Camino de Servidumbre

Contra el conserdadurismo

A pesar de las críticas, puntualizaciones y posibles incoherencias detectadas en la forma de argumentar de Hayek y en el contenido de Camino de Servidumbrehay que inclinarse ante su buena vista y ante su disposición de pensar a contrapelo. Es esta fuerza de Hayek, acompañada o no de su retórica jesuítica, la que me gustaría tener ahora a mi disposición para pensar en contra de lo que hoy se impone de la misma forma que hace 60 años parecía imponerse al socialismo. Y lo que se impone es el autoritarismo implícito en el neoconservadurismo estadounidense, un autoritarismo tan peligroso para la libertad e incluso para el individualismo como pudo serlo el socialismo subyacente en el nazismo o el comunismo.

Aunque una crítica sistemática de las ideas del neoconservadurismo tendrá que esperar su momento, es fácil detectar cómo puede contribuir a esa crítica alguna de las afirmaciones de Hayek que ya hemos destacado. En efecto, el deseo compulsivo de encontrar soluciones definitivas a los problemas y la confianza en el sentido común son dos características del conservadurismo actual, que junto a la demanda por el liderazgo, encuentran su crítico más afilado en el propio Hayek. Recordemos lo que tiene que decir sobre cada una de estas cosas.

En el recuadro 2 vimos cómo afirmaba que "no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre", algo totalmente natural para alguien que estudió con Mises y que se va abriendo camino hacía el espontaneismo social como parte integral de su visión del mundo. Por otro lado, aunque no de una manera conspicua, rechaza el sentido común como de gran ayuda en este tipo de discusiones ("... el simple sentido común se revela como una engañosa guía" en este campo, el de la discusión entre el individualismo y el colectivismo del cap. III, p.71); pero todavía más llamativo es su rechazo del liderazgo como resultado que es del proceso que desencadena la demanda de planificación. En efecto, es importante reconocer que sólo en el seno del capitalismo puede funcionar la democracia. Cuando la sociedad cae en el colectivismo la democracia no puede funcionar y el pueblo demanda y acaba imponiendo un dictador (ver el capítulo V).

Por otro lado el ataque al conservadurismo en si mismo es brutal. Como la edición española no incorporó el prólogo de la edición en rústica, aquí no tengo más remedio que ofrecer una versión propia. En la p. XI de ese prologo, y a pesar de que el liberalismo debe a veces hacer causa común con el conservadurismo, afirma lo siguiente: "el verdadero liberalismo es de todas formas nítidamente distinto del conservadurismo. El conservadurismo, aunque sea con elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; sino que con sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder es, a menudo, mas cercano al socialismo que al verdadero liberalismo; y con sus propensiones tradicionalistas, antiintelectuales y a menudo místicos nunca atraerá, excepto en breves momentos de desilusión, a los jóvenes o a todos aquellos que creen que algún cambio es deseable en este mundo si ha de transformarse en un lugar mejor. Un movimiento conservador está obligado, por su propia naturaleza, a defender el privilegio establecido y a apoyarse en el poder del gobierno para la protección del privilegio".

Esta maravillosa cita añade otras características a la definición del conservadurismo. Al sentido común (cuando no se debe usar), o al once-and-for-all (cuando es imposible) y al gusto y la demanda por un liderazgo dictatorial, hay que añadir la adoración del poder, el paternalismo y el nacionalismo además de la antiintelectualidad, el misticismo y la captura del gobierno.

Mientras llega la ocasión de efectuar una crítica seria de este conservadurismo que no nos es en absoluto ajeno, lo único que pretendo ahora es reconocer que este neoconservadurismo está ganando la partida de la influencia intelectual quizás gracias al trabajo de potentes think tanks, y tratar de contener esa victoria mediante la combinación de dos líneas de contraataque ambas relacionadas con mi experiencia personal.

La primera consiste en examinar una pieza significativa del origen de este pensamiento neoconservador, la de Irving Kristol citada en la Introducción y que yo leía simultáneamente con Camino de Servidumbre mientras me enfrascaba en los formalismo de la Teoría del Equilibrio General. La segunda línea de contraataque consiste en reivindicar el espíritu de aquella época -el famoso 68- en contra de los que piensan que ahí esta precisamente la semilla de la decadencia del espíritu americano.

De acuerdo con el trabajo de Irving Kristol que abre el nº 21 de The Public Interest, el capitalismo americano de inequivoca raigambre burguesa estaría basado en los tres piezas que componen el sueño americano: (i) la promesa de una mejora continua en las condiciones materiales de todos, (ii) la promesa de libertad para todos y (iii) la promesa de que los dos anteriores permitirán el desarrollo personal de acuerdo con un proyecto de vida individual que se agrega junto a los de todos los demás en una sociedad justa.

Pues bien, es precisamente esta última parte de la tercera promesa la que se pone en juego y en peligro por parte del liberalismo hayekiano. Kristol cita un párrafo muy largo de The Constitution of Liberty en el que la noción de justicia en una sociedad libre propia del Capitalismo es ajena y contraria a la propia de la sociedad justa soñada por los padres fundadores. Podríamos apelar a la cita, más corta, del Camino de Servidumbre ya utilizada al hablar de igualdad de oportunidades, para entender que esta idea de justicia, que lo fía todo más a la suerte que al mérito, es inaceptable para Kristol y para la tradición americana que no puede desligarse de ciertos fundamentos morales de la sociedad burguesa que estarán ausentes en una sociedad libre a la Hayek. Serían precisamente estos fundamentos morales los que harán compatibles los tres componentes del sueño americano. He aquí el conjunto de valores propio de The Right Nation33.

Kristol prosigue el argumento afirmando de manera poco creíble que cuando en el sistema capitalista americano se clama por la participación, como ocurrió en diferentes ámbitos en el año 1968, en realidad se está clamando por la autoridad y el liderazgo que reconcilie el uso de las instituciones con los valores burgueses de la América profunda. Y es esta tensión entre instituciones evolucionadas y la moral pueblerina la que lleva a Irving Kristol a afirmar lo que cito a continuación en cursiva entreverado con mis comentarios. Kristol nos regala la siguiente perla:

El caos espiritual propio los tiempos (1970) (tan potentemente generado por la dinámica misma del capitalismo) es de tal calibre que lleva a la fácil tentación del nihilismo. Una "sociedad libre" a la Hayek da origen a grandes masas de "espíritus libres" (quizá intelectuales de los que abomina el conservadurismo) vacíos de toda sustancia moral (sin "fibra moral" debiera quizá traducir) aunque rebosantes de aspiraciones morales primigenias (es decir Hayek seria como un Mario Savio aunque no llegaría a la degradación de un Jerry Rubin o un Abbie Hoffman). Estas gentes son capaces de las acciones más irracionales. En efecto, me da la impresión que, bajo las fatigas de la vida moderna (tan distinta a los placeres limpios y ligeros de la plácida vida rural del medio oeste, epítome de The Right Nation) clases enteras de la población -y entre ellas sobre todo las educadas (los intelectuales otra vez )- están entrando en lo que sólo puede ser denominado, en un sentido clásico preciso, una fase de regresión infantil. (Hayek sería pues un caso patológico de infantilismo).

Y termina su ensayo con estas palabras que vuelvo a citar en cursiva para poder así destacar mis comentarios:

Nuestros disidentes hoy pueden pensar que son extremadamente progresistas; pero nadie que ponga mayor énfasis en la "calidad de vida" que en el "mero" enriquecimiento material puede propiamente clasificarse en esa categoría. Y ello porque la idea de progreso en la era moderna ha significado siempre que la calidad de vida sería inevitablemente mejorada por el enriquecimiento material (es decir ni mi generación de sexo, drogas y rock-and-roll, ni los antiglobalizadores de hoy... ni Stigltz deberían ser considerados progresistas). Poner en duda esto último (es decir poner en duda de que riqueza y felicidad puedan ir por separado) es poner en duda la metafísica política de la modernidad y comenzar una gran marcha hacía atrás hacia la filosofía política premoderna de Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Hooker, Calvino etc. Me parece que semejante viaje es totalmente necesario. Quizá allí encontraremos algunos de esos elementos que son más desesperadamente necesarios para la espiritualmente empobrecida civilización que hemos construido en lo que un día parecía ser los sólidos cimientos burgueses. (pp. 14-5)

En aquel tiempo desprecié este alegato y me concentré en el mundo representado por la Teoría del Equilibrio General con Hayek siempre recordando, como un pepito grillo, que algo fallaba. Hasta que en 1987 topé con The Closing of the American Mind de Allan Bloon, no por casualidad un profesor de clásicos. El ataque de Bloom al 68 es explícito y añade sobre lo que dice Kristol que el debilitamiento de la fibra moral americana no se debe al capitalismo en sí, ni siquiera la "sociedad libre" de Hayek; sino a una cierta filosofía continental practicada por unos embaucadores (como los derridianos y similares) y, añado yo, seguramente corruptores de menores.

Ahora me toca, tal como he anunciado, contener el conservadurismo de una segunda forma consistente precisamente en defender el 68 en contra de la historia que nos quieren contar los neoconservadores de hoy. Miremos en primer lugar el libro reciente de Martin Wolf. En el prefacio de su libro, Wolf, después de rendir homenaje a los valores que le legaron sus padres, entre los que me interesa destacar la decencia, y a los que presume de no haber renunciado nunca a pesar de que con el tiempo abandonó el liberalismo social (o social demócrata) heredado y se deslizó hacía un liberalismo clásico (o liberalismo simplemente), añade un párrafo que reproduzco integramente pues me servirá como punto de apoyo. Dice Wolf:

"Aprendí que los valores ilustrados de libertad, gobierno democrático y búsqueda desinteresada de la verdad eran infinitamente preciosos y aterrorizadoramente frágiles. También descubrí que estos valores tenían muchos enemigos, unos francos y otros taimados. Los peores entre ellos eran esos intelectuales que se benefician de la libertad que sólo las democracias liberales proporcionan, mientras hacen todo lo que pueden para socavarlas. Estos, descubrí más tarde, eran el tipo de gente que George Orwell había atacado antes, durante y después de la segunda guerra mundial. Pero regresan en cada generación, esparciendo sus estragos sobre los jóvenes inocentes. En los años sesenta el embaucador más influyente era probablemente Herbert Marcuse. Más recientemente parece haber sido Jacques Derrida".

He aquí el problema de los liberales. Ni la decencia, ni el sentido común les libran del ataque de estos herederos de Nietzsche (paladín del colectivismo según Hayek) que renuncian a la herencia ilustrada (tal como se vio en el 68), caen en la tentación del aventurerismo, presentan un perfil que no reconoce la lógica de la escasez (la econonofobia de la que habla Hayek) y no dan muestras de decencia financiera. Y, sin embargo, el espíritu del 68 (el año que convulsionó el mundo según la crónica de Kurlanski), no me parece que pueda ser utilizado a favor del conservadurismo pues me resuena como bastante cercano al liberalismo, incluso el de Hayek, a pesar de la cita de Nietzsche.

En efecto, el horror al espíritu de los sesenta que algunos hijos del 68 parecen sentir últimamente es algo extraño. No deja de ser un alivio que el recuerdo de aquella época en al que muchos hicimos un poco el ridículo, se vaya desvaneciendo. Pero no por haber soñado un día en el reino de la abundancia, profetizado por el hoy estigmatizado Marcuse, deberíamos regocijarnos en la lúgubre miseria de la escasez. A mí me encantaría que la desmesura fuera posible y no acabo de resignarme a que no lo sea, especialmente estos últimos años en los que parece alcanzable.

En efecto, la globalización, la importancia creciente del valor añadido asociado a los bienes digitales (reproducibles a coste cero) y las famosas TIC, permiten dar rienda suelta a fuerzas creativas muy a menudo aprisionadas por esa connivencia entre clases políticamente dominantes, empresarios enriquecidos y el Estado que acaba conformando un detestable capitalismo de amigotes. Sin embargo muchos "jóvenes" de mi edad, parecen disfrutar con el acatamiento de la escasez y se sienten deprimidos cuando, al fin, parece llegada la oportunidad de celebrar la eclosión de la creatividad del mercado que Hayek vislumbró tan lúcidamente.

Creo no confundirme si digo que Hayek no se achantaría ante la acusación de aventurerismo y que, muy al contrario, apoyaría la experimentación como única forma de canalizar la creatividad del mercado propia de la concepción austriaca. Esta tradición no repudia el fracaso; sino que lo considera como un jalón normal en el camino del éxito, y reconoce que no hay riqueza sin experimentación, en parte porque la riqueza se genera experimentando y, en parte, porque la experimentación libre es ya riqueza para un para un economista no consecuencialista que aprecia tanto la asignación como el mecanismo para alcanzarla.

Y me puedo imaginar la cara de asombro de nuestro Hayek ante el uso de la noción de decencia como argumento en contra de una cierta experimentación financiera en las cuentas públicas. Decencia, como sentido común, son dos "memes" que funcionan como dispositivos argumentales sólo comprensibles para quién está ya convencido de lo que esos dos vocablos quieren apoyar retóricamente. Tal como ya hemos citado Hayek dice literalmente que "el sentido común puede ser una guía tramposa" y, si tomamos a la decencia como una pauta conductual propia de una sociedad civilizada, podemos recordar una cita ya examinada en el Recuadro 2: "nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias sobre todo en el principio del laissez- faire".

Concluyo por lo tanto que el liberalismo de Hayek no puede forzarse a participar en la crítica del anarquismo seyentaiochista y que, en consecuencia, Hayek y su Camino de Servidumbre, lejos de poder ser usados a favor del (neo)conservadurismo americano ni en su letra ni su espíritu, podrían muy bien aportar munición en contra.

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Notas

33. La cita que elige Kristol tiene desperdicio y refleja a la perfección el pensamiento de Hayek que es rechazado no solo por los "progresistas" sino también, como se dice en el texto, por los conservadores como Kristol: "La mayoría de la gente objetará no al hecho bruto de la desigualdad, sino al hecho de que las diferencias en retribución no corresponden a ninguna diferencia reconocible en el mérito de los que las reciben. La respuesta que se da generalmente a esto es que una sociedad libre finalmente alcanza esta clase de justicia. Esto, sin embrago, es una afirmación indefendible si por justicia entendemos la proporcionalidad entre retribución y mérito... La respuesta adecuada es que en una sociedad libre no es ni deseable ni practicable que las compensaciones materiales sean generalmente efectuadas de acuerdo con lo que los hombres reconocen como merito y que es una característica esencial de una sociedad libre que la posición de un individuo no depende necesariamente de las opiniones de sus colegas acerca del mérito que haya adquirido" (p. 6) Respecto a The Right Nation, ver las referencias.