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Buenismo y Apaciguamiento

Publicado en Expansión, 3 de octubre de 2006

El buenismo es una expresión que la derecha usa para acusar a la izquierda de tonta e incompetente. El ejemplo más evidente de este buenismo tontorrón sería la figura de Azaña cuya buena voluntad no sirvió para frenar los desmanes de quienes querían aprovechar la República para hacer la revolución.

Una concreción de ese buenismo es el apaciguamiento con el que los débiles de carácter intentan mitigar el peligro de las amenazas que algunas organizaciones criminales profieren contra nuestra civilización y nuestras reglas de convivencia. Yalta sería el paradigma de esta posición ingenua; pero hay ejemplos mucho más cercanos y de interés más inmediato como sería, entre otros, la negociación con los criminales de la banda terrorista ETA que, con los matices exigidos por el Estado de Derecho y con todas las precisiones lingüísticas propias del caso, plantea el Presidente del Gobierno a fin de acabar con la violencia etarra.

No me parece mal que se trate de caracterizar a la ideología de la izquierda como una manera de pensar que cree en la bondad del ser humano. De hecho esa es, en mi opinión una diferencia importante con la derecha que, más ajustadamente, piensa en el hombre como un ángel caído intrínsicamente malo con el que no hay más remedio que usar el palo y la zanahoria. Sin embargo esa diferenciación es ambigua pues no podríamos acusar a Stalin de no usar el palo e incluso la zanahoria, ni dejar de apreciar algún rastro de buenismo en la política exterior americana actual que parece pensar, a diferencia del cinismo de Kissinger, que basta con derrocar al tirano para que los buenos locales impongan la bendita democracia que América se cree en la obligación de expandir en el mundo ya desde los padres fundadores.

Pero, a pesar de estos contraejemplos, la distinción entre derecha e izquierda, basada en el rechazo o la aceptación de la bondad innata del ser humano, no me parece descaminada y, en cualquier caso, me obliga a autoclasificarme en principio como de derechas pues no tengo ninguna fe en la bondad humana en general. Por eso pienso que, a diferencia de otros muchos de los insultos que se propinan a Zapatero, estos del buenismo y del apaciguamiento merecen ser pensados con un poco más de cuidado del que exige su uso como insulto político. Para colaborar en esa tarea de reflexión me gustaría ahora hacer dos consideraciones.

La primera consideración trata de llamar la atención sobre una incongruencia que comete la derecha en relación a esta cuestión. En efecto, muchos de los que critican el buenismo caen en él cuando se trata de redistribución. La derecha en general, aunque hay excepciones libertarias, no rechaza el objetivo redistributivo en sí, pero confía en la caridad como un sustituto de la tributación y del gasto presupuestario quizá como una manera retórica de librarse de una fiscalidad que consideran excesiva. El mecenazgo, al que me refería en la última entrega en Expansión (Comentarios sobre el mecenazgo, martes 5 de septiembre) es, en este punto, una piedra de toque crucial y muy clarificadora.

Puesto que no creemos en la bondad del género humano, la derecha debería entenderlo como una forma más de perseguir el propio interés; quizá más sofisticada que otras, pero de ninguna manera generosa. Que esa derecha apele al altruismo para paliar las diferencias en renta o mitigar los efectos devastadores de la pobreza es contradictorio con su concepción del hombre. Lo mismo que es contradictorio que la izquierda dé facilidades fiscales a la generosidad cuando ésta debería ser natural según el buenismo que le caracterizaría a esa izquierda.

La segunda consideración es un poco más técnica. Es posible, tal como trataré de mostrar ahora, que la ficción del “todo el mundo es bueno“, aunque falsa como todas las ficciones, sirva para algo. Pensemos en el dilema del prisionero con cuya descripción no aburriré al lector pues es sobradamente conocido como un juego de estrategia en el que la racionalidad lleva inexorablemente a una situación subóptima en la que no hay cooperación entre los dos jugadores. Es más, pude ocurrir que la racionalidad de cada jugador (racionalidad que excluye todo altruismo) junto con el conocimiento común de esta racionalidad, haga que se alcance la peor de las situaciones posibles en términos del total de utilidad.

Hay muchas sugerencias para eliminar esta paradoja o anomalía ; pero una por la que siento devoción y sobre la que he escrito a menudo en el contexto de la presunta justificación de la necesidad de un Banco Central, es prescindir del conocimiento común de la racionalidad individual. En ausencia de ese conocimiento común el equilibrio de Nash pierde soporte epistémico y genera posibilidades curiosas. La cuestión no es fácil; pero merece la pena rascarse las meninges. En lugar del conocimiento común, supongamos simplemente que lo que hay es un conocimiento mutuo de orden 1 en lo que respecta a la racionalidad individual en un juego del dilema del prisionero jugado entre tu y yo. Lo que esto quiere decir es que yo sé que tu eres racional y que tu sabes que yo soy racional; pero que no es cierto que yo sepa que tu sabes que yo lo soy o que tu sepas que yo sé que tu lo eres.

En esta bendita situación de ignorancia, no es irracional por mi parte darle a una oportunidad a la estrategia cooperativa porque es posible que yo crea que tu piensas que igual yo no soy del todo racional y que, en consecuencia, estés dispuesto a jugar también tu la estrategia cooperativa. Perdóneseme el trabalenguas; pero piénsese un momento y se verá que no es ineluctable caer en la maldición de la paradoja del dilema del prisionero. Y no lo es aun cuando la racionalidad sea conocimiento mutuo de orden N, N finito, siempre que nos quedemos más acá del conocimiento común en donde N es infinito.

Pero quizá más interesante sea la segunda conclusión tentativa que debemos extraer: quizá no es estúpido, ni infantil, tener una actitud apaciguadora cuando enfrentamos un fenómeno como el del terrorismo o el del belicismo. El apaciguamiento puede ser arriesgado; pero no necesariamente estúpido ya que es posible que nos lleve a conseguir alcanzar situaciones óptimas.

Ocurre por lo tanto con el apaciguamiento lo mismo que ocurre en cualquier situación en que hay que actuar en condiciones de incertidumbre. Y en esta materia hay actitudes para todos los gustos. Hay quien nunca juega al póker y hay quién lo juega asiduamente. Y la diferencia no creo que sea muy grande en términos de renta esperada. La diferencia significativa es que el adicto se lo pasa mejor que el abstemio y que, como decía aquel chiste, hace amigos los sábados por la tarde alrededor del tapete verde, en lugar de aburrirse en soledad.

Tampoco puede esgrimirse el apaciguamiento como una prueba de cobardía ni como una mala estrategia para conseguir una situación óptima. Puede ser una estrategia que funciona y una muestra de inteligencia. Además no es necesariamente incongruente estar convencido de la maldad del hombre y sin embargo pensar que, en un momento dado, la estrategia apaciguadora o la actitud negociadora, puede alcanzar un óptimo. Todos podemos ser muy malos, pero también puede ocurrir que demos una oportunidad a la ignorancia ajena de manera estratégica y solo en nuestro propio beneficio. Es posible que, paradójicamente, esto nos lleve al óptimo.

Si el lector cree ver en estas líneas una posible defensa del Presidente Zapatero frente a un par de insultos de los muchos que recibe, es que tiene buena vista. Sin embargo si es eso todo lo que ve debería ir al oculista pues me parece que los argumentos utilizados son generales y tienen un mayor alcance que espero no se le escape al lector.

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