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Amigas y amigos

Publicado en Actualidad Económica el 22 de abril de 2004

Desde que el Gobierno de Zapatero quedó perfilado, he creído notar no poca condescendencia en numerosos comentarios relativos a la igualdad del número de ministras y ministros.

Con sonrisa complaciente admiten muchos hombres y no pocas mujeres que bueno, que muy bien si eso es lo que quiere el nuevo presidente del Gobierno; pero que el país necesita a los o las mejores con total independencia del género. Además el gesto, y así se toma la paridad, sería un pelín ridículo, como esa insistencia del lehendakari Ibarreche en dirigirse a los vascos y las vascas. Pues bien, ni uno ni otro me parecen ridículos, ni sus gestos respectivos me parecen sólo gestos; opino que la paridad es una manera, entre otras, de generar calidad en los organismos colegiados y, a pesar de mi presunto liberalismo, estoy a favor de medidas de discriminación positiva como sería la de las listas electorales tipo cremallera.

  • Primero, no me parece ridículo insistir en gestos cuando de su repetición se derivan costumbres, modas o, en general, “memes” que nos hacen la convivencia más fácil y placentera. Salirse del lenguaje habitual siempre podrá ridiculizarse como algo pedante e incluso gárrulo, pero hacerlo es empezar a cambiar el mundo. Lo no nombrado no existe socialmente y esto es lo que ha pasado y sigue pasando con las mujeres. Insistir en la paridad es aceptar simbólicamente que el mundo ya ha cambiado y que las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a alcanzar su nivel de incompetencia.
  • Segundo, la paridad concita las ventajas de la diversidad. Ni por asomo me refiero a esa petite difference a la que lanzan vivas pícaros los franceses. Me refiero a que la diversidad proporciona la oportunidad de beneficiarnos de la complementariedad. Si los hombres fueran relativamente “mejores” para la industria y las mujeres lo fueran para las finanzas -como creo que es el caso arrastrado tal vez por un residuo irreductible de machismo- lo más adecuado sería que, en una comunidad dada, trabajen hombres y mujeres en número aproximadamente igual. Corremos el peligro de que una dinámica perversa haga que los hombres acaben trabajando en las finanzas y las mujeres en la industria; pero este peligro es un precio que yo estaría dispuesto a admitir ante la perspectiva de que la asignación de tipos de trabajo a géneros pueda llegar a ser la óptima.
  • Tercero, aunque el tiempo social de la “memética” es posiblemente más corto que el tiempo biológico de la genética, aquel es lo suficientemente largo como para que mi paciencia se agote y acepte las intervenciones en el proceso social a pesar de que en general mi liberalismo las desaconseje. En su día me sentí cómodo con el busing de los niños desde su vecindario a una escuela distante aunque hoy tendría mis dudas. Apoyé activamente los programas estadounidenses diseñados para proporcionar un head start a los desprotegidos y sigo favoreciendo algunos programas sociales que tratan de llevar a la práctica la igualdad de oportunidades tras estudiarlos caso a caso. Termino afirmando con voz firme, queridos amigos y queridas amigas que no espero arrepentirme por saludar con entusiasmo el advenimiento de las listas cremallera y de un gobierno paritario. ¡Que cunda el ejemplo!

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