Souvenirs d´enfance.V: minúsculos jugadores de croquet
BUE
Alrededor del caserío había tierras de labranza. En la parte delantera y un lateral de la casa se habían acotado unos cuantos metros cuadrados para organizar algo parecido a un jardín: un pasillo de hierba de 9 o 10 metros de ancho que iba desde la puerta externa de acceso a la finca hasta la pared que cerraba el jardín en el extremo opuesto donde se levantaba la higuera. Junto a ésta había un pozo y desde él hacia el portón de entrada solíamos instalar el campo de croquet.
Para realizar la labor de colocación de los polos de salida y entrada y las horquillas de metal, se utilizaban unos mazos pequeños creados para ese fin.
Con estos pequeñoos mazos jugábamos las competiciones mi primo y yo. La edad no nos permitía manejar con soltura los palos reglamentarios porque nos superaban en altura y en peso.
Las competiciones, sin embargo, eran con los mayores. Y como testigo de esta hazañaa existía una fotografía en la que se vía a mi madre sentada en una silla en medio de un corro formado por las primas mayores y sus amigas en el fondo y mi primo Maren y yo apoyados en el regazo de mi madre con los dos mazos bien agarrados y luciéndolos como trofeos. La fotografía está tomada de espaldas al sol; este nos deslumbraba y los tres aparecemos con el ceño fruncido defendiéndonos de la luz cegadora.
La imagen no tiene nada de especial en sí misma pero trae a mi memoria una época de serenidad, seguridad, interminables horas de juego, olores característicos como el de la higuera cercana. Y el valor de mis padres de crear este mundo seguro y sólido cuando todavía nuestro país estaba en guerra o recién salido de ella, la vida era dura y áspera, el futuro incierto. Había que volver a levantar la vida normal, la seguridad en la paz.
Ellos lo enfrentaban sin dejar traslucir ninguna inquietud que pudiera enturbiar nuestra infancia feliz.
JUE
Gorrondo Erdikoa era el nombre del caserío y sus “pertenecidos”, que así se llamaban las tierras de labranza a las que se refiere mi hermana. No era muy antiguo; hoy apenas tendría 250 años y se notaban los sedimentos del progreso de la familia en un mirador adosado, relativamente reciente, o en una especie de añadido a modo de garaje rudimentario donde se conservaba el coche de caballos del abuelo Juan, el mismo cochecillo que, tirado por un caballo semiblanco, aparece en una foto ampliada que obra en mi poder y muestra al joven viudo con sus dos hijos, Pepe el mayor y Rafael, el pequeño, nuestro padre, a una edad de unos 4 años y con sombrerito de paja.
Entre el crocket y esta descripción parece que estuviéramos hablando del jardín de los Finzzi Contini, pero no era eso. Era una casa austera que yo solo he conocido deshabitada en las excursiones obligadas de todos los veranos más de 10 años después de los que describe mi hermana. Jamás he podido pensar en Gorrondo ( nuestro apellido número X es precisamente Gorrondona) como el jardín inglés de The Go-between a pesar de que el ambiente que descibe mi hermana y mis recuerdos propenden a sublimarlo.
Sí es verdad que el croquet no me resulta extraño y que en mi memoria profunda hay algo relacionado con él, lo mismo que hay una traza del juego de los palillos. Y ambos relacionados con mi hermana. Su evocación me hace pensar en un daguerrotipo que reflejara la escena campestre, con las primas y sus amigas hablando de cosas de chicas mayores en un tono semi velado y en nuestra madre mimando a Maren y a BUE agarrados a los pequeños martillos de madera. ¿Dónde estaba D. Rafael? Me quiero hacer a la idea de que era él el que apretaba el botón del fogonazo y que no era el sol sino esta fogonozao lo que explica el ceño de los dos primos que recalaban en el regazo de Dª Anselma.
¿La paz en la guerra varios lustros después del cerco carlista al que se refería Unamuno? Algo parecido. Seguro que se esforzaron en que los niños no sufrieran y también sé que pasaron parte de la guerra, posiblemente después de la “liberación” De Bilbao, en Gorrondo en donde enterraron algunas de las joyas de oro en las que invirtió nuestro padre buena parte de sus ahorros en dinero de la república. Mi padre habló alguna vez de oir las baterías franquisras instaladas en el Serantes apuntando a Punta Galea. Las batallitas de una guerra.
Me temo de todas formas que mi hermana ha heredado el afán de nuestra madre de convertirse en la esposa de un gentleman farmer o en una lady farmer directamente. Yo nunca lo he compartido y no tuve ninguna nostalgia al venderlo hace unos años. No me gusta los gentlemem y menos los rurales. Me suena a carlismo trasnochado.
No tengo más remedio que apuntar aquí, rompiendo un poco la cadencia del relato a dos manos, qu el otro día me encontré con Ana, la mujer de Maren, con su hijo Ignacio y Leire una preciosa nieta. Ana, no me acuerdo a santo de qué, me recordó una frase de nuestro padre: “casarse por dinero es peor que pedir dinero al banco; es más caro”. Ya sabía que era generoso, pero ahora pienso que a nuestro padre le interesó un día el amor. Nunca había pensado en ello.
