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Cecil y mis moscones

A nadie puede extrañar que disfrute escandalizando a los presuntos amantes de los animales detrás de cuyas cariñosas maneras o de sus modernas ideas ecológicas yo no veo más que desvíos de la afectividad o el simple gusto por el coleccionismo de trofeos.

caza con arco jabali
He de confesar, no se si con vergüenza o sin ella, que no tengo ninguna simpatía a los animales, un sentimiento que forma parte de mi rechazo de la naturaleza en general con la posible excepción de algunas flores y de los seres humanos o, hablando con mayor precisión, de algunos pocos de ellos por los que he llegado a sentir hasta algo parecido a lo que entiendo que es el cariño. No he conocido perro que me resulte simpático y cuya compañía agradezca y hasta he llegado de abandonar una perrita a su suerte sin compasión alguna. Los toros no me dan pena ni siquiera cuando en alguna contada ocasión he visto y oído a uno morir delante de mis narices. De manera que mis amigos cazadores no han tenido que perder su tiempo explicándome el origen de su afición o las ventajas ecológicas de la regulación de sus actividades predatorias. No tengo en efecto el más mínimo temor a que se extingan los rinocerontes por ejemplo aunque es posible que alguien pueda contarme una milonga sobre la importancia crucial de su existencia para la preservación, a su vez, de esos pececillos de colores que, como en el caso de algún tipo de flor, a veces alegran mi vida. Por todo esto a nadie puede extrañar que disfrute escandalizando a los presuntos amantes de los animales detrás de cuyas cariñosas maneras o de sus modernas ideas ecológicas yo no veo más que desvíos de la afectividad o el simple gusto por el coleccionismo de trofeos, propios de «mamá» en el primer caso o de «papá» en el segundo.

Todas estas reflexiones me vienen a la cabeza a raiz del caso del león Cecil cazado por un dentista de Minneapolis en Zimbabwe y que entra en el circuito global de la mercantilización a través de los 50.000 euros que el odontólogo cazador ha introducido en el sistema a cambio, supongo, de la cabeza de Cecil. Me enteré de este incidente a través dealeccionándonos sobre los fundamentos psicológicos de nuestra empatía con los animales.

Pienso que incluso en la modorra del verano es conveniente ir al fondo de las cosas que pasan. Y por lo tanto pienso que este caso Cecil es una buena ocasión para indagar en el fundamento original del gusto por la caza. En mi opinión se trata del gusto por matar con el que, dicho sea de paso, también nos inunda la prensa veraniega que se regodea en inexplicales (dicen) crímenes de esposas e incluso hijos por parte de gente que a veces decide terminar la orgía acabando consigo mismo.

Esta opinión que reconozco un tanto sacada de quicio está apoyada por mi experiencia personal de la que hablo a menudo entre amigos o conocidos recientes por el deseo de llamar la atención, pero que creo es una de esas verdades que se cuentan en tono jocoso para disimular la crueldad de la profunda verdad que ocultan. Sí, tengo que confesar y confieso que me encanta aplastar y comerme insectos relativamente grandes como esos moscones de verano que nos imposibilitan ya sea la siesta o la lectura tranquila de una novela. Este placer se intensifica hasta el paroxismo cuando coincide o es el resultado del horror de una mujer cercana por la posible picadura del moscón y que se manifiesta en su petición lacrimógena de que lo aleje de ella. En estos casos suelo levantarme en silencio, como un cazador de venados y a un ritmo de semejante especie humana me mantengo quieto hasta que el moscón se pone a tiro. A partir de ese momento actúo con la velocidad del rayo: atrapo el bicho, lo aplasto entre mis dedos, lo que conforma el pico de mi placer al escuchar el suave rumor de su aplastamiento y, de golpe me lo engullo sin necesidad de masticar.

Este gesto veloz produce en la mujer miedosa que rogaba su exterminación una mezcla de asco y de admiración que colma mi alma de macho aunque también oculta un trauma infantil difícil de describir. Me recuerda una de las pocas lecciones de mi padre que forma parte de otra más general sobre la obligación de «no hablar de la comida ni para decir que está buena». Refunfuñaba yo sobre una manzana a medio comer que parecía estar podrida cuando mi padre me la arrebató y se la comió de un bocado incluyendo un gusano que disfrutaba tranquilamente del hueso de manzana. Disfrutó del fruto y finalmente depositó con suavidad el hueso en el plato de postre.

«Cecil y mis moscones» recibió 4 desde que se publicó el Domingo 9 de Agosto de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. @juan compartir material tan personal es muy generoso y valiente por tu parte. Me permito únicamente señalar dos ideas que entiendo que merecen una revisión crítica:
    – La oposición naturaleza (animal) – cultural (hombre)
    – Las relaciones empatía (animalismo) – falta de empatía (caza).
    Hay diferentes ángulos para esta revisión. Sugiero a los matriceros la que me parece más amena (cuando no fascinante): la lectura de "La mirada del Jaguar / Introducción al perspectivismo amerindio", un libro de recopilación de magníficas entrevistas al antropólogo Eduardo Viveiros de Castro, que sirve de inmejorable introducción a su sesudo libro  "Metafísicas caníbales". 

    Vaya, que me permito responder a esta provocación con otra provocación.    🙂 

  2. Juan Urrutia dice:

    Gracias por las provocaciones

  3. @juan A mandar. Garantizo lectura deliciosa.

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