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Belle toujours de Manoel de Oliveira

Hay que tener 99 años para ser capaz de utilizar la habilidad adquirida con el trabajo y utilizarla para elaborar un regalito a una biznieta que cumple años y que resulta ser, como sin querer, una pequeña obra maestra que poca gente reconocerá como tal.

Pero yo creo que esta colección de estampas es una obra maestra aunque sea corta (73 minutos) simple y como un juguete. Es una colección de estampas enlazadas por la 8 ª sinfoní­a de Dvorzak con la que se abre la pelí­cula. Una especie de broma interna al mundo del cine, un comentario sobre Belle de Jour de Buñuel con guión de Carrière.

Está el surrealismo rutinario de Buñuel con el gallo que cierra la broma y está ahí­ la apropiación de Parí­s que hací­a Carrière con sus panoramas sobre el barrio más turí­stico convertido en una ciudad de provincias donde, sin embargo todo es posible.

Me son especialmente queridas las tres o cuatro secuencias del bar del Vendôme.

Ahí­ están los ángeles del sexo tan queridos para Buñuel, dos ángeles solitarios y sencillos que dan el contrapunto a una historia que sin ellos serí­a demasiado cerrada, sin misterio y sin esa gotita extra de surrealismo. El ángel mayor es al mismo tiempo la supervisora del guión y la que, estoy seguro, improvisó el aleteo de sus dedos delgados y viejos y su deseo casi cariñoso de un cuerpo de macho jóven.

Ahí­ está la sabidurí­a inapropiada de un jóven puro que comprende todas las perversidades con su acento de portugués emigrado y su nombre-Bendetto- de personaje del Decamerón. Sus réplicas a Michel Piccoli son poesí­a pura con su letaní­a exculpatoria que subraya que él solo sabe lo que oye. Su ingenua provisión de la apropiada dosis de güisqui siempre preparada y lista para el ansioso Sr. Husson es como un truco de magia que encandila a los que seguimos teniendo capacidad de asombro.

Y sobre todo ahí­ está Piccoli que sigue obsesionado con un presunto y eterno enigma femenino que ya no tiene demasiadas ganas de descodificar. Le basta esas dosis desmesuradas de güisqui para resbalar suavemente por el recuerdo transformado en paseo mental.

Bastarí­a estas escenas para que los que disfrutamos del cine nos lo pasáramos pipa con un par de tomas frontales y simplicí­simos y elegantes movimientos de cámara apenas acompañados por cortes funcionales y yo dirí­a que imperceptibles así­ como unos rudimentarios juegos de espejos.

La calle es de Carrière y Oliveira nos hace pasear con él por los arcos de la rue Rivoli. Nos quedamos con las ganas de que Piccoli, al salir del Regina, tuerza hacia la izquierda y nos lleve a otro bar mí­tico, el del Meurice (sí­, ese que nos acaba de enseñar con todo detalle Chabrol); pero esto nunca ocurre y fiel a la geografí­a real Oliveira nos confronte con la estatua dorada de la Muchacha de Orleans convertida en inaccesible rinoceronte cubierto de placas metálicas.

Todas estas estampas están enlazadas por la música, nada elitista o desconocida, sino algo conocido y propio de un gusto que es simplemente razonablemente bueno pero nada snob y por esa panorámica imposible de Parí­s de noche que está tomada desde un lugar imposible- quizá el cielo donde moran los ángeles del Vendôme- que permite abarcar simultáneamente La torre Eiffel y el Sacré Coeur.

Y así­ llegamos a la última secuencia, la de la cena, un prodigio de sencillez y de precisión. Una cena en tiempo real, una cena exquisita aunque austera en la que algo tiene que pasar prque ella por fin descubre su carta oculta, su deseo imperioso de saber si su marido sabí­a o no sabí­a su masoquismo sagrado, aquel del que disfrutamos en la figura de la Deneuve y porque el regalo que él ha adquirido para ella y que, desde luego, todos sabemos que es la cajita del oriental que al ser abieta produjo esa inolvidable sonrisa cruel y placentera de ella en su versión de Belle de Jour, está sobre la mesa aparentemente olvidado por el exceso de alcohol de ese gran amigo que nunca pudo acostarse con ella pues no estaba a la altura del misticismo que ella siempre persiguió

Cine de salón, conversación de viejos y detalles de maestro. Me quedo con tres. El ruido de los sorbos de güisqui que ingiere en cantidades sorprendentes Piccoli y que uno intuye reales. Ese ruido es tan facinante que los Mí¢itres Bruitiers son citados en los tí­tulos de crédito. El segundo detalle a reseñar es esa perversidad de Oliveira que hace que ella llegue tarde a su cita final depositada delante del hotel en el espacio dedicado a las livraisons, una mercancí­a más para la serena espera de la muerte del testigo eterno que, como Bendetto, entiende pero no se ensucia con el polvo de la realidad tozuda y a veces fétida y, finalmente, la sorpresa de verdad, la concentración de la cámara ante otra Marianne republicana que nos dice algo de la insaciable sed de vida de Oliveira.

«Belle toujours de Manoel de Oliveira» recibió 0 desde que se publicó el Martes 12 de Junio de 2007 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] quizá les sorprenda saber que los parecidos a veces son híbridos. Si han visto ustedes Belle Toujours y han observado al gran Piccoli  ( el que en su día se aferraba a una muñeca hinchable) se habrán […]

  2. […] han buscado muchos antecedentes visuales o narrativos Hitchckok o Godard; pero no se ha mencionado esa joya de Manoel de Oliveira de la que nadie ha hablado en serio pero a la que dediqué mi mejor homenaje, Belle Toujours. En […]

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