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Bla Bla Bla

Publicado en Expansion, martes 5 de junio de 2007

Aunque en el fondo de mi corazón sí que pienso que el diálogo colectivo en el que estamos inmersos tiene bastante de diálogo de sordos, el título de esta ensayo nos se refiere directamente a eso, ni tampoco pretende ser trivial o acusar a alguien de no decir nada interesante. Se trata más bien de una reflexión general sobre una pequeña ramita de la Economía de la Información que hace referencia al cheap talk y sobre la que no hace mucho tiempo disertó en Madrid, dentro del programa de doctorado de la Fundación March, el profesor de la Universidad de California en San Diego Joel Sobel.

Esta forma de comunicación entre agentes individuales de una comunidad que llamamos cheap talk es de interés porque aplica a situaciones muy comunes en las que los individuos desearían coordinarse para alcanzar eficazmente sus intereses comunes; pero en las que también ocurre que esos agentes tienen intereses propios e incompatibles con los de otros miembros de la comunidad.

Este cheap talk, por lo tanto, es muy distinto de una situación, también muy estudiada, en la que no hay intereses comunes y cada uno está dispuesto a invertir recursos reales en señalar de manera creíble que posee ciertas habilidades que le distinguen de los demás y le hacen acreedor a la obtención de lo que persigue. Este último sería el caso de quien estudia un doctorado en una universidad seria para señalar de manera creíble que posee una dotes intelectuales notables pues de lo contrario sería irracional hacer el esfuerzo.

En este caso del signalling (que asociamos al premio Nobel, M.Spence) nos encontramos con una especie de talk, pero ciertamente no cheap. Por el contrario si los mensajes que emitimos, basados en nuestra información privada, no nos cuestan nada pero queremos ser entendidos y creídos, aunque quizá de una forma un poco sesgada a nuestro favor, entonces estamos en presencia de un genuino caso de talk que es realmente cheap.

La cuestión no es tan abstracta como parece. Yo mismo estoy involucrado de lleno en la decisión sobre la puesta en funcionamiento de una gran instalación científica europea relacionada con la generación de neutrones. Todos los Estados europeos están interesados en que tal instalación llegue a existir. Pero algunos queremos además que se instale en nuestro país. Mi misión específica es conseguir que se realice en Bilbao. Para ello, y conociendo los puntos fuertes y débiles de nuestra candidatura, e intuyendo los de otras candidaturas, tengo que elegir los mensajes que emito para apoyar que se decida construir la fuente de neutrones y precisamente en Bilbao. Comparto los intereses con otras candidaturas, pero tengo los míos propios e incompatibles con los suyos.

El reto intelectual que plantea el problema general, así como el específico que acabo de mencionar, consiste en ser capaces de mostrar a dónde nos llevará el cheap talk. En el argot propio de la teoría económica nos preguntamos cómo es el equilibrio que se alcanzará en la situación descrita cuando los agentes son racionales y pueden intercambiar mensajes no costosos. Queremos saber si en ese equilibrio el espacio de mensajes estará particionado en N trocitos, pudiendo ser N o bien cero o bien cualquier número natural finito, es decir 1,2,3…etc. Que N sea cero quiere decir que cualquier mensaje que se emita no dice nada específico, no limita el espacio de lo posible, y también que ningún mensaje tiene sentido alguno pues no indica nada concreto y diferenciado. Me explico.

En un equilibrio con cheap talk y N=0, emitir el mensaje m, quiere decir que la información que yo tengo es que podemos estar en cualquier subconjunto o punto de ese espacio y, por lo tanto, siempre acierto pues en algún punto estaremos efectivamente, pero mi mensaje no tiene ningún sentido inteligible, no quiere decir nada. Muy distinto es cuando N es muy grande. En ese caso expresar m quiere decir que estamos en un subconjunto del espacio de que se trate muy pequeño de forma que la información emitida es muy rica y, en el equilibrio, el significado lingüístico de m es muy preciso. En el primer caso hablaríamos de un “babbling equilibium” (de ahí el título de este artículo). En el segundo caso podemos imaginar un N tan grande que nos sería permitido hablar de un equilibrio totalmente revelador.

¿Qué dice la Teoría Económica en relación a estas situaciones que no tienen porqué ser solo abstractas? Para empezar nos dice algo muy instructivo: nunca podemos eliminar la posibilidad de un “babbling equilibium“. Babel es siempre posible. Luego nos dice que, por otro lado, por grande que sea N nunca llegará ser infinito, es decir que siempre habrá una cierta vaguedad en nuestro lenguaje. Déjenme añadir como de paso, que este último resultado se me antoja esperanzador pues no puedo imaginar un mundo vivible y totalmente revelador. Intuyo que sería algo muy poco estable. Por ejemplo, una pareja que se comunicara con esa precisión endiablada duraría muy poco. La vaguedad de nuestra forma natural de comunicarnos es útil. Sin ella me parece imposible llegar a realizar nada en común con nadie.

Este par de resultados ya me parecen suficientemente iluminadores; pero Sobel nos puso al día de algunas ampliaciones de este campo de investigación. Me voy a referir a dos de ellas y lo voy a hacer yendo más allá de lo que los teoremas en sí permiten; pero este es el precio de la difusión de las ideas.

A la primera de las generalizaciones que me interesa le llamaré “repudio de la autoridad“. El equilibrio del cheap talk no se hace más informativo a medida que los agentes que interaccionan a través del cruce de mensajes se hacen más sabios en el sentido de poseer más, y más precisa, información. La posibilidad de que la utilicen a su favor está ahí presente y hace que la comunidad no se fíe del todo de su presunta mejor información, o sabiduría, o autoridad. Lo que sí llevaría a un equilibrio más informativo y lingüísticamente más rico es el aumento del número de agentes individuales de la comunidad comunicacional, cualquiera que sea su autoridad, información o sabiduría. Es como si una especie de media de sus mensajes sirviera para estructurar el espacio comunicacional y para que los mensajes adquieran sentido.

La segunda generalización de esta área de la Economía de la Información se refiere a lo que llamaré “la ventaja del bundling“. Si el espacio en el que se mueven y transitan nuestros mensajes es unidimensional, la vaguedad del lenguaje es más probable. Esta vaguedad se va disipando a medida que el espacio comunicacional incrementa sus dimensiones. Volviendo a la aplicación a la que me he referido antes, si discutimos sobre si construir la fuente de espalación de neutrones es muy posible que no lleguemos a un acuerdo; si además consideramos su localización igual conseguimos entendernos aunque es posible que no lo suficiente como para tomar una decisión.

Si ahora introducimos consideraciones estéticas sobre el edificio que la albergaría, resulta que es más probable que la decisión se acabe tomando porque gracias al cheap talk hemos desarrollado un lenguaje rico que nos permite entendernos y no caer en un bla, bla, bla.

O sea que la simpleza es buena y mala a la vez. Es buena cuando se entiende como ignorancia o ninguneo de la sabiduría propia y ajena. Es mala cuando se evita el empaquetamiento y se pretende simplificar el problema. La moraleja en este punto es clara. Compliquemos los problemas y luego preguntemos a la gente y tengamos en cuenta sus opiniones independientemente de sus presuntos credenciales.

A cualquiera se le ocurren inmediatamente numerosas aplicaciones de estas ideas sobre el cheap talk. Yo termino con una simple pregunta ingenuamente maliciosa: ¿y de los periódicos qué? Se trata de un caso de dos receptores a los que les llegan mensajes dispares o similares, pero que deben diferenciar para atender a sus lectores al tiempo que se preocupan de salvaguardar su reputación de veraces.

La pregunta interesante es cómo se alcanzará un equilibrio que sea informativo para el lector. ¿No acabaremos siempre en un babbling equilibrium? Mi observación no sistemática de la prensa me dice que parecería que estamos en uno de esos equilibrios que no informan de nada y en los que las palabras no tienen sentido. Mi teoría económica aplicada no muy rigurosamente me dice que solo saldremos de este bla, bla, bla si aumentamos las dimensiones del espacio comunicacional complejizando los problemas y prescindimos de no pocas presuntas autoridades sabias.

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