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Cena en una terraza

Les quedaba pues poco tiempo para verse antes de dejar Madrid y quedaron en tratar de cenar una de estas noches madrileñas los cuatro juntos en una terraza al aire libre en ese Madrid que parece vigilar que el sol se ponga

Cap.15. Cena en una terraza

Machalen y juan volvieron de Lucerna muy satisfechos. Ella por el éxito del concierto, incluída su aventura ravelesiana, y él porque, de una u otra forma y aparte otras aventuras,su manera de entender el papel de la música en su forma de trabajar se había enraizado durante el concierto. Y, más a gusto que nunca, esa misma noche en el hotel durante su charla somnolienta habitual después de la cena oficial había procurado apoyar la imagen de su mujer.

Lo de lucerna había sido una pequeña escapad, pero ahora ya faltaban pocos días para que todo el mundo sedispersara y la facultad quedaría vacía. Juan se acercó a recoger sus cosas y solo encontró a Ramón haciendo lo propio. Ellos, le dijo a Juan, pensaban quedarse en Madrid y hacia finales de julio aprovechar un congreso nada excepecional para acercarse al este de Europa y luego, como todos los años, recalar en Asturias ( “tu tierra” le dijo a Juan) para disfrutar de la brisa marina y el olor a ese mar excepcional. Juan puso a Machalen por excusa y contó que se irían pronto a Granada y luego a una casa alquilada en las cercanías de Málaga a la que acudían todos los veranos para encontrarse con no pocos directores de orquesta descansando un par de semanas y encantados de charlar con Machalen mientras él, Juan, hacía uso del aire acondicionado y se entretenía pensando en cómo habría sido la economía en aquellos tiempos de la conquista. A nadie contaba nada pero su idea de la ciencia económica debería superar el test de poder explicar la forma en la que distintas civilizaciones se las habían arreglado para vivir en comunidad. Les quedaba pues poco tiempo para verse antes de dejar Madrid y quedaron en tratar de cenar una de estas noches madrileñas los cuatro juntos en una terraza al aire libre en ese Madrid que parece vigilar que el sol se ponga. En Madrid no hay rayo verde y esta ausencia es un buen comienzo de conversación para una cena en una terraza orientada a poniente. Entre este rayo verde y la elección de qué cenar se rompe el hielo con el apoyo obligado del vino que a estas alturas del año suele ser ese fresco vino blanco que desata la lengua.

Llegó la noche que a ambas parejas convenía y Juan, fingiendo una lejanía que no reflejaba su reciente cercanía a Mercedes comenzó a interesarse muy en general sobre la posibilidad de sacar capital fuera de España ante la situación que parecía avecinarse. Machalen, quien no estaba al tanto de los detalles de la situación de Juan, presumió, cosa rara en ella, de estar a salvo de estas preocupaciones puesto que los pagos que le hacían por ahí fuera cuando iba como invitada y no al frente de la orquesta de Granada, se quedaban en cuentas de ese sitio cuyo informe de situación le llegaba siempre a Granada en cuyo auditorio tenía una caja fuerte donde los almacenaba. Hubiese sido el momento adecuado para la confesión por parte de Juan de la situación de su pequeño patrimonio en Monterrey a su nuevo nombre y sobre todo de la forma en que podría hacerse, en un momento que se le antojaba cercano y peligroso, del resto de la herencia de su madre. Mirando ya de frente a Mercedes inquirió si no habría algún medio de hacerse con la parte que le correspondía a través de cualquier subterfugio de esos que los bancos saben organizar. No era necesario que esa parte de la herencia llegara a su verdadero nombre, sino que podría llegar, mermada, a aquella especie de fundación a través de la cual él podía hacer un uso discreto de aquella parte de la legítima que le había llegado con la complicidad de su parentela mejicana y que tanto le había ayudado a vivir en Santa Fe.

Ramón parecía no entender nada y, por descontado, su rostro mostraba extrañeza por la forma en que Juan parecía dirigirse a su mujer Mercedes. A Juan no le cupo la menor duda de que no estaba al tanto de las maniobras de Mercedes, esas que él había creído descubrir detrás de esos viajes entre Ginebra y Londres de los que Mercedes le había hablado. En aquel momento pensó como de pasada que parecían normales en alguien que trabajaba para un banco en Madrid, pero, en este momento en que levantaba el blanco frío para brindar,se dio cuenta que era posible que, entre Ramón y Mercedes las relaciones no estrictamente amorosas fueran secretas o simplemente consideradas irrelevantes, algo no muy distinto a lo que unía a Machalen con él. Así que desvió la conversación hacia la ortogonalidad que parecía existir, tal como habían descubierto Mercedes y él, entre una y otra pareja que, a modo de despedida para el verano, comenzaban ya a degustar el primer plato.

Explicar de nuevo esta forma de representarse no pareció interesar mucho ni a Mercedes ni a Machalen, pero Ramón se sintió aparentemente interesado en su posición en el eje horizontal como alguien nada comprensivo con el nacionalismo. Expresó un poco irritado que le parecía muy raro que un economista como Juan, tan acostumbrado a moverse en escenarios en los que un número enorme de individuos de cuya incontable abundancia se derivaban muchas de las propiedades del grupo que decía le interesaban, pudiera mostrar interés e incluso entusiasmo por algo que a él le sonaba tribal. Juan, ante el ceño fruncido de Machalen, desvió los comentarios que se le ocurrieron, algo despreciativos para Ramón, hacia las equivalencias entre un planteamiento y otro, un tema que sabía Ramón no dominaba, y que le permitía sugerir que hablarían de eso a la vuelta de las vacaciones veraniegas momento en el cual podrían contrastar los diferentes tonos de piel morena adquiridos en el norte y en el sur con soles de diferente intensidad tostando pieles más o menos blancas.

Se despidieron correctamente aunque sin entusiasmo y mientras volvían en taxi al rudimentario apartamento que Juan habitaba en Madrid, y Machalen parecía adormecida, Juan se dejó llevar por el pensamiento extraño de una vuelta de vacaciones en la que una especie de demiurgo emparejara a unos y otras según el tono de su piel.

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