Dos ideas complementarias

damas-victorianas
Un verano caluroso, denso en momentos seniles y desenganchado del ordenador(no estoy seguro si voluntaria o involuntariamente) me ha hecho consciente del lío en el que se encuentra el mundo. El independentismo catalán me rodeaba en el Empordà y, en cierto sentido, me sonaba como un carillón que repetía el tono de las campanadas aunque cada quince minutos sonara de manera diferente añadiendo o eliminando una campanada o anunciando que nos iba a relatar algo indiscutible. Su consideración por mi parte y por parte de mis amigos me llevaba a ir acumulando trozos de relato extraño y seguramente peligroso. La violencia doméstica ha sido mucho más numerosa y cruel que otros veranos menos calurosos, este calor pudiera quizá estar detrás del incremento en accidentes de tráfico y con toda seguridad con el aumento de turistas extranjeros con caras de huir… a donde sea. Pero esos asuntos eran hasta banales comparados con asuntos como la caída del precio del petróleo y la correspondiente variación en los equilibrios geoestratégicos avivada además por el cambio inesperado del medio oriente enrarecido por la actividad enfervorecida del Estado Islámico y el correspondiente y brutal incremento de las migraciones así como por el desequilibrio de la economía china y la desaceleración de los BRIC. Podría seguir desgranando malas noticias pero con las ya citadas basta para entender la falta de entusiasmo tanto en los EE.UU. como en la UE con sus problemas propios resultado de la falta de desarrollo institucional y de solidaridad.

En cualquier caso lo reseñado hasta aquí es suficiente para que se me entienda que la trilogía del Baztán ha sido mi manera de olvidarme de estos asuntos y de atribuirlos a las fuerzas del mal que emergen en momentos como el actual en el que no soy capaz de enhebrar un relato consolador y creíble. Pero este relato en tres tomos sobre brujas y ofrendas a dioses primitivos que tan bien encaja en el horror que nos rodea no es suficiente para satisfacer nuestro deseo de comprender lo que pasa o de imaginar lo que nos llega. De ahí que la lectura del último número de la New York Review of books que es lo primero que he leído al volver de vacaciones haya sido como una llamada a la racionalidad.

Este número contiene dos artículos de sendos premios Nobel, Phelps y Sen, que hacen referencia a sendas publicaciones cuyo contenido básico pretenden comunicarnos a fin de ir encontrando un camino que nos permita eliminar al menos parte de la oscuridad de un futuro temido.

Edmund Pelps en su artículo que hace referencia a su libro del 2013 pretende hacernos entender la caída en la productividad total de los factores que está ocurriendo en Occidente y cuya solución adecuada no es otra más que cambiar de manera de pensar y salirnos de economía que asociamos a la manera de pensar clásica que piensa en la eficiencia para dar un rodeo adicional y reflexionar sobre la forma de florecer mediante una educación diferente.

The problem here is not a perceived mismatch between skills taught and skills in demand. The problem is that young people are not taught to see the economy as a place where participants may imagine new things, where entrepreneurs may want to build them and investors may venture to back some of them. It is essential to educate young people to this image of the economy.

We will all have to turn from the classical fixation on wealth accumulation and efficiency to a modern economics that places imagination and creativity at the center of economic life.

Esto es algo que ya se está diciendo aunque con un volumen de voz no lo suficientemente alto. Por eso es muy importante escuchar a Sen quien en base a su artículo publicado en Ethics and International Affaires en 2014 nos hace reflexionar en el mismo número de The New York Review of Books sobre las dificultades de intentar virar el barco de la educación universitaria tomando como ejemplo e intento de poner en marcha la que fue la primera universidad del mundo, la de Nalanda que surgió en el siglo V AD.

The pedagogy that prevailed in the old Nalanda is strongly relevant here. The school regularly arranged debates between people—teachers, students, and visitors—who held different points of view. The method of teaching included arguments between teachers and students. Indeed, as one of Nalanda’s most distinguished Chinese students, Xuan Zang (602–664 AD) noted, education in Nalanda was not primarily offered through the «bestowing» of knowledge by lecturers, but through extensive debates —between students and teachers and among the students themselves— on all the subjects that were taught.

I have been impressed to find that the emphasis on debate is already strong in the pedagogy of the new Nalanda, not just on the topics in the syllabus, but also on more general subjects. For example, when I visited Nalanda last October—a month after classes started there—we discussed the respective roles of “the Silk Route” and “the Nalanda trail” in the development of intercountry connections. There has been much historical discussion of the trading links between Asia and Europe, and particularly the Silk Road linking China with regions in the West. Originally established between the third century BC and the third century AD, during the Han dynasty, the Silk Road was of great importance not only for trade and commerce, but also for the intermingling of people and ideas.

Concluyo infiriendo lo evidente, que la educación no debe concentrarse en lo que hoy se pide a la universidad en general, sino en una educación integral conducente a la buena vida que incluye el conocimiento de lo que se hace en cualquier sitio no anquilosado y, desde luego los valores asociados normalmente a las humanidades que resaltan no tanto la eficiencia y la riqueza sino la felicidad y el sentido del trabajo bien hecho que solo se adquiere en una institución en la que lo primordial es aprender a través del debate y no tanto estudiar aquello que parece era necesario en el siglo XX.

LXXXVII: Parresía, heurística y rentas

Parresia - Michel Foucault

parresiaLa conversación pública que ha seguido a la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre la doctrina Parot ha desbordado todos los medios de comunicación y es un ejemplo flagrante del hablar poco franco. Abstrayendo de las reacciones extremas que imaginamos van desde el «que se pudran en la cárcel» al «volvamos a las armas si no se ejecuta la sentencia», el resto es un ejemplo a recordar de lenguaje cobarde o excesivamente delicado o cuidadamente sibilino a fin de no herir a, o enfrentarse con, nadie. El resultado es un amasijo de vulgaridades, contradicciones y frases hechas. De tópicos, vamos

Trascendiendo este caso y hablando más en general, cabe decir que el continuo uso de refranes y eslóganes revela que tenemos el pensamiento secuestrado tal como diría Innerarirty en una glosa inteligente de un par de libros de Aurelio Arteta a la que ya me referí hace poco más de un mes. Es bien cierto que la heurística en general nos es muy útil y cuando nos falla la echamos a faltar, pero cuando no sabemos mirarla desde fuera nos convertimos en sus esclavos.

Aun a costa de resultar un pelmazo repitiendo ideas merece la pena hacerlo por mor de la verdad, sea lo que sea lo que entendemos por semejante cosa. Recordemos pues a Foucault:

De manera más precisa, la parresia es una actividad verbal en la cual un hablante expresa su relación personal a la verdad, y corre peligro porque reconoce que decir la verdad es un deber para mejorar o ayudar a otras personas (tanto como a sí mismo). En parresia, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral

Esto, la Parresía, es lo contrario de las frases hechas que estos días nos abruman y corren el peligro de confundirnos. Y también lo contrario, en general, del camino que hay que seguir para no ser arrollado por el poder o para ser acunado por ese mismo poder al que le gusta que le hagan cosquillas pero que te hace decapitar en cuanto las cosquillas se convierten en un dolorcillo leve. El pensamiento que no es al bies es, en general, un pensamiento a la búsqueda de una renta y, aunque haya excepciones bien honrosas, algo de eso hay en muchas columnas de opinión cuyos autores creen haber encontrado la fórmula para hacer cosquillas, para convertirse en bufones cercanos al trono del que algo se desprenderá en su favor.

Nota: Esta entrada fue publicada originalmente el 29 de octubre de 2013

LXXXVI: Por un liberalismo pequeño burgués

Si algo me ha dejado claro la guerra de Iraq es el peligro del autoritarismo de los neoconservadores americanos quienes, a la manera de aquellos católicos del imperio español que pretendían evangelizar a cristazos, están tratando de exportar al Oriente Medio unos valores y unas instituciones pretendidamente liberales de manera brutalmente persuasiva.

La administración Bush representa ese autoritarismo neoconservador y como tal no ha prestado atención a la opinión pública, no ha jugado limpio en el seno de algunas de las instituciones multilaterales existentes y, desde luego, no ha ofrecido una discusión pública racional más allá de un canto desafinado a los valores más tradicionales disfrazados de liberalismo, una loa boba a la fuerza y un desprecio poco caritativo hacia la debilidad. Por estas razones, cuando me propusieron escribir diez líneas expresando mi reacción espontánea al inicio de las hostilidades, no dudé en titularlas con cierta pomposidad retórica como la derrota del liberalismo.

Después de que hayan pasado dos meses desde esa impresión improvisada sigo opinando, desde mi manera de pensar de economista ortodoxo (y, por lo tanto, liberal en un cierto sentido), que la decisión de intervenir en Iraq no se tomó con esa racionalidad entendible que explicita el objetivo y explora alternativas, que se pretendía una postguerra basada en instituciones de diseño sin ninguna garantía de estabilidad y que la clase media americana (en la que se plasmarían todos los defectos que se han solido achacar a la pequeña burguesía por los intelectuales de izquierda y por los poderosos de una derecha inculta) ha sido ignorada en favor de una extraña coalición entre los ricos del partido republicano y los desheredados de la fortuna a los que sólo queda el orgullo patriótico. No creo que los neoconservadores ni sus intelectuales orgánicos objetaran a mi derrota del liberalismo. Se trata de revolucionarios genuinos para los cuales no hay nada que respetar en ninguna de las múltiple versiones del liberalismo más allá de referencias puramente oportunistas.

Como profesional de la Economía, una rama del pensamiento que ha contribuido desde distintas perspectivas al entendimiento del ejercicio de la racionalidad y de la necesidad de las instituciones, y como miembro de una pequeña burguesía que quiere dejar vivir y que le dejen vivir, pretendo constituirme en contrarrevolucionario y contribuir a perfilar las líneas maestras de una plataforma política que se propone explícitamente frenar la revolución autoritaria que, desde el neoconservadurismo americano, puede extenderse peligrosamente a la derecha europea.

Para llevar a cabo esta labor contrarrevolucionaria no tengo más remedio que discutir los principales rasgos característicos del liberalismo para quedarme con aquellos que más claramente pueden ser blandidos contra las tendencias revolucionarias. Podría desde luego renegar del liberalismo acogiéndome a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica o amparándome en cualquiera de las ideologías fuertes que, monstruos, han infestado el siglo XX a partir de la exacerbación de la razón ilustrada. Pero ni quiero ni puedo convertirme en beato o en revolucionario desfasado sino que sólo pretendo frenar una revolución autoritaria que amenaza el liberalismo en el que creo.

Pero la tarea que me impongo no es fácil pues todas las ideologías débiles entre las que hoy tenemos que navegar tienen algo de liberal. El anarquismo de Noczik, el liberalismo a la austríaca de Hayek o de Popper, al republicanismo de Petitt, el pragmatismo al día de Rorty o esa socialdemocracia que puede tener su origen en Rawls, son todas ideas propias de pensamiento político que rozan con el pensamiento económico y que comparten, en parte, algunos rasgos propiamente liberales que ahora voy a tratar de examinar a partir de una distinción poco sutil pero útil entre, por un lado, la tradición formalista de origen descartiano y que, en economía, pasa por Walras y termina en el desarrollo pleno de la teoría del equilibrio general y, por otro lado, la tradición naturalista de origen humeano que, en economía, pasa por Marshall , entronca con los austríacos y culmina con una concepción del mercado y de la competencia más viva y dinámica que la que subyace a la teoría del equilibrio general y a la que también contribuyó Schumpeter.

Las tres ideas más elementales que siempre se asocian al liberalismo son las siguientes: primacía de la libertad sobre todo lo demás, incluida la felicidad, individualismo como ejemplo extremo de diversidad y confianza en la evolución autónoma de la sociedad. Sin embargo estas tres ideas no agotan las características del liberalismo, no pueden ser articuladas entre sí en ausencia de otras consideraciones y no sirven en sí mismas, y sin mayores precisiones, para poner en pie la contrarrevolución que persigo. Por lo tanto tengo que proceder de una forma más parsimoniosa. Comenzaré, quizá por mi sesgo de economista, por examinar la racionalidad y sus aventuras.

Frente al cartesianismo francés o el kantismo alemán que, a mi juicio, están en el origen remoto de las monstruosidades de las ideologías fuertes citadas, el liberalismo profusa un sano escepticismo hacía la razón tal como muestran dos botones bienconocidos. John S. Mill reacciona agriamente contra el racionalismo estricto de su padre, James Mill , y de Bentham y afirma que el mundo es demasiado complejo como para que el que quiera comprenderlo y actuar sobre él pueda utilizar sólo la razón. Hayek, a su vez, sospecha que la razón, entendida a la manera neurológica, muestra una complejidad que no hace sino reflejar la que en lo social pusieron de manifiesto Menger o Mises. Este recelo frente a la racionalidad desnuda y sobre su capacidad para llegar a desentrañar problemas sociales serios están en el origen de una bifurcación interesante del liberalismo en Economía.

O bien, siguiendo la tradición formalista, exploramos las implicaciones estáticas de una racionalidad ilimitada y funcional en un mundo simplificado del que se han eliminado el tiempo irreversible y la ignorancia plena respecto al futuro, o bien, siguiendo la tradición naturalista, tratamos de incorporar ese tiempo y esa ignorancia como elementos fundamentales de una manera de pensar que se apoya en los límites de la racionalidad y en procesos dinámicos. En el primer caso, que llamaré neoclásico, es fácil obtener resultados formales interesantes que nos llevan a una concepción del mercado y la competencia que resalta los aspectos asignativos, la optimalidad paretiana y los fallos de mercado que están en la base de un cierto intervencionalismo ingenieril. En el segundo caso, que llamaré austríaco, la dificultad de modelización explica la ausencia casi total de resultados formales.

Quizá por esta parvedad observamos cómo los economistas de esta tradición tienden a concentrar sus esfuerzos en una crítica a los neoclásicos acusándoles de no entender la importancia del mercado y de la competencia en la generación de riqueza, por ignorar el papel crucial de las instituciones (entre ellas la propiedad privada) y por no tener fe en la capacidad de autoorganización del sistema económico.

No cabe duda de que estos dos planteamientos liberales alternativos subyacen a la distinción entre los dos extremos del espectro liberal, la socialdemocracia por un lado y el anarquismo por el otro. Sin embargo ya existen desarrollos suficientes como para tender puentes entre estos dos planteamientos, explorar combinaciones de ambos, y elevar la aparente contradicción a un nivel superior. Desde la revolución de los incentivos (que se asocia pero realmente precede en algunos aspectos clave a la emergencia de la Economía de la Información), hasta lo que se ha dado en llamar la Nueva Economía Social (que no exige mucha racionalidad e incluye dinámica) pasando por la incorporación al análisis de pautas de comportamiento individual detectadas por la psicología del conocimiento, hay infinidad de resultados que permiten a ambos planteamientos liberales encontrar espacios comunes.

Sin embargo esta oportunidad no ha hecho sino cambiar de nivel la oposición entre una y otra actitud. Dicho de manera muy rotunda, los partidarios del planteamiento austríaco se convierten en cancerberos de una visión profética que resulta ser imprescindible para exorcizar los peligros a los que nos pueden llevar los resultados recientes mencionados que, tratando de captar la complejidad, de incorporar dinámica y de introducir límites a la racionalidad, nos podrían arrastrar al relativismo y al denostado multiculturalismo no lejanos ambos del pragmatismo rortyano. Este planteamiento austríaco capta bien que la fuerza del liberalismo no está sólo en el mercado, la competencia y el funcionamiento correcto de instituciones espontaneas o impuestas; sino que, al final, radica en un ethos que antepone la verdad y la libertad a la propia felicidad, tal como explicaré enseguida.

Es pues evidente que la tensión interna entre un liberalismo más de derechas y otro más de izquierdas no va a desaparecer; pero esto me parece que es algo estimulante y que, en cualquier caso, no empece mi decisión de incorporar, como primer elemento de mi contrarrevolución, la necesidad de la ética individual, necesidad que ha surgido inesperadamente del examen tangencial de los vericuetos por los que he transitado la idea de racionalidad en el mundo del análisis económico y tomándola de la visión cuasi profética del liberalismo de derechas.

De acuerdo con este primer rasgo contrarrevolucionario no deberíamos contentarnos con vivir en una sociedad con reglas o instituciones justas o aceptables pues nada puede eximir el ejercicio de nuestra responsabilidad individual a la hora de juzgar los ataques a cualquiera de las tres ideas básicas de libertad, igualdad y fraternidad. Y cuando esta exigencia se aplica a la idea de verdad surge, como ahora veremos, el segundo rasgo del liberalismo que quiero retener. Mi contrarrevolucionario, en efecto, deberá anteponer siempre y sin excepción la verdad a la felicidad de forma que, cualquiera que sea el objetivo social que persiga (y puede ser el propio del utilitarismo que quiere la mayor utilidad para el mayor número de personas) nunca admitirá la maximización de ese objetivo si ello oscurece la verdad. Verdad antes que felicidad es ese segundo rasgo contrarrevolucionario que, en su aplicación, nos lleva enseguida al tercero. En efecto, de la primacía ética de la verdad se sigue otra característica del liberalismo que tiende a olvidarse: la necesidad de la rebeldía y de la experimentación.

Tal como aprendimos de Popper, no es posible alcanzar la verdad mediante el ejercicio de una racionalidad, siempre limitada, sin la ayuda de la discusión abierta, la apertura de nuevos caminos o la experimentación sobre el terreno. Pero esta rebeldía y esta experimentación no se darán sin la imprescindible diversidad social. No hay nada más antiliberal que el conformismo del que aborrezco aunque no por razones estéticas, snobs o multiculturalistas; sino porque la diversidad es un requisito imprescindible para la obtención de la verdad en una sociedad en la que la racionalidad individual tiene límites. La necesidad de la diversidad es pues el tercer rasgo contrarrevolucionario que quiero destacar.

El empezar por el estudio de los avatares de la racionalidad era necesario para detectar unos rasgos del liberalismo que yo deseo destacar pero que suelen ser olvidados en beneficio de otras características más obvias como son la libertad y el individualismo. Continuaré por lo tanto examinando estas dos características básicas del liberalismo. En primer lugar la libertad. Como para los economistas el liberalismo suele asociarse al utilitarismo, es conveniente indicar que para el liberalismo que yo quiero (y que incluye la ética individual) la libertad pasa por delante de la utilidad. Libertad antes que utilidad será pues el cuarto rasgo definitorio de mi contrarrevolución. En consecuencia, y siguiendo a Sen, no admitiré ningún arreglo que maximice una función de utilidad social que me haya sido impuesta y que no haya surgido desde mi libertad.

La libertad es, en efecto, el valor supremo del liberalismo y muchos de los esfuerzos intelectuales de los liberales están relacionados con el despliegue de esta idea en diversos ámbitos como por ejemplo el económico. Un resultado importante de este esfuerzo es la entronización de la propiedad privada como la otra cara de la libertad, de forma que un proyecto contrarrevolucionario como el que estoy intentando dibujar no puede abstraerse de la discusión de esta institución central. En esta discusión importan también las dos tradiciones analíticas que he destacado más arriba. Para la rama británica de la tradición naturalista la propiedad privada es indispensable para el ejercicio de la libertad y para la rama austríaca es evidente que sin propiedad privada no hay incentivos para que se tomen los riesgos que están en el origen de riqueza. Sin embargo, para la tradición formalista, la propiedad privada es una institución que se toma de manera acrítica como dada, lo que incuba peligros.

Sabemos que en esa tradición una economía de mercado de propiedad privada que actúa competitivamente alcanzará un óptimo paretiano y que cualquier óptimo paretiano tiene asociados unos precios que si fueran impuestos a todos llevarían, a través del mecanismo de mercado, a las asignaciones propias de ese óptimo siempre que se pudiera elegir el reparto de la propiedad privada inicial. El juego argumental que proporciona este último resultado ayudó a la respetabilidad intelectual del llamado socialismo de mercado y dió origen al debate del cálculo socialista que se zanjó con el reconocimiento de que los incentivos exigen la propiedad privada. Podría establecer como mi quinto requisito contrarrevolucionario la exigencia de la propiedad privada; pero como esto no sería negado por los neoconservadores prefiero hacer hincapié en exageraciones propias de éstos aunque no sólo de ellos.

Basándose curiosamente en la tradición formalista propia del planteamiento económico neoclásico, los neoconservadores pretenden extender artificialmente la propiedad privada mediante el ensanchamiento del ámbito y la extensión en el tiempo de los derechos de propiedad intelectual. Yo me atrevería a hacer dos críticas a esta actitud neoconservadora. La primera es que desde el mismo planteamiento neoclásico se ha mostrado por M. Boldrin y D. Lavine que los derechos de propiedad intelectual pueden ser no necesarios para incentivar la inventiva. La segunda crítica a la extensión injustificable de la propiedad privada, parte más bien del espíritu del planteamiento austríaco y quiere hace notar que en los primeros estadios del desarrollo general, o el de una invención específica, puede ser necesaria la cooperación y que, a veces, ésta se da más fácilmente desde una situación en la que la propiedad privada no está muy firmemente arraigada.

Estas dos ideas son complementarias y conjuntamente dan cuenta de cómo se adquiere respetablemente esa propiedad privada necesaria: debe adjudicarse a quién más y mejor ha cooperado en la colonización de nuevas fronteras. Déjenme llamar a este mi quinto principio contrarrevolucionario el de la propiedad privada para quien se la trabaja. Una vez adquirida facilita el funcionamiento de los incentivos; pero es necesario incentivar precisamente esa adquisición de la propiedad ligándola de alguna manera al celo cooperativo inicial.

Ahora pasaré a examinar la segunda característica básica del liberalismo: el individualismo.

Trataré de mostrar que, de la misma manera que no hay libertad sin propiedad privada, no podemos entender fructíferamente el individualismo sin tener en cuenta la existencia y evolución de comunidades identitarias a las que todo individuo está adscrito con mayor o menor fuerza, una afirmación delicada que necesita una argumentación nueva. Por un lado es bien cierto que uno de los motivos de orgullo de cualquier liberal, de raigambre británica, francesa o austríaca, consiste en afirmar que su ética individual le exige el respeto total por la soberanía del individuo. Este respeto, que rara vez es mencionado como una elección ética, conduce al desarrollo de los derechos humanos como una construcción extraordinaria del derecho que pide a gritos su universalización.

Universalización de los derechos humanos sería pues el sexto punto de mi agenda contrarrevolucionaria pues ciertamente no creo que los revolucionarios neoconservadores estén por la labor de respetar escrupulosamente todos los derechos humanos en cualquier lugar y en todo momento a pesar de su retórica ante Sadam. Además de un fundamento ético, el individualismo tiene una justificación funcional que entraña, como ahora veremos, una aparente contradicción. El individualismo garantizaría la diversidad y, como ya he dicho, ésta es fundamental para alcanzar la verdad. Sin embargo la diversidad confronta un ejército de enemigos que desearían difuminar las diferencias entre individuos. Cualquier movimiento o partido político, la lógica del mercado hasta cierto punto, la mismísima democracia y todo autoritarismo, tienden a eliminar esas diferencias individuales mientras engañosamente las encumbran y las cantan.

De ahí que un verdadero liberalismo no pueda evitar el acabar siempre en una resistencia explícita al autoritarismo (se disfrace como se disfrace) y en una loa a la disidencia individual. Yo me atrevería a citar (aunque sea fuera de contexto) a I. Berlin para ejemplificar el peligro que acabo de subrayar, y que reconozco en el mismísimo ataque bélico a Iraq puesto que para mí este ataque representaría el deseo subyacente (al neoconservadurismo) de poner fin a la variedad, movimiento e individualidad de cualquier clase; el anhelo de un modo establecido de vida y de pensamiento intemporal, inmutable y uniforme.

La disidencia individual y la lucha por los derechos humanos son necesarias; pero mucho me temo que la diversidad, necesaria para la verdad, no esté garantizada por esa disidencia y esa lucha a no ser que se reconozca que los individuos conforman comunidades identitarias en el seno de cada cual hay ciertamente un peligro de uniformismo; pero en cuya competencia y confrontación con otras se mantiene la diversidad. Identidad antes que individualismo es pues mi séptimo lema contrarrevolucionario, quizá el más difícil de tragar por los liberales bienpensantes y el más arriesgado intelectualmente; pero el más realista como arma política contra un neoconservadurismo que sabe bien que sus finalidades inconfesables son mucho más fáciles de obtener en un mundo cosmopolita sin fronteras ni identidades enfrentadas.

Para evitar, en la medida de lo posible, que se me tache de atrabiliario añadiré que, a pesar de este séptimo lema, comparto con A. Sen la idea o el ethos que afirma que la razón ha de prevalecer sobre la identidad.

Llegó ahora a la tercera de las características más conocidas del liberalismo: el espontaneísmo o evolución autónoma de la sociedad. El liberalismo sabe que todo evoluciona y que esa evolución puede ser fuente de progreso mientras que el intento de paralizar la vida del que recelaba I. Berlin es, además, inútil pues no es fácil encontrar formas de vida o instituciones que sean totalmente inmutables. Las instituciones en particular se tejen en el tiempo real y permanecen siempre que no sean meramente de diseño sino que correspondan a algún tipo de equilibrio de un sistema dinámico.

Sin embargo hay que esperar que en algún momento ocurra algún cambio externo que las ponga en crisis y desencadene un proceso más o menos autónomo, más o menos espontáneo, que podemos denominar autoorganizativo, y cuyas relaciones con el comportamiento individual son difíciles de desentrañar. Todo liberal sabe esto y ningún liberal, si realmente lo es, tratará de frenar este espontaneismo. Pero unos liberales se diferencian de otros por la postura que predican ante estos procesos autónomos.

Para la tradición naturalista y de origen austríaco lo más sensato es no hacer nada, no intervenir, tener una actitud pasivamente adaptativa. Nada dirán estos señores contra la destrucción de la ONU y de otras agencias multilaterales que la guerra de Iraq amenaza con acarrear. La guerra es ese cambio externo que desencadena fuerzas que acabarán llevando a otros arreglos institucionales en el ámbito internacional. Quienes más defenderían la ética individual más allá del funcionamiento de instituciones que, como el mercado, serían correctas según Rawls, son en este punto éticamente mudos.

Para la tradición formalista y para los británicos de la tradición naturalista sin embargo, la pasividad no tiene por qué ser la regla y tendrán dificultades para reprimirse a la hora de proponer y ejecutar proyectos concretos razonablemente sensatos. J.S. Mill se involucró en muchos de ellos. Keynes es el ejemplo más claro de liberalactivista y Samuelson, Arrow, o Stiglitz, como ejemplos obvios de la tradición formalista, nunca han rehusado intervenir en los asuntos públicos en apoyo, o en contra, de propuestas concretas, lo mismo que en su día pretendió hacer Walras.

Este proyectismo social parece contradictorio con el espontaneísmo y la confianza en la autoorganización. Sin embargo deberíamos reconocer que hay una forma de reconciliar ambas actitudes si pensamos que no podemos ocultarnos lo que conocemos de los procesos sociales. Si creemos conocerlos es muy difícil no actuar aunque sólo sea para evitar los obstáculos al desarrollo espontaneo. Esto es lo que seguramente empujó a Friedman a recomendar que el Banco Central se sujetara a reglas contra un Hayek que quizá objetara a la mera existencia de ese Banco Central. Y esto es también lo que empujaría a Keynes ayer, y hoy a un Stiglitz, a proponer esquemas concretos de funcionamiento de algunas instituciones: creen conocer la dinámica social y pretenden crear las condiciones iniciales apropiadas para que esa dinámica acabe por conducirnos a un equilibrio al que sabemos que queremos llegar gracias a una discusión diversificada.

Por todo esto mi octavo lema contrarrevolucionario es una especie de grito por un proyectismo participativo. Notemos, claro está, que los neoconservadores, como no son liberales, creen en los proyectos sin ninguna reticencia de las que opondrían si fueran liberales; pero a diferencia del proyectismo participativo que propongo, los proyectos que ellos elaboran no pasan por ningún filtro participativo sino que, a lo más, son jaleados en ambientes afines.

Todo este largo rodeo pretendidamente caracterizador del liberalismo (como conjunto difuso de ideas) ha sido necesario para indicar con qué características me quedo a efectos de montar mi contrarrevolución. Pero todavía me falta determinar qué grupo humano puede vehicular mis lemas contrarrevolucionarios. Tengo que mostrar que sólo la pequeña burguesía puede aceptarlos en su totalidad.

Para ello diré algo previo sobre el Estado como esa institución que parece necesaria para garantizar los derechos humanos, la propiedad privada y la libertad individual; pero que sin embargo puede ser conformadora de uniformidades y difuminadora de identidades. Más que discursear sobre el Estado voy a tratar de indicar a grandes rasgos quienes defienden un cierto tamaño y una cierta fortaleza de esa institución que, a fuer de liberal, he reconocido como necesaria y peligrosa simultáneamente.

Comenzaré por quienes gustan de un Estado grande. Los que son propietarios iniciales de una dotación generosa, los que no aprecian la diversidad y los que no tienen una identidad que preservar desearían que ese Estado grande fuera, además, fuerte para que pueda cumplir con sus funciones liberales de preservar la propiedad privada y garantizar la libertad que faciliten la captura de ese estado en su beneficio de clase. Estoy hablando en este caso de la gran burguesía conservadora, siempre que fuera liberal lo que no es siempre el caso.

Los que por el contrario no tienen una gran dotación inicial, aprecian la diversidad o tienen una identidad que preservar, es decir los socialdemócratas, preferirían que el Estado, aunque grande a efectos redistributivos, fuera débil precisamente para no poner en peligro esa diversidad o esa identidad diferenciadora.

Seguiré ahora con los defensores de un Estado pequeño. Los anarquistas de derechas querrían que, además de pequeño, el Estado fuera débil y para ello predican que sus funciones clásicas se realicen por agencias independientes presumiblemente menos fáciles de corromper.

Finalmente los que tienen un buen punto de partida en términos de riqueza (riqueza que les gustaría preservar aunque no harán estropicios para aumentarla), gustan de la diversidad y aborrecen la uniformidad son los que desean un Estado pequeño pero fuerte. Se trata de ese pequeña burguesía que cree en la propiedad privada; pero que al mismo tiempo tiene conciencia identitaria como clase (de tenderos por ejemplo, o de tenderos del casco viejo del Bilbao unamuniano de Paz en la Guerra) y gustan por experiencia propia de la diversidad que está en la base de su negocio.

Una vez establecida esta tipología de posibles Estados y una vez asociado a cada uno de los tipos una cierta clase social, no es difícil acertar, mediante un ejercicio simple propio del planteamiento de la Public Choice, con la única que puede sostener el liberalismo contrarrevolucionario que estoy tratando de predicar. Los socialdemócratas perderán su deseado Estado grande y débil en manos de una alta burguesía que, si bien al principio querrá un Estado grande aunque débil a fin de seguir sacándole sus rentas no merecidas mediante la ocupación del mismo, más adelante, una vez agotadas éstas, lo querrán igual de débil pero más pequeño para que no incordie con ninguna llamada a la justicia o a la solidaridad, pasando así a una forma de Estado propia de la anarquía de derechas.

Es este el Estado que quieren los neoconservadores. En consecuencia si queremos frenarle no tenemos más remedio que optar por un Estado pequeño y fuerte, el que desearían justamente los pequeños burgueses. Por lo tanto el noveno rasgo contrarrevolucionario clama por un Estado pequeño y fuerte. Conseguir un Estado pequeño parece hoy fácil porque tanto la ideología como los hechos parecen avalar esa mengua en su tamaño. Conseguir que, sin embargo, sea fuerte pasa por no desmantelarlo parcelando sus funciones y delegando su ejercicio en comisiones o agencias independientes. Para que esto no ocurra no hay más remedio que frenar la catarata de deserciones de servidores del Estado que se pasan a la empresa privada y conformar un funcionariado serio y respetable que incentive la pertenencia a alguno de sus cuerpos. Cierro así mí decálogo liberal pequeño burgués exigiendo un funcionariado de élite.

Creo que es precisamente la pequeña burguesía la que, a partir de un Estado pequeño y fuerte apoyado en un funcionariado motivado, puede vehicular los lemas contrarrevolucionarios que he destacado y que creo suficientes para frenar el neoconservadurismo. Termino enumerando y completando dichos lemas en forma de decálogo.

  1. Necesidad de la ética individual
  2. Verdad antes que felicidad
  3. Necesidad de la diversidad
  4. Libertad antes que utilidad
  5. La propiedad privada para quien la trabaje
  6. Universalización de los derechos humanos
  7. Identidad antes que individualismo
  8. Proyectismo participativo
  9. Estado pequeño y fuerte
  10. Funcionariado de élite


Nota: Esta entrada fue publicada originalmente el 3 de junio de 2003

LXXXV: El Hacker accidental

Hace unos diez años Natalia Fernández y David de Ugarte se tomaron la molestia de editar varios textos míos de una época mucho más esperanzada que la que hoy vivimos. Estos textos se denominaron El hacker accidental y es solo por casualidad que los he encontrado. Los he releído muy superficialmente y me ha parecido que, aunque anticuados en ciertos aspectos, son todavía útiles para entender la actualidad y para, quizá, renovar la esperanza. En cualquier caso, seguro que pueden dar origen a una buena conversación.

Nota: Este post fue publicado originalmente el 16 de julio de 2013.

LXXXIV: Dos bonitas ideas

burritosHace ya unos años una de las escuelas de verano organizadas por la FUE se dedicó a lo que se llama «Behavioral Econimics», y muchas de las ponencias ponían énfasis en la diferencia entre lo que la economía convencional decía o predecía y lo que los experimentos naturales o de laboratorio nos revelaban. Recuerdo la vuelta en coche a Madrid desde San Sebastián con JCGB, ambos un poco desmoralizados, como si lo que habíamos escuchado dejara obsoleto todo nuestro conocimiento, y llenos de ideas sobre lo que habría que hacer para desarrollar la nueva sabiduría a lo largo de caminos similares a los transitados por nuestra generación.

Pues bien, el otro día acudí a parte de un homenaje a un profesor de la Carlos III, Luis Corchón, que comprendía un pequeño simposio en el que se presentaban papers sobre temas relacionados con su investigación y trabajados por colegas de su amplio entorno de amistades. Yo estaba todavía con el cansancio acumulado del viajecito a Venecia y no seguí las presentaciones con la debida diligencia, pero hubo dos de los trabajos que me llamaron la atención por su potencialidad para cubrir el gap existente entre las dos maneras mencionadas de hacer Economía. Afortunadamente ambos están en la red, o al menos versiones previas de los mismos, así que una vez recuperada una cierta agilidad mental, traté de enterarme, siquiera superficialmente, sobre su contenido.

En el primero de ellos, Roberto Serrano nos sugiere una manera de medir la «distancia» entre una función de demanda teórica, es decir, basada en la racionalidad del agente individual, y una función de demanda medida o estimada en la práctica utilizando de alguna manera la matriz de Slutski como unidad de medida de la distancia que nos interesa. Este es sin duda un buen paso en la dirección que tanto JCGB como yo creíamos había que seguir hace unos añitos en aquel viaje de vuelta un poco triste. No he trabajado los detalles de esta contribución entre otras razones porque me quedé atrapado por el segundo trabajo que llamó mi atención, un trabajo de John Roemer, un viejo amigo que conocí hace bastantes años justamente en la primera escuela de verano de la FUE celebrada precisamente en Venecia.

Este segundo trabajo no es tan evidentemente útil para caminar hacia la unidad de la ciencia económica tal como se hace hoy o, en cualquier caso, no de la misma forma que lo es el de Serrano, pero algo tiene que puede servir para ello, además de plantear una pregunta interesante en sí misma. John Roemer nos expone las implicaciones de su idea de lo que sería un equilibrio en una economía en la que los agentes individuales fueran éticos en el sentido kantiano de tratar a los demás como querrían que los demás les trataran a ellos: behandle jeden so, wie du behandelt werden willst.

Aquí también se trata de comparar algo racional en el sentido de la Economía Neoclásica con algo distinto que, aunque no muy general, se observa en pequeñas comunidades identitarias. Se trata en concreto de comparar la performance de una Economía Neoclásica caracterizada por su equilibrio, con lo que sería el equilibrio de una economía en la que los agentes individuales no se rigen por el comportamiento de hacer lo mejor para ellos dado lo que hacen los demás (lo mismo que en un equilibrio de Nash), sino por la regla de oro con antecedentes bíblicos de hacer tú lo que te parecería bien que los demás hicieran suponiendo que los demás hacen eso.

Aparte de los detalles, lo interesante del paper es a mi juicio que ese equilibrio es óptimo de Pareto en escenarios en los que el equilibrio competitivo no lo es. Pensemos en una situación en la que lo que se juega es la asignación de un bien comunal, como, por ejemplo, un prado en el que pastan las vacas de los escasos habitantes del lugar. Como sabemos, la libre competencia acabará destrozando el pasto, lo mismo que ocurriría con una pesquería o con cualquier otro bien comunal. En estos casos lo que se suele hacer es dividir la propiedad o establecer cuotas de capturas o turnos de uso. Lo curioso de estos casos es que, en la práctica y tal como mostró Elinor Ostrom, en casos concretos y en comunidades pequeñas los agentes individuales concernidos suelen alcanzar esa especie de equilibrio óptimo que correspondería al caracterizado por el equilibrio Kantiano.

Un resultado curioso que merece dos comentarios. El primero es que lo que ocurre en la práctica coincide con una noción de equilibrio que incluye la idea de racionalidad, aunque el background no es utilitarista sino kantiano. Y el segundo es que la regla de oro kantiana está basada en un cierta manera de mirar a la universalización que nada tiene que ver con la extensión urbi et orbi de cualquier regla de conducta o de cualquier meme. Aquí se le mira como un meme que igual se da en una comunidad y no en otras, y que incluso podría no dejarse introducir en esas otras.

LXXXIII: Y del conservadurismo político ¿qué?

jeffersonComo en el último post decía de paso que no tengo nada contra el conservadurismo político y me dedicaba a criticar al conservadurismo intelectual y, como después de las elecciones europeas, nos encontramos en una especie de encrucijada política, he pensado que igual merece la pena volver la atención sobre algo que escribí hace más de diez años y que, después de releído, refleja bastante bien mi posición política actual. Curiosamente me parece interesante el leerlo ahora aunque ya no se utiliza tanto la etiqueta «neoconservador» pegada a una actitud política muy concreta. Véase aquí el texto completo. Es muy largo de manera que me limito a copiar los lemas que constituyan el decálogo de mi postura política de entonces y de hoy:

  1. Necesidad de la ética individual
  2. Verdad antes que felicidad
  3. Necesidad de la diversidad
  4. Libertad antes que utilidad
  5. La propiedad privada para quien la trabaje
  6. Universalización de los derechos humanos
  7. Identidad antes que individualismo
  8. Proyectismo participativo
  9. Estado pequeño y fuerte
  10. Funcionariado de élite

LXXXII: Contra el conservadurismo intelectual

Conservadurismo intelectual

conservadurismo-intelectualHe leído en no sé donde que es la diversidad genética la que nos libra a nosotros, al igual que a cualquier otro grupo animal (o vegetal, supongo) de no desaparecer a causa de cualquier epidemia por muy contagiosa que esta sea. Como los agentes patógenos son muy específicos, no es ya posible que acaben con todos los individuos, sino solo con algunos derivados de alguna mutación pasada de la que uno espera no descender.

Me encanta que la Diversidad se empiece a apreciar incluso por aquellos que quizá fueran propensos a considerarla como una degeneración. Cuando esta degeneración se ha considerado orgánica o racial pues ya sabemos a donde nos lleva; pero incluso cuando esta diversidad solo se trate de una simple y presunta degeneración intelectual, esta idea o sensación de que las cosas en cualquier campo intelectual degeneran en su evolución me produce espanto. Y, sin embargo, es algo muy corriente que esa idea negativa sobre la diversidad subyazca a los debates de ideas en los que todo lo que no coincida con la manera en la que que yo y unos cuantos amiguetes pensamos o actuamos son caminos interesados y corrompidos por intereses espúreos cuando no por debilidad del espíritu. «Todo el mundo lleva el agua a su molino» es la expresión en la que se plasma la falta de confianza en la Diversidad y la sospecha que acompaña a cualquier atisbo de Rebeldía. Confianza y sospecha que constituyen la base del conservadurismo en sentido genérico. Cuando este conservadurismo no es del tipo político (que no rechazo por principio) sino simplemente intelectual, me resulta especialmente irritante justamente porque la Diversidad y la Rebeldía están en la base del pensamiento de lo que llamamos ciencia en su mejor versión, tal como lo explico aquí (pp.79-89).

Para hacernos una idea de los efectos del conservadurismo intelectual, hablemos de la epidemia de la Economía Neoclásica. Este tipo de aventura intelectual en el campo de la Economía era hasta hace relativamente poco tiempo la única digna de llamarse «ciencia» (económica), en el sentido de que cualquier concesión a intuiciones basadas en la observación casual (como por ejemplo la idea de la renta permanente como determinante del consumo individual en cualquier momento) y no en la total racionalidad del agente individual era inaceptable. Por lo tanto ese calificativo de inaceptable debería extenderse a las consecuencias de observaciones que no pasen el test de la racionalidad. Y sin embargo la llamada Behavioral Economics, que incorpora rasgos del comportamiento detectados por especialistas y examinados en experimentos repetidos, ya no es una amenaza sino que comienza a convertirse en una nueva ortodoxia, aunque sigue habiendo gente que la considera una infección.

En este sentido tiene su gracia preguntarse, por ejemplo, por la racionalidad de las expectativas, sin la que, desde que Lucas la introdujo, cualquier modelo macroeconómico es simplemente rústico. Me atrevo a preguntarme si esa idea fue adoptada en su día más bien por simple fidelidad con la «raza», o la metodología propia de esa «raza», que por la observación de los hechos. La respuesta es que esas expectativas racionales solo caben en situaciones donde uno puede creer en que el equilibrio del sistema es una buena descripción de la situación y que, por lo tanto y sin ninguna razón de peso para ello, debe rechazarse como patógena la idea de que hay situaciones de desequilibrio que deben ser estudiadas para poder colegir a donde va ese grupo humano modelado. Me temo que ese camino que hemos seguido, u observado seguir a la mayoría, a pesar de ciertas llamadas de atención, ha llegado a un punto en el que sería de agradecer una cierta mutación que nos deje respirar y alcanzar nuevas perspectivas y renovadas visiones que quizá sean menos dogmáticas que las anteriores. Pero el conservadurismo nos atenaza.

Pero este tipo de cosas no pasan solo en el mundillo de la Economía, sino que pueden observarse en casi cualquier campo. Así es, en efecto, en cualquiera a los que yo me he acercado, aunque solo haya sido un poco y de manera tangencial. Casi nadie se molesta en darte buenas razones para admirar a un artista nuevo o a un científico con una idea nueva, ya fuera la sutileza de la pincelada, la forma de montar un film, la densidad de una escultura, la mayor coherencia con ciertos pretendidos hechos presuntamente bien establecidos, la brevedad o lo contrario de textos literarios, su aplicabilidad en la vida real fuera del laboratorio, etc., etc.

Me parece que la mayoría de las opiniones en cualquier campo de la actividad humana no pueden clasificarse de racionales, sino solamente de tradicionales. Y de ahí la importancia de la Rebeldía y de la Diversidad, pues ambas juntas salvan a los creyentes de ojos cerrados de la desmoralización que produce el abrirlos, o del martirio elegido por fidelidad. No es lo mismo ser expulsado del pretendidamente único paraíso que salir de un cierto edén empujado por la Rebeldía para aterrizar en otro que creemos está ahí porque nos lo promete la diversidad. Lo importante de esta última es que parecería garantizarnos justamente que nada se pierde, aunque por períodos de tiempo parezca que ha sido enterrado en un sitio secreto.

Pero esta especie de procesos que ocurren necesariamente traen consigo de forma recurrente un efecto desmoralizador consistente en tener que modificar tu apreciación de los que considerabas amigos, pensando que seguramente a ellos les pasa lo mismo contigo. Lo peor en estos casos es que, en aras de esa amistad, traten de explicarte el por qué has acabado saliendo de una cierta tradición, explicándote tus proyecciones psicológicas. No parecen apreciar la Diversidad ni la Rebeldía, así con mayúsculas, y te acusan de «llevar el agua a tu molino». Esta es la forma en que han acusado a Piketty de cometer algunos errores en el tratamiento de los datos o de forzar la teoría para sacar adelante esa idea de que el capitalismo tiende necesariamente hacia la desigualdad. Su molino, nos vienen a decir, debe ser nada menos que la lucha de clases esa de la que habló su respetadísimo Marx.

Mi caso es mucho más sencillo, pues carezco de maitre à penser santificado. Soy muy frívolo y mi molinillo quizá consista simplemente en el gusto por la novedad, un gusto totalmente burgués que trato de satisfacer con al agüilla de unas neuronas envejecidas que no renuncian al placer de encontrar paradojas.

LXXXI: Arrogancia imprudente

Thomas Piketty

PikettyEn El País de ayer, sábado 26 de abril, el arquitecto Luis Fernández-Galiano se hace eco de la edición francesa del libro de Piketty, «El Capitalismo del Siglo XXI», para disertar con prudencia sobre el incremento en la desigualdad, tanto de riqueza como de renta, en la mayoría de los Estados del mundo desarrollado. Pocos días antes, el 24, el economista Pedro Schwartz, refiriéndose ahora a la edición en inglés editada hace poco tiempo, repartía sabiduría en el periódico económico Expansión, criticando el contenido de este libro de Piketty.

Lo que pretendo mostrar a continuación es que como, además de estos dos artículos y previamente a ellos, ya se ha escrito mucho (incluido lo dicho aquí después de la salida del libro o aquí antes de esa salida) sobre esta obra sobre desigualdad que constituye también un intento valiente de sugerir, siquiera implícitamente, un cambio de marcha en la Economía, la cuestión merece un tratamiento respetuoso como el del arquitecto y no como el del economista, que no destacó precisamente por su prudencia sino quizás justamente por su arrogancia imprudente y siempre brillante.

Cuando los datos nos muestran ciertas regularidades deberíamos tratar de entender la Teoría ad-hoc si es que existe o, en su ausencia, sugerir razones nuevas que justifiquen los datos y comiencen a formular nuevas Teorías, algo, por otro lado, muy de agradecer en un momento en el que la Economía, esa supuesta reina de las ciencias sociales, no pasa por sus mejores momentos. Pero nada de esto es lo que hace Schwartz, sino que se limita a arremeter contra el libro de marras y contra el autor del mismo (y de paso contra una gran parte de la profesión) tachándole de ignorante. Para esto le parece suficiente reducir un posible argumento general a las causas que propician la central desigualdad entre la tasa de rendimiento del capital (r) y la tasa de crecimiento (g). De hecho, ofrece una frase a mi juicio poco clara para cuando el primer parámetro está por encima del segundo: un mantra o lema de la «izquierda razonable» (whatever this means).

En los períodos en los que las economías crecen más despacio, dice Piketty, aparece esa desigualdad y los dueños del capital engordan. Cuando la economía renquea como ocurre en la actualidad empieza una época dorada para el capital.

Esta frase me parece repetitiva y poco clara, pero la continuación es una toma de posición que no me parece que venga a cuento. Continúa interpretando o criticando a Piketty:

La afirmación de que esta desigualdad puede mantenerse durante largos años equivale a una creencia de que no hay relación entre la acumulación de capital y el crecimiento de las economías. La tasa «r» depende de la capacidad de presión política de los capitalistas y directivos, no de la productividad de las inversiones ni de la productividad del trabajo de los grades dirigentes de empresa. En realidad, esta desconexión entre productividad del capital y de los gestores de empresas y el desarrollo económico no parece sostenible. El propio Krugman dice en la NY Review of Books que a largo plazo tienen que ir juntos. El propio ejemplo histórico aducido por Piketty de «Belle époque» de Napoleón III le contradice: si los ricos franceses prosperaron tanto entonces se debe a lo productivo de las grandes inversiones en toda Europa, las ferroviarias y otras obras públicas como el Canal de Suez.

Este punto está bien traído, pero es que en ningún momento se dice en el libro que la magnitud de la desigualdad sea permanente, sino que simplemente se alerta sobre el hecho de que pudiera llegar a serlo si no se toman medidas, pero de esto no se hace eco la voz crítica. También tiene razón el crítico cuando llama la atención sobre la necesidad de tener en cuenta a todos los países, y no solo los desarrollados, justamente porque es en estos últimos en los que la desigualdad ha disminuido en los últimos años. Sin embargo el resultado de tener en cuenta a todos los países a fin de calcular un índice de desigualdad global no está claro, pues puede que haya diferencias entre agregar los índices de cada país en uno solo o agregar primero poblaciones para elaborar un índice global.

Estas opiniones me parecen, en consecuencia, poco prudentes. Y la posible arrogancia, políticamente sesgada, me parece obvia cuando mete en un mismo saco a Piketty , Stiglitz y Krugman entre otros tachándoles de «izquierdistas irredentos» (whatever this means). Aunque lo fueran, llamar la atención sobre la desigualdad creciente por razones quizá estructurales me parece sensato, responsable y todo un reto. Y, quiera o no quiera, Pedro Schwarz con su reseña crítica también colabora a la aceptación de ese reto, algo que debemos agradecerle en cualquier caso, aunque en mi opinión menos que a Fernández-Galiano, que lleva al tema más cerca de la opinión pública en su artículo de El País.

LXXX: Descentralización regulatoria

Mapa Europa y Mediterráneo

mapaEn el epílogo del libro reciente de Ignacio Sánchez Cuenca se hace una referencia muy lúcida sobre el trilema de Rodrik: la [[globalización]], la soberanía nacional y la democracia no son posibles simultáneamente, aunque sí lo son tomadas de dos en dos. De ahí que haya que ir tomando posiciones sobre el par que nos interesa. Si bien como economista me gustaría preservar la globalización de los mercados, me resulta muy duro tener que renunciar a la democracia (entendida como ese derecho al voto individual en el que se plasma el gobierno del pueblo más allá de los tecnócratas), por lo que solo me queda renunciar a la soberanía nacional, tratando de montar una democracia mundial.

Mi manera de hacerlo es tal que vista desde su culminación, los Estados-Nación habrían desaparecido y el mundo sería una confederación de comunidades identitarias construidas alrededor de memes compartidos. Ante una sugerencia de este tipo suele argüirse que la confederación deja poco espacio a la centralización necesaria para ciertos menesteres que exigen una regulación pública. Sin embargo, pienso que cabe un argumento a favor de un tipo de innovación que explique por qué la descentralización regulatoria es conveniente y posible. Me refiero a algo a lo que hacía referencia ya hace muchos años en este work in progress.

Pongámonos en el peor de los casos y pensemos en la regulación de la competencia, una actividad ésta que al no estar localizada en un territorio específico, parecería que debería regularse de manera central, lo que en un mundo globalizado parecería exigir una regulación mundial totalmente centralizada. Este no es el caso de la educación, por ejemplo, puesto que al menos hasta ahora, sigue siendo presencial, de forma que cabe la posibilidad que innovar y experimentar en cada territorio con preferencias diferenciadas. El caso del sector eléctrico es ya más dudoso, y vemos cómo tanto las empresas eléctricas como las propias organizaciones internacionales solicitan un regulador superior al que correspondería a la nacionalidad de esas empresas globalizadas. Sin embargo dada la diversidad de fuentes de energía primaria o de formas de generación eléctrica o de necesidades sectoriales o nacionales, se imponen una condiciones de compatibilidad de incentivos que hacen imposible la consecución de un óptimo de primer orden que, presumiblemente, sería el que trataría de poner en práctica ese regulador único.

Sería mejor, pienso, la competencia entre regulaciones diferenciadas que premitiesen la experimentación y el aprendizaje que poco a poco vaya acercándonos a lo que sería el óptimo de primer orden, o el desarrollo del mercado competitivo de OPAS, que harían el mismo papel que la competencia regulatoria cuando esta no pueda ser puesta en práctica. Pero este mercado de OPAS también plantea la necesidad de regulación que, sin embargo, no plantea problemas de localización, como ocurre en el caso del sector eléctrico, y puede gozar de la experimentación y la innovación.

Aunque el argumento anterior, de corte asignativo, exigiría mayores precisiones, me parece que poco a poco se va imponiendo entre los economistas duchos en materias como la innovación o la información. Ahora quiero complementarlo con las ventajas de la regulación descentralizada en el aspecto equitativo más allá del asignativo.

Contrariamente a lo que trataré de argüir, se dice que esa centralización administrativa reduce las posibilidades de la captura del regulador. El asunto tiene su enjundia, pues la captura de cualquier regulador independiente es una eventualidad que pone en juego la naturaleza de la forma de capitalismo en la que estamos viviendo desde hace muchos años, una forma que contradice la conocida salmodia sobre las virtudes de la competencia como parte fundamental de la economía de mercado que, junto a la propiedad privada del capital, conforma el capitalismo. Y contradice la defensa de la competencia, porque la correspondiente comisión reguladora puede pervertirla generando rentas ya sean de posición (entendidas con amplitud y no meramente como rentas de la tierra) o cuasi-rentas derivadas precisamente de una falta de competencia que permite formas de composición accionarial que propician el monopolio.

Esta cuestión no es trivial porque la [[disipación de rentas|generación de rentas]] [[escasez|aumenta artificialmente la escasez]], influyendo arteramente en la distribución y disminuyendo la igualdad de oportunidades en un momento económico en el que esa igualdad merecería mejor trato a la vista del mucho desempleo existente, y especialmente del escandaloso porcentaje de jóvenes parados, jóvenes que necesitarían una oportunidad si no queremos perder la capacidad de producción de casi toda una generación sobradamente formada.

El argumento en favor de la eliminación de las rentas derivadas de la captura del regulador es importante, pero no está ni medio claro que sea más fácil capturar a un regulador menos central. De hecho, y basándome en la mayor eficacia recaudativa de las haciendas descentralizadas, me atrevo a aventurar que capturar a un regulador de lo que sea siempre es más dificl cuando se trata de un regulador descentralizado. Cabe el argumento contrario, que nos alerta de que el conjunto de todos los capturadores juntos acabarían teniendo la misma fuerza que uno que fuera como la suma de todos ellos en lo que se refiere a la capacidad de capturar a un único recapturador. Sin embargo, este argumento me parece hace aguas, por razones no tanto económicas como sociales y políticas, cuando estamos hablando de una confederación de comunidades identitarias. En este caso, la dificultad de todos los reguladores descentralizados para ponerse de acuerdo parece muy grande debido precisamente a esas razones culturales o identitarias.

Como consecuencia de todo lo explicado hasta aquí, y volviendo al principio, me parece que el trilema de Rodrik, y especialmente la solución que me interesa porque no renuncia a la globalización ni a la democracia, es difícil de lidiar cuando estamos en un mundo de Estados-Nación o si queremos llegar a un mundo federal de estados independientes, pero que se suaviza si pensamos en el mundo como una confederación de comunidades identitarias.

LXXIX: Grado cero de tartamudez y transparencia total

Byung-Chul_HangDe manera casi simultánea he experimentado muy recientemente dos sensaciones complementarias que me han impactado y me han hecho pensar. Todo comenzó con una sensación yo diría que acústica en medio de la presentación de un libro. Uno de los presentadores efectuó sus comentarios de una forma tal que me hizo buscar algo sobre lo que escribir para tomar una nota, pues me parecía extrañamente urgente asegurar que no me olvidaba. Solo encontré un kleenex en mi bolsillo y escribí sobre él lo que ahora copio:

Grado cero de la tartamudez, hasta las comas se hacen sentir, resta credibilidad pues el que habla no responde a la audiencia ni se mete con nadie

No lo entiendo muy bien, aunque me parece que no está muy lejos de lo que me ha evocado la lectura del primer ensayo de Byung-Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia, un breve comentario que denomina La sociedad positiva. No estoy seguro de poder comunicar con claridad y rasgos limpios la similitud y complementariedad de ambas sensaciones, la que he llamado acústica y la que podría denominar con poca propiedad intelectual.

Pensando pausadamente durante mi vuelta a casa después de la presentación sentía que ese presentador no había dicho nada, aunque el número de palabras utilizado por minuto fue de récord mundial. Agotaba los sinónimos sin intentar en ningún momento decir algo que hiciera ver que los sinónimos nunca son del todo equivalentes, solo trataba de agotar las entradas de uno de esos diccionarios llamados de sinónimos. El discurso era como una corriente de agua a velocidad constante, mansa y sin ningún obstáculo que matizara el rumor o produjera una pequeña olita de espuma. El lenguaje corporal con el que acompañaba ese río sereno era el de la dicotomía entre la mano izquierda o la derecha, con un mínimo balanceo del cuerpo en una u otra dirección. Sería yo totalmente incapaz de repetir ni uno solo de sus comentarios simplemente porque estaba extasiado por la monotonía.

Recordé mi leve tartamudez infantil, especialmente notable en las palabras que comenzaran por M o por T, y cómo poco a poco fuí respirando un poco más profundamente antes de atacar cualquiera de ellas. Recordé compañeros de colegio que sufrían por este defecto del habla, y volví a simpatizar con ellos recordando cómo yo esperaba sereno a que acabaran de pronunciar la palabra que actuaba de valla, y cómo se me abría la mente cuando la valla había sido superada, de manera que podía contestar a aquello que el tiempo de espera me había hecho ver que subyacía a lo que el lenguaje acabó diciendo. Nunca el lenguaje comunicaba literalmente todo lo que aquella cabeza había elaborado en sus conexiones neuronales. Mucho quedaba implícito, y esa parte es la que me hacía pensar creativamente a mí. Justo lo contrario de lo que me ocurrió con el presentador del libro al que me he referido. Nada quedaba implícito más allá de la serena riada de palabras, nada de lo dicho significaba un reto para pensar y colaborar en una conversación generadora de sentido. Me vino a la cabeza la distinción entre Erklärung y Verstehen que tantas veces he utilizado para señalar el abismo entre entender alguna dificultad lógica o ambigüedad semántica, y llegar a comprender cómo unas ideas colaboraban a reorganizar la tupida red de otras muchas idas acumuladas. Una ficha burocrática frente una iluminación vital.

Y a los dos días cae en mis manos el comentario de este coreano afincado en Alemania sobre la transparencia. Una sociedad basada en esta exigencia es, según él, una sociedad positiva en la que la negatividad ha sido eliminada, despreciando todo el potencial creativo de esa negatividad que se opone al flujo incesante de ideas que va conformando un campo de operaciones en el que no hay batalla posible pues todo está claro. Destaco en una cita aparte este pensamiento en favor de la negatividad:

La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual. La transparencia es una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los somete a un profundo cambio. El sistema social somete hoy todos sus procesos a una coacción de transparencia para hacerlos operacionales y acelerados. La presión de la aceleración va de la mano del desmontaje de la negatividad. La comunicación alcanza su máxima velocidad allí donde lo igual responde a lo igual, cuando tiene lugar una reacción en cadena de lo igual. La negatividad de lo otro y de lo extraño, o la resistencia de lo otro, perturba y retarda la lisa comunicación de lo igual… Esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada.

Mira por dónde llegamos a que la transparencia o la ausencia de negatividad, es decir, el lenguaje liso, sin tartamudeos, nos lleva a los uniformes. Y como los uniformes, lo mismo que los sables, me dan miedo, reivindico la tartamudez. Pero lo hago mediante la analogía de ese defecto del habla con la teoría (y los modelos) frente a la acumulación de datos e inflación de la información. Dice Han:

También la teoría en sentido enfático es una aparición de la negatividad. Es una decisión que dictamina qué pertenece a ella y qué no. Como una narración muy selectiva, coloca un cortafuegos. En virtud de esta negatividad, la teoría es violenta.

Violencia sin uniforme, dicho esto en un sentido muy general, es algo que me gusta haber hecho durante toda mi vida. Acabo de caer en que fue mi tartamudez infantil la que me llevó a hacer teoría, o a intentar hacerla, y ahí está sin duda mi forma aparentemente arbitraria de distinguir entre las teorías aquellas que me llaman y aquellas otras que me parecen repeticiones de lo mismo. Ahora entiendo también por qué no se confundía quien me llamaba de pequeño «el espíritu de la contradicción», o un Kontraren Kontra.