibermática en el Euskalduna

En el Euskalduna se presentó a finales de noviembre el olor corporativo de Ibermática y con esa ocasión unos cuantos presentamos algunas ideas sobre innovación desde puntos de vista muy distintos. Sobre la marcha se me occurrieron unos comentarios que no quiero dejar por ahí­ tirados.

El primero de ellos es sobre olor y perfume:

El olor corporativo de Ibermática ha sido elaborado por el quí­mico perfumista Darí­o Sirerol que no quiere hablar de perfume; sino que se interesa por el conjunto de maderas de las que podrí­a extraer lo que él cree que es el olor de Ibermática.

Pero a mí­ me gustarí­a añadir por mi cuenta que solo se perfuma el que no acepta su olor. El perfume es una coartada para no lavarse (como se decí­a groseramente de las francesas no hace tanto tiempo) o para no aceptarse. Se tiene miedo a mirarse o a olerse y por eso se sublima nuestro miedo en aroma impostado, que no otra cosa es el perfume.

Aquí­ me gustarí­a también recordar un cuento que escribí­ para conquistar a mi mujer y que ella con buen criterio extravió inmediatamente. Se trataba sobre el carisma del Cristo que provení­a de su cara desencajada por el excesivo desarrollo de su olfato, un sentido que está sepultado, que no nos sirve para mucho; pero que está en el origen de que nunca olvidemos algo que podemos asociar a un olor y que lo reconozcamos en cuanto nos topamos de nuevo con él. No es solo la magdalena de Proust; pensemos en el olor de nuestr@s amant@s.

Dice Darí­o que decí­a Kipling que el olor llega al corazón más que la imagen y es verdad. Por eso nuestro corazón teme a nuestro propio olor. Este nos produce verdadero pánico. Yo creo que el olor está en el irracional horror a la descentralización o la individuación. La sublimación consiste en inventar la patria sagrada o el colectivo primigenio.

El segundo comentario es el orden y el desorden de los que habló Daniel Innerarity:

Daniel ordena los libros por colores y siempre encuentra el libro que quiere. Yo no los ordenaba -o mejor dicho, no los he ordenado en cuatro años por razones psicológicas que no vienen a cuento. Preferí­a atrincherarme detrás de ellos, de forma que las montañas de papel han crecido hasta la insalubridad en mi dormitorio. Los ácaros se reproducen sin piedad.

No encuentro los libros que quiero en un momento dado porque han sido adquiridos por compulsión, apenas ojeados y depositados en cualquier sitio. Pero encuentro otros y de ahí­ surge la chispa.

El tercer comenterio se refiere a mi sorpresa frente a una pregunta inesperada:

Alguien que sí­ entendió mi intervención preguntó si mi defensa de la descentralización regulatoria como una manera de disipar rentas no encontraba su excepción en la corrupción urbaní­stica de los ayuntamientos.

Me sentí­ cogido e improvisé que, obviamente, dejaba de ser una excepción desde el momento en que se ha descubierto. Pero mi improvisación creo que es correcta más en general. La corrupción que hemos descubierto en el último mes del 2006 es justo un ejemplo de que es más fácil capturar una agencia regulatoria independiente descentralizada; pero que también es más fácil que se descubra la trampa por la existencia de una opinión pública que es más eficaz en lo local. El otro extremo, al que me debí­a haber referido era al de la corrupción de las dictaduras. Estas capturan directamente todo y suelen durar lo suyo.

El último comentario es sobre un pequeño trocito del discurso del Lehendakari:

Aprovechó la ocasión para hablar sobre lo que entonces era el proceso de paz. Lo cito en lugar de callarme prudentemente porque me sigue pareciendo relevante. Ibarreche aprovechó la ocasión para comparar la tolerancia de Erasmo con el belicismo de Lutero quien aborrecí­a aquella virtud. La referencia iba destinada a atacar, aunque con elegancia, a la conferencia episcopal y poner en evidencia a los que predican la guerra para alcanzar la paz. A mí­ me pareció muy bien.

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  1. […] Bruno Latour se introdujo en un laboratorio y examinó de cerca cómo se hacen las cosas allí dentro. De allí salió un ensayo herético sobre sociología de la ciencia. Podría haber hablado sobre el olor de un laboratorio. Hubiera estado bien pieso ahora después de haber conocido a un perfumista com Darío Siderol al que me referí el otro día. Pero Latour no dijo nada al respecto ni nadie echó en falta que lo dijera. […]

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