Y los años fueron pasando III: ¿Bilbao a lo lejos o de cerca?

Otras instituciones parecieron querer apoyarme o aceptar mi solicitud de apoyo, de forma que, como continuación al post anterior, deseo reseñar mi reacción a estos apoyos.

Comenzaré por la Fundación Comercial de Deusto. A pesar de que yo me había formado en Derecho y Empresariales en esa institución, sentía y siento muy poca apreciación hacia ella y nunca llegué a compartir sus finalidades en relación con la colocación de los licenciados en empresas importantes de los alrededores. En mi caso, después del primer intento fallido de lograr una beca para estudiar en los EEUU, se me consiguió un puesto en una empresa de tubos no muy lejana del bocho y en la que, a pesar de que fui tratado bien, no hice sino confirmar mis prejuicios sobre el trabajo en una empresa.

Una vez terminado mi doctorado en Económicas en la Universidad de Colorado pregunté al que mandaba todavía en la Universidad Comercial de Deusto si tendrían un puesto docente para mí. Se me contestó con toda prestancia que no y de esa manera acabé siendo aceptado en la Facultad de Económicas localizada en Bilbao (Universidad del País Vasco) o, si se quiere, en San Ignacio. A pesar de toda esta triste relación con la institución, no me negué a formar parte del su Consejo. Se me presentó con claridad mi imposibilidad de colaborar con el cambio que perseguía y que poco tenía que ver con mis preocupaciones intelectuales y solo conseguí apoyar, de manera sesgada, su pretensión de mejorar su corpus docente atrayendo a un par de profesores extranjeros cuyos c.v. mejoraron la media de la Comercial, con lo que yo creí que ya había contribuido lo mío y me alejé de este centro que continúa con su labor.

¿Porqué acepté entonces más tarde el formar parte del Consejo de la Deusto Bussines School (DBS)? Porque me pareció un intento bastante más ambicioso de entrar en la competencia internacional y porque en su presidencia se encontraba una persona importante en el Banco de Vizcaya que no admitió los cambios subsiguientes que no reconocían sus méritos intelectuales, méritos estos que, en mi opinión, eran merecedores de elogios serios. La iniciativa parecía seria a juzgar por el edificio en el que se localizó, justo frente a la Fundación March en Madrid. Traté de aportar mi apoyo a esta DBS en la esperanza soterrada y no confesada de que pudiera encontrar aquí un pequeño despacho que me permitiera continuar con mis trabajos intelectuales una vez abandonado el semisótano en el que se había radicado la FUE en la calle Fortuny. No lo conseguí y seguí huyendo utilizando como coartada mi postinfarto.

También debo reseñar los contactos generosos que recibí por parte de dos personas que también estaban relacionadas con la Comercial pero con las que yo me relacioné a través de mi paso por el gobierno vasco. Ambos fueron cruciales, más allá de la experiencia gubernamental, sobre la base de fundaciones o empresas que ellos crearon y en las que participaron para beneficio de mucha gente que, como yo, necesitaban contactos sociales en el País Vasco para sentirse bien a una edad muy delicada. Estos contactos sociales me permitieron volver a vivir Bilbao de cerca.