Desde mi sillón

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Años de transición

Y así es como ya perdí del todo el contacto con mis amigos y amigas de adolescencia y, en cierto modo con mi Ciudad. A cambio, mi cabeza se abrió a lecturas totalmente nuevas para mí, y a relatos de otra guerra ya pasada pero cuyas huellas no acababan de desaparecer de la tierra todavía embarrada de esa zona de Europa a la que me desplacé a pesar del deseo de mi padre, antiguo alumno de Durham, de que fuera al Reino Unido.

SalzburgoElla sabía mi nombre, pero yo ignoraba el suyo. Me había dicho que me lo diría la próxima vez que nos viéramos, y así fue cuando desde el día siguiente a aquel que empezó tan de madrugada, retomé mi costumbre de cruzar la ría a hurtadillas. Ya lo hacía sin ocultarme y sin necesidad de hablar de ello. A mi padre seguramente le parecía bien que hiciera lo que me diera la gana, y mi madre muy posiblemente veía en mi capricho un apoyo a su pretensión de volver al Centro de la Ciudad, en donde la división en dos márgenes no era una preocupación diaria ni una señal de la forma del mundo. La señorita Carmen permanecía callada, pero sin duda ella también refería el Centro, pues estaba más cerca de aquella institución donde se podían alquilar libros y en la que simultáneamente se podía consultar el Libro de Buenas y Malas Lecturas que, escrito por un jesuita, le eximía de toda responsabilidad en su tarea de comprar libros para mi entretenimiento, y sospecho que el suyo también, aunque ella no se privaba de leer libros de aquella biblioteca heredada desde la época de la República, y que estaba llena de títulos que el famoso libro clasificaba como en el Indice de libros prohibidos por la Iglesia.

Pero no fueron los deseos de unos u otros sino la salud de mi padre que, de repente, mostró síntomas de una enfermedad degenerativa, la que determinó el regreso a mi calle de toda la vida y que nunca volví a dejar hasta que un día tuve que independizarme ya con mi mujer y un hijo americano. El colegio estaba a tiro de piedra, y siempre podría coordinarme con Esperanza, que así se llamaba aquella chica de mi edad que se paseaba por la playa por delante de mi toldo y que nunca rehusó mi compañía en el autobús o el tren desde la margen derecha hasta el centro. Desde aquel día en el que yo supe que ella sabía mi nombre no dejé ni un solo día de hacer su camino hasta su colegio con ella, con Esperanza, ya fuera porque seguía yo cruzando de margen, ya fuera porque le esperaba en aquel punto en el que nuestros caminos colegiales se encontraban. Pero nunca ocurrió que ella me diera la sorpresa de presentarse en la estación de tren de aquella villa marinera y, todavía más sorprendente, nunca le pregunté porqué.

Y la cosa continuó igual una vez que abandonamos la Venecia del Abra y volvimos a ese piso que siempre consideré mi casa y desde el cual podía seguir viendo y hablando con Esperanza cada mañana, así luciera el sol o cayeran chuzos de punta. Me las prometía muy felices para el próximo verano y el próximo curso, pero todo se torció y mi vida cambió de rumbo cuando mi madre me anunció que ya tenía reservada una plaza en una especie de colegio en Francia para que pasara prácticamente todo el verano mejorando el mediocre francés que nos enseñaban en aquel colegio en el que ella se empeñó que ingresara y en el que que era importante saber cómo se decía en francés «rodrigón», un sustantivo que, si bien no sabía lo que denotaba, desde entonces sé que en francés se dice echalas, algo que siempre me ha hecho pensar, en mis delirios mentales de los que tanto disfrutaba ya entonces, si uno podría ser bilingüe sin saber nunca a qué se refería lo que decía, o si se podría ser monolingüe siendo capaz de expresar todo lo que uno quiere o desea expresar. Pero estas disquisiciones esotéricas no comenzaron a ser importantes hasta años más tarde, allá por el final de bachillerato, cuando el inglés sustituyó al francés en esa educación que mi madre quería para su único hijo varón al que, para mi irritación difícil de reprimir, ella llamaba, incluso en presencia de un marido que tenía Parkinson pero no estaba sordo, el «báculo de mi vejez», y que yo sentía como un enorme peso que no creí que me correspondiera.

Sí, aprendí idiomas durante los veranos, incluso alemán ya en la carrera, pero a un precio muy alto porque las amistades de verano, tan importantes para mí, se fueron perdiendo de forma y manera que esas confidencias de playa o esos planes rutinarios de tarde con amigos cuyo carácter se iba conformando paralelamente al tuyo, se fueron sustituyendo por una cultura solitaria de lecturas y fantasías que hacían de mí un individuo cada vez más introvertido y más solitario, alguien que nunca consiguió salir con una chica del grupo sino solo con otras que encontraba en los paseos vespertinos y de las que no sabía nada, además, claro está, de aquellas extranjeras que para mi ignorancia juvenil eran mucho más educadas intelectualmente que aquellas que, como Esperanza, fueron apartándose de mí o yo de ellas en un inconsciente movimiento de apertura al mundo más allá del Abra.

Esa apertura parecía obligada para mí y para otros chiquillos que ya no lo eran y que ya llevaban años de pantalón largo y de visitas a la trastienda de ciertas librerías en las que uno se aprovisionaba de libros de esos no recomendados por el jesuita autor del libro de buenas y malas lecturas, y que yo hacía desaparecer con la connivencia de Carmen Arteaga entre los de esa biblioteca republicana disimulada en unas estanterías del despacho en el que mi padre hacía sus dibujos cada día más temblorosos, y mi madre llevaba las cuentas de la compra diaria sin nuca echar un vistazo a su espalda en donde la librería de la sabiduría crecía discretamente.

Mi castidad no estuvo nunca en peligro de perderse, pero la neutralidad ideológica de mi casa impuesta por mi madre y aceptada por mi padre, se derrumbó definitivamente en aquellos años de soledad y nuevos contactos personales. Me topé con gente que, desde un susurro casi mudo, me comenzó a hablar de la derrota de los nacionalistas vascos en esa guerra de la que yo apenas sabía nada, y en la que estos patriotas de una patria propia se unieron a los que realmente habían sido despojados de sus derechos y a los que mi madre temía como al diablo.

Lo que yo entendí en su momento como una heroicidad de mi padre, recuperando en una noche de perros a un pesquero prácticamente hundido. se convirtió poco a poco en mi mente como una actividad casi clandestina llevada a cabo por los amigos ocultos de mi padre que procuraban pasar desapercibidos habiendo perdido la guerra y sabiendo que cualquier manifestación podría atraer represalias contra ellos o sus familias. Mis lecturas y esos descubrimientos parciales fueron fusionándose en una actitud que comenzó a llamar a la dictadura por su nombre y que me llevó a realizar, junto a un buen amigo de esos nuevos que surgieron esos años, el primer acto revolucionario, o al menos de protesta, que muy bien podría acabar siendo el único de mi vida. Después de una tarde de estudio y renunciando al paseíto de la noche, debatimos seriamente si no era ya hora de quitarnos la corbata para ir a las clases de la universidad todos los días. Y, aterrorizados, así lo hicimos al día siguiente, y ya todos los siguientes a los siguientes. No solo no hubo represalias, sino que a los pocos días no quedaba en el aula ni un solo estudiante que la llevara. Este éxito nos animó a muchos a aventuras que creíamos osadas y nos acercó a otros grupos de gente que solo conocía, al menos yo, de aquellas visitas a las trastiendas prohibidas de ciertas librerías.

Y así surgieron pequeñas y distintas reuniones de café en las que, por lo que yo llegué a saber, al principio solo debatían de los libros generalmente franceses que nos hablaban de la revolución y de la relación de ésta con la propia formación de la individualidad. Ya no era cuestión de terminar los estudios y ponerse a trabajar en alguna empresa que comenzara a coger la estela del despertar económico que la tecnocracia había sabido encontrar, sino que se trataba más bien de saber cómo hacer de uno mismo una figura única que se jugara, si no su vida, sí su identidad. Y esta ya no podía ser la de un revolucionario comunista como algunos de los personajes de los Caminos de la Libertad de Sartre, sino que había que introducir ciertos elementos de cultura anglosajona que ayudaban a soltar ataduras morales y pequeño burguesas, a fin de convertirse en un individuo libre de verdad, que solo transitara por caminos nuevos y descubiertos por uno mismo, lejos de cualquier ortodoxia.

Los grupos se rehicieron otra vez, y algunos de nosotros nos quedamos desconcertados y con el único deseo de soltar amarras. En mi caso particular, fui capaz de convencer a mis padres de que me dejaran hacer los dos últimos años de la carrera en uno y luego trasladarme con una beca americana a Salzburgo para estudiar en un centro de cierta calidad nada menos que comercio exterior, justo en el momento en que los efectos nocivos de la autarquía ya habían convencido a la gente burguesa como mis padres de que había que abrir la economía. Y así es como ya perdí del todo el contacto con mis amigos y amigas de adolescencia y, en cierto modo con mi Ciudad. A cambio, mi cabeza se abrió a lecturas totalmente nuevas para mí, y a relatos de otra guerra ya pasada pero cuyas huellas no acababan de desaparecer de la tierra todavía embarrada de esa zona de Europa a la que me desplacé a pesar del deseo de mi padre, antiguo alumno de Durham, de que fuera al Reino Unido. Una vez más prevaleció el criterio de mi madre, lo mismo que cuando se trataba de elegir colegio para mi educación secundaria y, tengo que decir que esta vez posiblemente volvió a acertar, pues acabé tan harto del ambiente sombrío germánico a pesar de estar en Austria y de conocer allí a Machalen, que decidí largarme a los EE.UU., esa tierra en la que es cierto que no dirigía von Karajan en ningún teatro de ópera, pero en la que sonaban otros ritmos musicales más acordes con mis lecturas que, sin abandonar la escuela de Frankfurt, comenzaban a descubrir la poesía americana y se extasiaban ante un poema como Howl, el de Alan Ginsberg.

«Años de transición» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 25 de junio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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