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Autenticidad y sabiduría

La sabiduría es un metaconocimiento que trasciende la manera convencional de dar por sentada una verdad. Si se trata habitualmente de la concordancia entre la palabra y la cosa, la sabiduría nos dice que no hay ninguna verdad eterna. Y es esto lo que produce una soledad y una inseguridad que solo se cura vaciando la cabeza en el paseo solitario.

paseandoDesde hace tres años paseo por la ciudad siguiendo las instrucciones del librito del infartado tal como expliqué en este post en el que trataba de explicar, y me atrevía a mejorar, una de las más famosas ideas de Nietzsche, la del Eterno Retorno. Los paseos que allí describía, siempre cuesta abajo y a la sombra, han continuado siendo fuente de muchas ideas y «ocurrencias» que a menudo encuentran su sitio en ese pequeño cuadernito o agendita que siempre llevo encima y en ocasiones son expandidas en este blog o en otros lugares más públicos. El paseo por lo tanto es ya una parte de mi vida tanto laboral, yendo y viniendo a y de la oficina, como de fin de semana en paseos sin meta que me permiten descubrir rincones para mí desconocidos que me transportan a otro mundo. Lo curioso es que en estas caminatas me siento yo mismo y no me reconozco pues el entorno me refleja un ser que desconozco.

De vez en cuando los paseos de fin de semana los hago acompañado de otras personas y es precisamente una de estas personas,CA, la que me ha regalado un libro, escrito por Frédéric Gros, un filósofo francés, en 2008, editado aquí por Taurus y que lleva por título justamente «ANDAR. Una filosofía». Ya sabía que Nietzsche era un gran andarín aunque no imaginaba que lo era tanto, que llegaba a andar hasta 10 horas diarias en algunos momentos de su vida. Sabía que Thoreau era un gran escritor y recuerdo haber leído Walden como un elogio de la vida retirada, pero no estaba al tanto, o no recordaba, que era un paseante fervoroso. Tampoco sabía que esta afición o necesidad afectaba también a a Rousseau y a Rimbaud. Y aunque la experiencia de caminar parece tener unos orígenes diferentes en unos u otros (más allá de la necesidad de huir y estar solo) los efectos de poner un pie delante de otro de manera acompasada en medio de la naturaleza son a menudo parecidos en casi todos ellos: una especie de descubrimiento de uno mismo que les cambia la vida aislándoles de las convenciones sociales. Parece que,aunque no lo hace Gros, al menos en la mitad del libro que llevo leída, podríamos decir que esas enormes caminatas en la naturaleza les proporciona a estos y otros autores eso que se suele llamar autenticidad,una noción difícil de entender cuando no se refiere a una cosa u obra de arte, un algo a lo que podríamos acercarnos mediante la lectura de este libro de Gros, cosa bien de agradecer pues, más allá de la familiaridad con el «Sein und Zeit» de Heidegger, imposible de adquirir para el lego, no hay forma de saber lo que queremos ser cuando deseamos ser auténticos. Y tampoco sabemos si esa propiedad del carácter se puede obtener de otra manera que caminando precisamente en la naturaleza.

Es precisamente esa aparentemente necesaria cercanía a la naturaleza y sus variaciones, esa lejanía de la vida urbana,la que parece estar por debajo de la autenticidad de los pensadores citados. Si esta aparente conexión entre autenticidad y naturaleza es realmente necesaria abandono toda esperanza de alcanzar esa propiedad del ser humano. Odio la naturaleza a no ser que se le haya domesticado un poco y la odio porque me da miedo. Y no se trata de un miedo a conocerme a mí mismo pues este miedo ya lo exorcicé en el diván. Se trata de un terror a la muerte que siempre está tan cerca de la naturaleza. Si el hombre es auténtico solo cuando reconoce que es un «ser para la muerte», me temo que no tengo esperanza alguna de llegar a ser auténtico.

A no ser, claro está, que ese ser siempre el mismo y solo el mismo se pueda alcanzar de otra manera. Se trataría de olvidarse de las convenciones sociales o memes que definen una identidad colectiva, noción esta que podría confundirse con la de autenticidad cuando, en realidad, son lo contrario pues para ser yo mismo todo el tiempo y tal como dije en una revista seria de filosofía, tengo que desprenderme de esa identidad mediante esa traición secuencial a la que, a veces, he alabado como única forma de llegar a ser tu mismo. Esa renuncia es más fácil cuando uno tiene posibilidades de convivir en el seno de sociedades con convenciones definitorias distintas a aquellas con las que uno se identifica en uno u otro momento. Y esto es hoy más fácil cuando sus paseos son urbanos en una ciudad en la que conviven muchas identidades distintas. Cuando uno sigue esta vía más de hoy en día ocurre que, a menudo, resume de una cierta identidad en los contactos en los que incurre en su camino hacia la autenticidad.

La autenticidad como vemos puede exigir sacrificios y cierta soledad, cosas estas que la hacen casi inaccesible. Le pasa lo mismo que a la sabiduría: que como es difícil de definir la confundimos a menudo con el conocimiento. Así decimos que un experto o un buen científico son sabios, lo que puede ser cierto, pero no porque sepan mucho de una cosa o de muchas. Alcanzar la sabiduría es difícil sin partir de conocimientos acumulados, pero hay que ir más allá, lo que posiblemente exija olvidar sus detalles para trascenderlos mediante respuestas pensadas a preguntas muy razonables aunque nada corrientes.

Una de estas podría ser si, por ejemplo Nietzsche, era un sabio o un simple experto en filología griega. Es esto, la filología, lo que estudió y lo que le llevó a Basilea en donde como profesor jovencísimo logró un enorme éxito. Pero, sin embargo, lo que este joven profesor alemán perseguía no era el conocimiento en sí sino, más bien, esa sabiduría que exige, como la autenticidad, soledad y desapego a poder ser simultáneos. Esto es lo que rezumaba este post reciente en el que yo me negaba a ser un experto y afirmaba, con cierta ironía que era un sabio.

Pero debería preguntarme si se puede ser un sabio sin haber pasado por el conocimiento que hace de uno un experto. Mi experiencia me dice que esto no es posible pues la sabiduría es una especie de metaconocimiento algo impracticable cuando no se tiene conocimiento, de la misma forma que no se puede alcanzar la individuación sin la pertenencia. Y porque creo esto no me puedo quedar con esas ideas bien intencionadas pero, en mi opinión, cortas que relacionan la sabiduría con la espiritualidad o con el rechazo de ciertos valores humanitarios, como la salud, cuya persecución poco sabia haya podido ser la causa de algunas tragedias (talidomida por ejemplo). No, la sabiduría es un metaconocimiento que trasciende la manera convencional de dar por sentada una verdad. Si se trata habitualmente de la concordancia entre la palabra y la cosa, la sabiduría nos dice que no hay ninguna verdad eterna. Y es esto lo que produce una soledad y una inseguridad que solo se cura vaciando la cabeza en el paseo solitario.

Termino autocitándome:

No es muy difícil cantar a la diversidad como catalizadora de la generación de conocimiento; pero resulta que es también una enorme ayuda para la persecución exitosa de la sabiduría siempre que por semejante cosa no nos limitemos a entender la persecución de un conocimiento trufado de valores espirituales o de objetivos que protejan nuestra especie. No niego que la sabiduría puede añadir efectividad a estas finalidades, pero ellas no conforman la sabiduría como tal sabiduría que sí que podríamos considerar como el objetivo último a perseguir. Esta sabiduría necesita diversidad que a su vez exige el nomadismo entre diversas especialidades de la ciencia…

Nótese que este párrafo puede aplicarse tanto al conocimiento y su relación con la sabiduría como a la autenticidad y las convenciones sociales. Sin estas y sin conocimiento no podemos esperar alcanzar la autenticidad o la sabiduría.

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