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Universalismo

Yo no tengo corazón.Esto no es un remedo del «tu no tienes corazón», balada romántica de Luis Miguel. Yo no tengo corazón o quizá sí. Ya veremos.

De momento comienzo afirmando que no tengo corazón y que a menudo mi imposibildad de sentir me asombra y me deja frío com una merluza congelada. Para sentir me tengo que descongelar y ello exige el extrañamiento de la cosa, el mirarla como «otra cosa», como una dramatización o como una obra de arte. Quizá es eso lo que me quieren decir los que tantas veces me han acusado de tener una visión estetica del pensamiento.

Eso me pasó con el 11 S o el 13 M y eso me acaba de pasar con Japón. No tengo alma, no puedo sufrir con los que sufren. Solo se me ocurre, en el caso e Japón, que es hora de comprar algo de la deuda extrajera que atesoraba Japón y que ahora tendrá que malvender constituyendo así una muy rentable inversión.

Para sentir algo que me haga llorar tengo que imaginar a un padre buscando el cuerpo de su hija, ¿será porque en este último caso ya no se trata de una idea universal, sino de una escena bien epecífica? Pero ¡cuidado! también para sentir algo frente a una escenificación particular es necesario poder, en cierto sentido, universlizarla.

Es de esto de lo que quiero hablarle a DU cuando se manifiesta en contra del universalismo dejándose llevar a mi juicio por la deriva intelectual de la idea de la comunidad real. Igual es simplemente la misma enfermedad del alma que me aqueja a mí.

Cebrián en su discurso de los premios Ortega y Gasset de periodidsmo coincidentes con la celebración del 35 aniversario de El País decía una cosita que fue la única resaltada por su redacción:

Vivimos un tiempo en que en nombre de la identidad (así a secas) se quieren sepultar los logros de la Ilustración…

Por no restringirse a una identidad determinda, sea la lingüística o la étnica, esta maldición de Cebrián incluye también a la comunidad real de los amigos con los que vives y compartes proyectos. Y en todos esos casos como en los nacionalismos vulgares no deja de encontrase la huella de la Ilustración pues uno de los valores de ésta es justamente el universalismo y éste, bien entendido, es compatible con la escalabilidad del nacionalismo que querría un mundo hecho de pueblos serenamente diferentes en un canto a la diversidad. Y si el nacionalismo no es compatible con el cosmopolitismo será pr la parte estúpida de este último, no porque un escocés, con su propia Ilustración, no pueda sentirse en casa en Londres o en Nairobi o en la punta del Everest.

Y todo esto lo pienso quizá justamente porque al final sí que tengo corazón.

mm

Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.