De Planes y Archivos

Publicado en Actualidad Económica en enero de 2005

Frente a la tragedia del Indico todo empalidece en este fin de año denso en acontecimientos. Sin embargo el llamado Plan Ibarreche y el dictamen de los expertos en el asunto del Archivo de Salamanca han levantado una oleada de comentarios que más parecería que el maremoto ha ocurrido aquí.

El Plan se lleva la palma del rechazo y excita la emulación en la grandilocuencia condenatoria. El asunto del Archivo ha excitado la dignidad de la ciudad que hoy lo cobija y su alcalde ha decidido rodearlo de una valla protectora. El Plan no tiene ninguna posibilidad de salir adelante en el Congreso y la convocatoria de un referéndum o su resultado son jurídicamente irrelevantes. El rotundo rechazo del mismo no se explica por una amenaza real de secesión; sino por el simbólico acto soberano que empezó a escenificarse en Vitoria la víspera de fin de año. El Archivo acabará en Barcelona porque así lo decidirá el Gobierno; pero la defensa numantina de su sede actual tiene algo de «no nos moverán» simbólico que no deja de aparecer como soberanía en ejercicio.

Debería ser la política la encargada de zanjar problemas simbólicos de este estilo; pero la política se va haciendo mayor y perdiendo empuje en el complejo mundo de hoy. Según Fareed Zakaria (El Futuro de la Libertad, Taurus, Madrid, 2003) la complejidad en la que hoy vivimos hace que nos falte libertad económica; pero nos sobre libertad política. Según este editor del Newsweek, tenemos demasiada democracia puesto que hay asuntos que no pueden ser dilucidados en un Parlamento y que tendrían que tratarse por comisiones de hombres sabios por encima de la política. El ejemplo del Archivo de Salamanca muestra que esta necesidad de reducción del ámbito de la política democrática no parece ser entendida por todo el mundo.

La vieja política debe salir de su exilio y volver a ocupar el centro de la escena. La apelación a los expertos es el instrumento de quienes sueñan que hay soluciones definitivas que se impondrían solas con solo anunciarlas. La política por su parte sabe que nunca alcanzará una solución definitiva en nada; pero que quizá encuentre un arreglo para seguir juntos y no a la greña. Ni los vascos y catalanes nacionalistas van a renunciar para siempre a lo que desean obtener, ni los demás se van a dejar arrastrar irremisiblemente hacia donde no quieren ir. Por lo tanto, no hay más remedio que hacer política continuamente sin que quepa la imposición inmediata y definitiva de cualquier solución por muy avalada que esté por la ciencia política más distinguida.

Un diagnóstico de nuestro tiempo

Publicado en Actualidad Económica el 9 de diciembre de 2004

La consecución del éxito de un científico, de un literato o de un político no puede ocurrir en ausencia, por parte de estos ejemplares de ser humano, de un don especial para ventear el aire de los tiempos. ¿Cuál es hoy pues el aire de los tiempos en nuestro mundo occidental?

A mi juicio el aroma que nos rodea es el de la proliferación. De objetos, de ideas, de marcas, de imágenes, de identidades culturales, de estilos de vida identificados por el consumo, de significados diversos desenterrados por la arqueología del poder, de huellas descubiertas por la frenética actividad deconstructora, de ángulos interpretativos inéditos, de medios de comunicación, de blogs, de noticias, de rumores. Esta proliferación transforma nuestra sensibilidad en una bolita de pin-ball que sigue un proceso estocástico sin correlación serial, una martingala que no nos permite aprender del pasado para predecir el futuro.

La consecuente incertidumbre radical genera un miedo angustioso y ante ese miedo, en última instancia producto de una proliferación que vemos como desordenada, caben dos actitudes que hoy polarizan la vida social y que, en su enfrentamiento, conforman ese aire de los tiempos que estoy tratando de caracterizar: un autoritarismo moderno y un anarquismo posmoderno.

El autoritarismo, propio de esa modernidad que se cree en posesión de un conocimiento seguro, es la actitud que ha triunfado en las elecciones americanas y que quizá hubiera triunfado en las españolas en ausencia del 11-M. Su símbolo es el orden en forma de árbol, se corresponde con una imagen de la producción como cadena de montaje y hace del liderazgo un valor supremo. El anarquismo posmoderno aborrece el liderazgo (aunque admira el pionerismo arriesgado) y se corresponde con una imagen de la producción propia de una universidad, por ejemplo, en la que no hay jerarquías y en donde el orden es el desorden propio de un rizoma o una enredadera. Este anarquismo posmoderno de fondo es el que triunfó en las elecciones españolas y el que quizá hubiera triunfado en las americanas si no hubiera habido un 11-S.

A cual de esas sensibilidades tendría que plegarse hoy un científico, un literato o un político en busca de éxito es difícil de decidir. No corresponden a América y Europa respectivamente ni tampoco al eje derechas-izquierdas. El autoritarismo parece ser una pulsión sentida por los neocons americanos; pero también rige en China, la mayor dictadura del mundo que, parece, sigue siendo de izquierdas. El anarquismo posmoderno sería, para alguien como Alan Bloom, una peligrosa y corrupta izquierda cultural; pero de derechas para alguien que, como Sokal, se considera de la izquierda rancia. Me temo que la ambición en cualquier campo va a tener que tomar postura y disfrazarse bien de Apolo (o de Marte) o bien de Dionisos, va a tener que elegir entre la sobriedad o la orgía, entre la sosa belleza de tiralíneas y la inspirada fealdad de las redondeces insinuantes. Yo apostaría por esta última pues creo que va a imponerse tarde o temprano. ¿Y usted?

La inevitable decadencia del liderazgo

Publicado en Actualidad Económica el 24 de septiembre de 2004

Los momentos críticos que vislumbramos, como el terrorismo global, son tan nuevos que el liderazgo parece fuera de lugar.

El liderazgo ha estado y está muy presente en el mundo político, empresarial, deportivo y hasta científico. Y, sin embargo, creo que hay signos perceptibles de su decadencia. Esta es evidente en la ciencia, un espacio que parecería inexpugnable. En efecto, el liderazgo que uno atribuiría a un Einstein no puede subsistir en un mundo en el que el monismo metodológico ha perdido su prestigio y está siendo sustituido por un pluralismo asociado a la multiplicidad de causas eficientes y a la consideración de la ciencia no como un camino hacia la verdad, sino como una fuente de generación de ideas que nos ayudan a transitar por este mundo que desconocemos.

Si el liderazgo no cabe en la ciencia, ¿cómo podría darse en la política? El liderazgo social y los momentos históricos críticos parecerían asociados. Y no sólo porque una guerra, como ejemplo elemental de un momento crítico, exige el reforzamiento de una autoridad como la de Churchill, digamos, sino también porque una personalidad fuerte y paranoica genera sus propios momentos críticos, como sería, sin duda, el caso del Führer. Creo que, en el mundo en el que estamos, las personalidades paranoicas pueden ser desactivadas con facilidad gracias a la información desbordante que existe y es accesible, y que los momentos críticos que vislumbramos, como por ejemplo el terrorismo global, son tan novedosos que la presencia del liderazgo parece fuera de lugar. Bin Laden es sólo el avispado creador de una franquicia y de una marca, Al Qaeda, y Bush el desmañado proveedor de una defensa tan poderosa como obsoleta a efectos de luchar contra el nuevo terrorismo.

Quizá podríamos detectar la presencia del líder en el mundo empresarial en el que parece haber primeros ejecutivos que arrastran toda una organización por el camino del éxito. Pero la vida de una empresa no está tan marcada por graves momentos críticos, a no ser que entendamos como tales los episodios de la competencia, y las grandes metáforas de la literatura de gestión son demasiado perecederas como para que la del liderazgo resista el paso del tiempo.

El éxito de Grecia en la copa europea de fútbol representa el triunfo del equipo frente a la figura carismática del líder en su soledad. La poética del hombre solitario sólo tiene porvenir cuando éste entronca su peripecia vital con la épica de una causa o de un movimiento colectivo, como ocurrió en los tiempos de la frontera, en los que el jinete solitario deja de rumiar su frustración y echa una mano, rematada por un colt, a la colonización civilizatoria del oeste americano. Es quizá este mundo poético el que mejor nos permite captar la decadencia del líder-héroe. El vaquero descabalgado para ayudar al débil sólo alcanza su grandeza poética cuando vuelve a su soledad cabalgando hacia el horizonte a pesar de la llamada reiterada que le grita vuelve Shane, vuelve. Desde ese momento preciso, al final de Raíces Profundas, los líderes sólo lo son cuando renuncian a ejercer como tales.

Pasión por el conocimiento

Publicado en Actualidad Económica el 22 de julio de 2004

La cosecha reciente de galardonados con premios de Economía en España es significativa y de gran calidad.

Tres premios importantes han recaído en economistas jóvenes que, además, pueden presumir de un currículum científico impecable y homologable internacionalmente. Lo primero da fe de un cambio generacional bienvenido y lo segundo permite abrigar la esperanza de que, desde ahora y para siempre, los jurados tomen sus decisiones basándolas en méritos científicos tal como ha sido el caso de los tres economistas españoles a los que me estoy refiriendo: Jordi Galí (premio Jaime I), Roberto Serrano (premio de la Fundación del Banco Herrero) y Xavier Sala i Martì (premio Rey Juan Carlos).

La cosecha se complementa con dos premios españoles que han recaído sobre economistas no españoles. El premio Bernácer ha sido concedido a Luigi Zingales y el Príncipe de las Ciencias Sociales a Paul Krugman. También en estos dos casos las aportaciones científicas de los premiados son importantes de forma que los correspondientes jurados de los cinco premios (cuya composición no conozco con detalle) pueden estar seguros de que no han cometido ninguna tropelía intelectual.

La concesión de los cinco premios a los economistas mencionados ha sido tratada por los medios de comunicación de manera desigual. Los méritos científicos de todos ellos han sido glosados muy sucintamente y los tres últimos premiados han sido «leídos» en clave extracientífica, posiblemente porque ellos mismos colaboran en esos medios.

Hoy me gustaría centrar mi segunda opinión en Paul Krugman, quien lleva ya tiempo escribiendo dos columnas semanales en el New York Times en las que ataca sin piedad a la administración Bush por su política fiscal y, sobre todo,por su unilateralismo militarista. Pues bien, llama la atención que Krugman sea, entre los premiados, el único cuyos méritos científicos han sido más pobremente destacados y que más criticado ha sido por politólogos y economistas liberales.En mi opinión, sin embargo, sus aportaciones son reseñables y el jurado ha hecho bien en citar, junto a éstas, su labor periodística. Trataré de explicarme.

El trabajo de Krugman como investigador de primera fila ha estado centrado en la aplicación de la hipótesis de los rendimientos crecientes a escala a las áreas del Comercio Internacional y de la Economía Urbana, áreas que ha renovado completamente. Los rendimientos crecientes en sí mismos permiten un crecimiento endógeno, desencadenado por por la innovación tecnológica, que puede dar origen a un aumento continuo del PIB per cápita alumbrando así un camino que ilumina la marcha generalmente lúgubre de la Economía, pero que, al mismo tiempo, amenaza con la concentración de poder propia del monopolio al fallar, en este caso, la viabilidad del comportamiento competitivo.

No nos debiera extrañar pues que Krugman sepa moverse en el filo de la navaja y que al mismo tiempo defienda a su país de una política fiscal mal diseñada y lo critique por la invasión de Irak y por el manejo subsiguiente de la situación. Esta habilidad es una manifestación obvia de su «pasión por el conocimiento», una cualidad ésta que no parece adornar a quienes han querido ver en el fallo del jurado del Príncipe de Asturias simple oportunismo político y un ejemplo de esa corrección política que siempre se inclina, según ellos, hacia la izquierda. A mi juicio sus columnas periodísticas son un estimulante contrapunto a sus trabajos científicos y contribuyen a mostrar el carácter irremediablemente paradójico de una personalidad indomable. Quizá sea esto lo que molesta.

Competencia y Poder

Publicado en Actualidad Económica el 22 de junio de 2004

Todo el mundo, salvo nostálgicos del paraíso terrenal, parece estar de acuerdo con los efectos tonificantes de la competencia.

A pesar de ello parece pertinente clarificar algunas de las ideas convencionales que subyacen a las decisiones que toman los organismos reguladores en general, y en particular los Tribunales de Defensa de la Competencia.

La primera idea a reconsiderar es que cuando en un mercado hay pocos agentes productivos debemos vigilar las prácticas de esos pocos. Puede no ser necesario actuar ya que unos pocos agentes agresivos pueden llegar a tener una rivalidad tal que funcionen como competidores perfectos sin prácticas colusivas; pero vigilar parece inexcusable. Pero, ¿y si hay un solo agente?

Pensemos primero en un monopolio natural, como por ejemplo la generación eléctrica. Podemos regularlo. Pero también podemos liberalizar e introducir la competencia. Sin embargo, y como muestra, entre otros, el caso de California, si nos decantamos por esa vía liberalizadora hay que hacerlo bien lo que, en general, quiere decir no menos, sino más liberalización.

Pensemos en segundo lugar en un monopolio fruto de una innovación tecnológica que consigue llevar al mercado un nuevo producto para el que hay demanda, como podría ser, por ejemplo, una nueva fórmula farmacológica. Podríamos obligarle a otorgar licencias a otras compañías farmacéuticas para que se difunda el uso de la fórmula. Pero también cabría permitir al innovador que se atrinchere detrás de su patente sin obligación de otorgar licencia alguna. En mi opinión habría que optar por la segunda opción si queremos que los competidores se apresuren a descubrir un nuevo compuesto sustitutivo y, probablemente, mejor.

Y pensemos para terminar en un monopolio artificial creado por una interpretación extensiva de los derechos de propiedad intelectual que ensancha su ámbito de aplicación a objetos cuya protección parece absurda y que los dilata en el tiempo hasta extremos ridículos. En este caso, y digan lo que digan los juristas, mi opinión es reducir estos monopolios puesto que son malos para la competencia y, lejos de difundir la innovación, la retardan aunque se les obligue a otorgar licencias.

Vemos pues que a la pregunta sobre qué hacer cuando creemos detectar la huella de un cierto poder monopólico, sólo cabe responder que depende. Y si me preguntan de qué depende creo que debo contestar, como dice mi amigo RL, que esto también depende. Si me siguen preguntando de qué, no jugaré con su paciencia: del poder, ¡claro está!. Y no me pregunten de cuál.

El cine español

Publicado en Actualidad Económica el 27 de mayo de 2004

¿Por qué gentes que viven de un sector protegido protestan si el público prefiere otro tipo de cine y además atacan al Gobierno?

Ante la insolencia de la gente del cine que protesta, se manifiesta, reivindica la libertad de expresión y se define políticamente, la reacción mediática general se podría plasmar en la siguiente pregunta retórica: ¿Cómo es posible que los que viven de un sector protegido como es el cine español protesten porque el público prefiere otro tipo de cine y, además, se metan, directa o indirectamente con la política general de un gobierno que les da de comer, contradiciendo así la existencia de esa limitación a la expresión libre que denuncian? Dejaré para otra ocasión el examen de la «excepción cultural» y trataré ahora de argüir que el comportamiento del mundo del cine no es tan incongruente.

  • Primero, el cine no sería el único sector protegido. También lo es el del carbón y por razones que, a veces, se presentan como protectoras de una cultura particular: la de la mina. ¿Por qué el cine español no podría esgrimir estas razones si, aunque estén equivocadas, funcionan en otros casos?
  • Segundo, aunque quiero afirmar la libertad de elección del espectador, deseo al mismo tiempo expresar algunos comentarios al respecto. El conjunto de elección está distorsionado porque se dobla el cine americano. Además, como las preferencias son endógenas, es plausible que una campaña ad-hoc cambiara las preferencias a favor de nuestra balanza de pagos. Y es perfectamente posible que el espectador español se encuentre atrapado en una situación subóptima en la que no deja de ir al cine de espectáculo justamente porque los demás lo hacen y desea tener conversación con sus amigos. Si un número suficiente de espectadores cambiara de hábitos quizá alcanzáramos un equilibrio mejor para cada uno de nosotros y para la industria española.
  • Tercero, los del cine, como todos, preferirían no enfrentarse con quienes gestionan las subvenciones, aunque la concesión de éstas fuera algo totalmente objetivo -como es el caso en la subvención a posteriori efectuada de acuerdo con el taquillaje conseguido-; pero sobre todo si no lo es, como ocurre con la subvención a priori que puede modularse arbitrariamente permitiendo discriminaciones indeseables. Si muerden la mano del contribuyente que les da de comer debe ser porque éste tiene nostalgia y envidia de aquella profesión de bufón, ese ser inteligente al que se le permitía decir sus verdades sin jugarse por ello el cuello y sobre cuya calavera meditaban príncipes melancólicos.

Amigas y amigos

Publicado en Actualidad Económica el 22 de abril de 2004

Desde que el Gobierno de Zapatero quedó perfilado, he creído notar no poca condescendencia en numerosos comentarios relativos a la igualdad del número de ministras y ministros.

Con sonrisa complaciente admiten muchos hombres y no pocas mujeres que bueno, que muy bien si eso es lo que quiere el nuevo presidente del Gobierno; pero que el país necesita a los o las mejores con total independencia del género. Además el gesto, y así se toma la paridad, sería un pelín ridículo, como esa insistencia del lehendakari Ibarreche en dirigirse a los vascos y las vascas. Pues bien, ni uno ni otro me parecen ridículos, ni sus gestos respectivos me parecen sólo gestos; opino que la paridad es una manera, entre otras, de generar calidad en los organismos colegiados y, a pesar de mi presunto liberalismo, estoy a favor de medidas de discriminación positiva como sería la de las listas electorales tipo cremallera.

  • Primero, no me parece ridículo insistir en gestos cuando de su repetición se derivan costumbres, modas o, en general, «memes» que nos hacen la convivencia más fácil y placentera. Salirse del lenguaje habitual siempre podrá ridiculizarse como algo pedante e incluso gárrulo, pero hacerlo es empezar a cambiar el mundo. Lo no nombrado no existe socialmente y esto es lo que ha pasado y sigue pasando con las mujeres. Insistir en la paridad es aceptar simbólicamente que el mundo ya ha cambiado y que las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a alcanzar su nivel de incompetencia.
  • Segundo, la paridad concita las ventajas de la diversidad. Ni por asomo me refiero a esa petite difference a la que lanzan vivas pícaros los franceses. Me refiero a que la diversidad proporciona la oportunidad de beneficiarnos de la complementariedad. Si los hombres fueran relativamente «mejores» para la industria y las mujeres lo fueran para las finanzas -como creo que es el caso arrastrado tal vez por un residuo irreductible de machismo- lo más adecuado sería que, en una comunidad dada, trabajen hombres y mujeres en número aproximadamente igual. Corremos el peligro de que una dinámica perversa haga que los hombres acaben trabajando en las finanzas y las mujeres en la industria; pero este peligro es un precio que yo estaría dispuesto a admitir ante la perspectiva de que la asignación de tipos de trabajo a géneros pueda llegar a ser la óptima.
  • Tercero, aunque el tiempo social de la «memética» es posiblemente más corto que el tiempo biológico de la genética, aquel es lo suficientemente largo como para que mi paciencia se agote y acepte las intervenciones en el proceso social a pesar de que en general mi liberalismo las desaconseje. En su día me sentí cómodo con el busing de los niños desde su vecindario a una escuela distante aunque hoy tendría mis dudas. Apoyé activamente los programas estadounidenses diseñados para proporcionar un head start a los desprotegidos y sigo favoreciendo algunos programas sociales que tratan de llevar a la práctica la igualdad de oportunidades tras estudiarlos caso a caso. Termino afirmando con voz firme, queridos amigos y queridas amigas que no espero arrepentirme por saludar con entusiasmo el advenimiento de las listas cremallera y de un gobierno paritario. ¡Que cunda el ejemplo!

El coste del salto adelante

Publicado en Actualidad Económica el 25 de marzo de 2004

La clave de la derrota del PP está en el tonto racionamiento de la verdad.

La diagnosis generalizada es que el PP ha perdido las elecciones porque no supo gestionar un atentado terrorista completamente imprevisible; pero yo creo que gestionaron mal porque sus propios datos les anunciaban el peligro de la derrota y se pusieron nerviosos cuando cuatro expertos usadores de la red les organizaron una ciberturba que, sin ser enorme y sin presentar peligro de violencia alguno, les confrontó con una subversión inusitada: la gente quería saber.

La clave de la inesperada derrota está, por lo tanto, en lo que les hizo perder los papeles: el tonto racionamiento de la verdad. La ciudadanía, para el jueves fatídico, estaba ya inclinándose hacia el cambio porque no encontraba respuestas compresibles por parte del PP a las cuatro preguntas centrales de la campaña. No sabíamos porqué era tan bueno para nosotros haber desafiado la legalidad internacional en Irak. No sabíamos a ciencia cierta porqué, más allá de la deslealtad proverbialmente atribuida a los nacionalistas, parecía que la Patria estaba en peligro. No captábamos entre los ruidos mediáticos si era o no verdad que en los últimos años pagábamos menos impuestos en términos reales por cualquier concepto y no acabábamos de entender por qué razón no se puede subir al mismo tiempo el empleo y la productividad con ayuda de las TIC tal como han hecho hasta hace poco los americanos.

Con ser malo, no entender o no saber no es lo peor; lo que realmente irrita es sospechar que no sabes porque no te lo quieren explicar. Estábamos pues irritados y, en ese estado DE ÁNIMO, las campañas sirven y la del PSOE estuvo mejor planeada y ejecutada. Sospecho que para el jueves asesino los datos que manejaban los partidos les daban un empate nada halagüeño para el PP. Por eso perdieron los nervios y no supieron manejar la crisis; pero no fue ésta quien les ha descalabrado; sino el recelo que la ciudadanía había acumulado en los dos últimos años. El gran saltito hacia adelante que creíamos haber dado estaba produciendo, guardando las proporciones, el mismo efecto que el Gran Salto Adelante de Mao ZeDong: la seguridad de que no podíamos creernos nada, un recelo hacia la mentira generalizada que, estuviere o no justificado, socaba finalmente cualquier ventaja que un país pueda tener a efectos de converger con los de su entorno.

Si mi diagnosis fuera correcta ya sabe Zapatero lo que tiene que hacer. Hablar con Bush y pactar con Kerry para que la legalidad internacional no sea ignorada. Hablar con los soberanistas periféricos y decirles que hay una legalidad constitucional que debe ser respetada. Clarificarnos hasta el aburrimiento lo que nos «levanta» el fisco de verdad y finalmente, visto que la mezquindad en inversiones en TIC no nos libra de los perversos hackers, proporcionarnos de una vez una banda ancha digna de ese nombre. Pero todo esto es lo fácil para esos expertos de los que Zapatero puede rodearse fácilmente. Pero lo difícil, lo que sólo él puede hacer, es restaurar la confianza en que el Gobierno no mentirá. Debe hacerlo inmediatamente modificando en profundidad TVE y la Andaluza. Él puede hoy hacer ambas cosas. Los demás velemos nuestros muertos y, en su nombre, apoyemos iniciativas para generar confianza y para vencer al terrorismo asesino.

¿Es Parmalat el Enron Europeo?

Publicado en Actualidad Económica el 26 de febrero de 2004

Con todas las cautelas procesales que sean necesarias no parece muy aventurado el sospechar que algunos ejecutivos de Enron y de Parmalat, con el apoyo ocasional de algún cónyuge, utilizaron su creatividad contable para defraudar a sus respectivos accionistas. Como el presunto fraude es común a ambos escándalos parecería que son iguales. Sin embargo existen diferencias significativas cuya contemplación podría ilustrarnos sobre algunos asuntos de enjundia.

Dejando aparte las conocidas diferencias entre los EEUU y Europa respecto a las prácticas contables relativas a la consolidación de filiales off-shore, al adelantamiento de beneficios futuros o a la consideración de las stock options, diferencias que se irán limando con la aprobación de las nuevas reglas contables internacionales, merece la pena llamar la atención sobre algunas diferencias que existen entre uno y otro escándalo en los ámbitos culturales, políticos y económicos aparcando, en este último ámbito económico y de momento, el espinoso tema de las auditorías y del control de los auditores. Sostenidos por la reputación y tentados por los clientes-capturadores, los auditores sólo pueden ser controlados por la competencia; pero una segunda opinión sobre toda esta problemática tendrá que esperar a otra ocasión.

Comenzaré por las diferencias culturales y por las correspondientes a dos sistemas judiciales muy diferentes. Mr. Fastow, antiguo chief financial officer (CFO) de Enron se ha declarado culpable a cambio de que no imputen a su esposa, que parecía estar involucrada en alguna de las empresas fantasmas que recibían fondos desviados. Estas transacciones no son posibles en el sistema judicial italiano, en el que se dirime el caso Parmalat, y en el que la esposa de Tonna (CFO) ha retirado fondos de alguna empresa instrumental ataviada con un abrigo de cuero con cuello levantado sobre la nuca y protegida detrás de unas gafas negras. En EEUU la esposa es sagrada y sin ella el hogar no se sostendría. En la cultura italiana ese papel se reserva para la madre mientras que la esposa es, además de santa, una socia y una colega.

Cabe llamar la atención, en segundo lugar, sobre la diferencia en los reflejos de una y otra administración. La italiana pretendió de primeras tapar el agujero con dinero público; la americana ha practicado política de hands off, al menos aparentemente y a pesar de la cercanía entre el presidente de Enron, Keneth Lay, y las más altas instancias de esa administración.

Pero la principal diferencia entre Enron y Parmalat es económica y relacionada con la diferente aportación que una y otra empresa han hecho a la creatividad y a la innovación institucional. Parmalat trató de diversificarse; pero lo hizo hacia sectores cuya naturaleza desconocía. Enron se diversificó inteligentemente entre generación y operaciones relacionadas con el intercambio (trading) de electricidad. Puede discutirse si la diversificación crea o no valor social en general; pero los argumentos a favor son sólidos siempre que se centren en la posible potenciación de mercados adicionales que sirvan para mitigar el riesgo.

Y es precisamente en esta función de gestión del riesgo en la que Enron hizo algo realmente creativo e innovador. Creó y mantuvo un mercado sobre el clima -así como suena- que permitía operaciones de cobertura de riesgos mediante apuestas sobre el estado futuro, en diferentes fechas, del tiempo atmosférico; una variable que condiciona seriamente el coste del kilowatio, porque el clima influye tanto en la demanda, con mayor o menor necesidad de calefacción o refrigeración, como en la oferta al afectar a la fuente de energía que estará disponible -hidráulica si llueve-. Parmalat podría haber hecho algo similar. Dicho sea en tono jocoso, el rendimiento lácteo de una vaca depende de los jugosos que sean los pastos y esa cualidad depende del clima. Enron defraudó e innovó. Parmalat, que sepamos, sólo defraudó. Es como una metáfora de las diferencias entre dos formas de entender el capitalismo: la americana y la europea, o quizá sólo la italiana.

PEC

Publicado en Actualidad Económica el 26 de enero de 2004

El fracaso del PEC es un magnífico tema para iniciar una columna sobre segunda opinión que pretende destacar aspectos poco resaltados en la primera inspección que los medios efectúan.

En el caso del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) la segunda opinión se convierte en la enésima opinión, pues pocos asuntos económicos recientes habrán recibido más atención que éste, y muy justamente, pues lo merece. Y sin embargo cabe, espero, una pequeña anotación a la diagnosis generalizada que se ha llevado a cabo.

Se han resaltado, en primer lugar, los aspectos jurídico-políticos. Saltarse los procedimientos establecidos por medio de una votación de un Consejo dominado por el eje franco-alemán y con la connivencia de la presidencia de turno (Italia) es algo insólito y un precedente fatal para la construcción europea que nunca hasta ahora había aceptado la razón de la fuerza y que esperemos sea enmendado por el Tribunal de Luxemburgo.

En segundo lugar los académicos han resaltado algunos aspectos importantes que fueron olvidados en su día por los políticos: el pacto era obviamente intertemporalmente inconsistente; no se debería haber fijado sólo en el déficit sino primordialmente en el gasto, incluido el gasto implícito en las deudas futuras, y se debería haber otorgado un tratamiento específico y matizado a la inversión. En tercer lugar la mayoría de los titulares han sido menos analíticos y, de entrada, destacaron que la falta de un acuerdo final estable haría sufrir al euro y el Banco Central Europeo vería dificultada su tarea dada la estricta relación existente entre la política monetaria y la fiscal. Y sin embargo el euro ha subido a máximos históricos y Standard and Poor’s ha anunciado la revisión del rating crediticio de la deuda, no de Francia o Alemania, sino de los países defensores del pacto que fueron vencidos en la votación del Consejo de la UE ¿Qué está pasando?

Una segunda opinión sobre la ruptura del pacto y de sus consecuencias subrayaría varios extremos. En primer lugar hay que reconocer que nunca ha estado claro que, cuando ya hay una política monetaria independiente con objetivos anti-inflacionarios explícitos, deba existir una política fiscal inflexible y ello a pesar de la obvia relación entre ambas políticas. La competencia fiscal no es mala per se. Y esto vale para un Estado federal como para los estados de una confederación, para un Estado autonómico como el español y para una unión de estados como la UE. Y no lo es porque rebaja la presión fiscal destapando muchas fuerzas creadoras de riqueza y porque sirve para que cada país se adapte al momento cíclico que vive. Por estas razones pienso que habría que resistir el tratamiento que ha sido recomendado de primeras y que consiste en la creación de una Agencia Fiscal con una independencia tan inexpugnable como la de un Banco Central. Un juego entre estos dos agentes económicos puede acabar muy lejos del par óptimo de inflación y crecimiento.

En segundo lugar, hay que reconocer que la intención de Standard and Poor’s no es desacertada. Los mercados acabarán expresando que, en el futuro (al que responden los mercados), los países hoy heterodoxos tienen una mayor oportunidad de liberar las fuerzas creadoras de riqueza, mediante las muchas reformas estructurales pendientes, que los hoy ortodoxos que, como España, han agotado las pocas reformas estructurales que podían hacer dada la debilidad de sus sistemas de protección social y de bienestar.

Finalmente el euro. Más allá de los déficits americanos, los mercados se han dado cuenta de que el nuevo presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, no va a desaprovechar la ocasión de ganarse una reputación todavía no conseguida del todo, a pesar de los esfuerzos de Win Duissemberg, que se resistió a bajar tipos. Para ello, y ante la amenaza de la ruptura de la disciplina fiscal, Trichet tampoco los bajará aunque debiera. Yo apostaría por ello y compraría euros porque, además, Trichet se verá ahora menos presionado dentro del BCE una vez que cada país ha recuperado la soberanía fiscal, por lo menos hasta que falle el Tribunal.