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Circuncisión, vegetaciones y la vacuna antitetánica

Hoy en día ya no tenemos justificación para no estar serenos pues el dolor es siempre eliminable. Y, por lo tanto, la sabiduría es alcanzable sin tener que sufrir por el esfuerzo.

No es por lo del infarto de hace 5 años, que sucedió en Agosto, pero me he dado cuenta de que todo lo malo me ocurre en verano. En realidad ha sido una noticia reciente sobre un falso especialista que hacía numerosas circuncisiones sin titulación ninguna, lo que me ha traído a la mente algunas incidencias veraniegas ocurridas en el Guecho de mi infancia. Desde la fimosis de muy pequeño hasta las vegetaciones más tarde y una caída sobre el pico de una valla vieja que casi me rompe la rodilla izquierda, todo ocurría en verano en aquella casa de detrás de la Iglesia de San Ignacio que mis padres alquilaban para aquellos veranos eternos en los que el día de San Pedro ya estábamos en pleno veraneo playero y no comenzábamos el colegio hasta bien entrado octubre. Sin duda veranear en Guecho era conveniente para mi padre que continuaba yendo a trabajar todos los días a los Astilleros Euskalduna, excepto en agosto, en el autobús o el tren, ambos fáciles de tomar desde la parada que correspondía a la Parroquia de San Ignacio, cuyo párroco, Don Ignacio Bilbao, rechazó un día darme la comunión por no llevar calcetines cuando todavía usaba pantalón corto. Pero eso ocurrió más tarde cuando ya mis padres no se movían de Bilbao debido al párkinson de mi padre.

No recuerdo las razones físicas, pero un día cualquiera, siendo muy niño, los doctores de la clínica Euskalduna que estos astilleros ponían a disposición de sus trabajadores o directivos, dictaminaron que yo tenía fimosis y que debía ser operado, es decir, circuncidado, aunque ninguna de las dos palabras me decían nada en aquellos años. Solo recuerdo que durante unos días ocupé la habitación principal de esta casa de veraneo, esa habitación desde la cual mi hermana pequeña escalaba al ático donde tenía instalada la morada de sus muñecas. Fueron unos días muy cómodos durante los cuales yo era el centro de la casa. Años más tarde di gracias a mis padres por haberme liberado desde pequeño de una molestia que se lo hizo pasar mal a no pocos amigos años más tarde.

Y esa sensación es el comienzo de ese bienestar que siempre me ha embargado cuando la gripe anual o cualquier otro malestar me mantenía en cama sin hacer nada y sin ninguna mala conciencia. Sensación ésta que se reprodujo a los pocos años cuando en la misma clínica y también en verano fui operado de vegetaciones de una forma rapidísima con varias manos sosteniéndome por detrás mientras por delante un médico me acuchillaba la garganta sin ningún tipo de sedante. Dolió pero no mucho y durante días disfruté, por recomendación médica, de helados a todas horas. Helados nada menos que de Aberasturi.

No es de extrañar que los hospitales o clínicas siempre me traigan al espíritu esa sensación de serenidad que no me abandonó ni un minuto con ocasión de la operación de cambio de válvula aórtica exigida por el infarto que he mencionado más arriba. Mis dolencias solo han sido inquietantes cuando venían acompañados de dolor físico tal como fue el caso de un accidente que me ocurrió en un ensanchamiento de la avenida de Basagoiti en una especie de plazoleta delante de la Iglesia de San Ignacio. En ese lugar había una casa semiabandonada que daba a esa plazoleta y que se separaba de esta por medio de una pared coronada en su día por una verja metálica. Me enteré años más tarde que esta había sido la vivienda del Lehendakari Aguirre mientras fue alcalde Guecho.Un signo de habilidad y valentía era, para los adolescentes como yo, el atreverse a pasear por encima de esa pared. Y un día determinado resbalé y caí hacia dentro del viejo jardín de la casa con tal mala suerte de que mi rodilla izquierda cayó sobre lo que quedaba de una verja oxidada. La cicatriz me lo recuerda casi cada día y en mi ignorancia sigo pensando que la inutilidad de mi pierna zurda en el football se debe a esta herida. Pero el caso fue que fui llevado inmediatamente a un practicante que me puso la inyección-vacuna antitetánica, lo que me hizo mucho daño, y que tuve que estar tumbado mucho tiempo muy dolorido.

Estos acontecimientos que he relatado están en el origen de esa distinción que siempre he hecho entre dolor y malestar sereno y que se podría relacionar con la que últimamente utilizo sin parar entre conocimiento y sabiduría. El primero es insoportable, pero el segundo tiene hasta cierto encanto y sirve como coartada de cualquier desaguisado que uno cometa. Hoy en día ya no tenemos justificación para no estar serenos pues el dolor es siempre eliminable. Y, por lo tanto, la sabiduría es alcanzable sin tener que sufrir por el esfuerzo.

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