¿Verlassen o único?

Hace unos días recordaba el posible abandono al que me había llevado mi cambio en la elección de mi futuro en momentos importantes de mi vida y lo adornaba con un verso de un poema en alemán en el que decía sentirme como una piedra en la calle: verlassen. Coincide este pensamiento de abandono con mi aburrimiento durante unos cuantos días que paso solo en mi casa y en los que lleno mi tiempo libre paseando por lugares pocos frecuentados por mí.

Y este divagar me lleva a pensar sobre aspectos de mi quehacer diario tratando de no dejarme llevar por razonamientos conocidos que a lo largo de mi vida he ido acumulando a partir de los escritos sobre el caminar de muchos y bien conocidos intelectuales. Por un lado esas divagaciones me sirven de consuelo frente al sentimiento de abandono. Pero por otro lado siento que el sentimiento de abandono es algo muy difícil de superar aunque en ocasiones puede llegar a ser origen de ideas interesantes y hasta importantes para el futuro más allá del abandono. Vienen a mi mente dos ocasiones de mi vida en las que, lo que pudo ser un sentimiento de abandono, se transformó en un crecimiento personal. Mi estancia en Dublín a los 17 años enviado por mis padres a fin de aprender inglés y, en segundo lugar, el curso académico en Los Angeles, como invitado a la UCLA, veinte años más tarde.

Mi soledad dublinesa tenía un origen azaroso. Aparentemente acabé en esa ciudad lejos del que debería haber sido mi destino y en el seno de una familia en la que no había nadie de mi edad. Con la valentía del que no tiene experiencia me dediqué a conocer la ciudad, experimentar las sensaciones que produce una ciudad llena de historia y disfrutar de experiencias tontas aunque consoladoras, como los primeros bocados de sandwiches americanos o las apuestas en los hipódromos. Descubrí también el Ulises de James Joyce y, aunque apenas lo podía entender, pude visitar algunos de los lugares mencionados y, sobre todo, soñar con la aventura del descubrimiento de ese Ulises que alcanza la riqueza de su tono vital gracias a la soledad de su vida diaria entrecruzada con sus intentos frecuentes de crear sus propios destinos. Nunca lo he olvidado.

Ya en Los Angeles la soledad fue otra inyección de creación del propio destino. Cumplía con mis obligaciones académicas de una manera poco entusiasta, entregado a mi tristeza debida al reciente descubrimiento de los problemas cerebrales de Ramón, nuestro hijo recién nacido. No sentía ningún impulso a disfrutar de la vida y me limité a recorrer esa ciudad tan extraña a bordo de un maravilloso Ford-Mustang y acompañado solamente de mi soledad. Pero todavía me quedaba tiempo y me entregué de lleno a la lectura del libro sobre Nietzsche escrito por su hermana y a la subsiguiente enfermiza entrega a la lectura del hermano. Aprendí que no es cuestión de crear tu propio destino, hace falta además forjar ese destino de una forma adecuada a tu personalidad.

Estas dos experiencias de la soledad me hicieron comprender que el abandono aparente no tiene porqué ser un empobrecimiento, sino que puede ser la bandera de un enriquecimiento radical.