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Viernes Santo

RosasEn La Bisbal está todo abierto porque es día de mercado e incluso funciona el trenecito para paseo de padres y madres jóvenes con sus retoños diminutos. Es pues el día para alejarse del interior siempre menos descreído que el borde del mar y, esta vez sí, volver al lugar de los hechos, ese lugar que he evitado hasta ahora.

He vuelto a Rosas. He aparcado en donde hace unos nueve meses aparcamos SB y yo. Mi mujer y yo hemos recorrido el pantalán hasta su punta donde estaba atracada la barca sobre cuya amura de estribor vomité mi corazón en carne viva. Hemos rehecho el camino hasta el restaurante Panoràmic que nada de esto tiene, pero en cuya barra, en la tercer banqueta contando desde la izquierda tomé el agua tónica que pensé me podía entonar el estómago. Hemos caminado hasta el banco en el que derrumbé y pedí ayuda sin palabras.

Y desde allí hemos conducido, esta vez sin vacilaciones o errores hasta el C.A.P. donde me depositó mi Salvador antes de aparcar el coche. Esta vez lo hemos aparcado con tranquilidad al lado del campo de fútbol desde donde sin duda despegó el helicóptero que me trasladó al Hospital Trueta de Girona. He caminado con mi mujer unos cien metros antes de entrar en este centro de atención primaria en el que le he indicado la silla precisa en la que hice la espera y en qué box me metieron luego.

Ya está, ahora ya sé que no quiero volver a navegar ni tampoco a comer o tomar nada en estos puertos deportivos en los que huele a barbacoa y a ketchup.

Me voy a cenar al Bo.tic de Corçà

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.