Souvenirs d´enfance. VII: Signos de intelegencia
BUE
Mi pobre madre debía estar desolada.
No es fácil asimilar que tu única hija de signos de ser obtusa.
Era una tarde de verano. Había un sol radiante y yo me balanceaba en un improvisado columpio casero que colgaba de una rama gorda de uno de los tilos del jardín.
Como no tenía fuerzas para darme impulso a mi misma, Juan, el hijo del casero me empujaba con fuerza y yo daba gritos de entusiasmo al sentirme lanzada hasta casi tocar las ramas y las nubes con la punta de los pies.
De improviso, mis dos primas mayores dieron signos de salir del jardín y marcharse a algún sitio.
Pregunté a voz en grito, desde mis alturas que casi tocaban el cielo, a donde se dirigían. Me contestaron con voz cansina, ya hartas de tenerme siempre a su vera: ” a la porrita frita”.
Rápidamente pedí a gritos que pararan el columpio y chillé a mi madre: “yo también quiero ir a la porrita frita”, haciendo ademán de apearme bruscamente.
No quería perderme ninguno de los sitios emocionantes a donde iban mis primas mayores.
La carcajada fue general. Algo debí de percibir como ridículo porque sin que nadie me explicara nada sospeché que “la porrita frita” tenía otro significado: me querían dejar de lado.
Y eso sí que era desolador.
JUE
Ya estamos de vuelta en Gorrondo, el caserío donde, antes de que yo naciera, pasaban los veranos después de la guerra mis padres con su hija y mis dos primas ya integradas en la familia en la que luego aparecí yo inesperadamente. Para mi hermana parece ser como el paraíso de la infancia perdida, pero también el surgimiento inevitable del sufrimiento, siempre mezclado con la inocencia.
Todos, al menos así lo espero, hemos sentido el placer del columpio que, como dice mi hermana, nos acerca al cielo. La escena, sin embargo es más compleja pues sabemos implícitamente que nuestra madre estaba allí y que los caseros también, dando el contrapunto.
El casero era Patxiko (entonces siempre escrito como Pachico) mayor que nuestro padre y el único que había conocido a Juan Urrutia, nuestro abuelo. Pachico tenía una hija, Marichu, un poco alocada y un hijo, Juan, quien sería el que daba impulso al vuelo del columpio de mi hermana. Marichu a su vez tuvo un hijo, Imanol, que muchos años más tarde me proporcionó muchos dolores de cabeza. Porotro lado en un caserío más reciente que el abuelo Juan había hecho construir como recuerdo de su jóven esposa fallecida al dar a luz a nuestro padre y dode vivían Begoña y Vitxori, que casaron con Pedro y Antón.
Basta con certificar aquí que Pedro era empleado del ferrocarril que unía Bilbao con Berango pon la margen derecha y que no solo me regaló, años despues de la escena descrita por mi hermana, un picabilletes, sino que otro día me dejó viajar en la máquina. Recuerdo muy bien a su hijo Rafa, ahijado de nuestro padre cuyo nombre llevaba.
Por su parte Antón se hizo cargo de las labores del campo y del ganado cuando faltó Pachico y todavía veo de cuando en cuando a su hijo Miguel y a su hija Victoria.
Pero por aquel entonces Pachico y su descendencia mantenían el caserío cuya parte trasera habitaban y, lo que desde ahora me parece inusitado, nos traían la leche todos los días a Bilbao yo diría que en burro, aunque se me hace dificil imaginarlo visto desde ahora.
No me extraña que mi hermana tenga rescuerdos imborrables si yo, que no vivía quellos tiempos, también los tengo aunque sean de segunda mano; pero este de sus recuerdos que ahora gloso, comunica dos cosas serias.
La primera es una frivoldad inusitada en una persona como ella: presentarse como obtusa cuando sabe que, lejos de ello, es bastante capaz, yo diría que más que bastante. Un orgullo encubierto que no tiene nada de santo.
La segunda es el sufrimiento terrible que tienen los inteligentes tímidos cuando notan que se les hace el vacío. El mundo se derrumba y el piso se mueve bajo los pies, pierden el habla y querrían morirse inmediatamente. Quienes, como posiblemente nuestras dos primas Elejalde y, sin duda, la pequeña, Marisa, no son tímidos no saben lo que significa el no ser aceptado. Está en el origen de muchísimas decisiones posteriores y en muchos rasgos del carácter, aunque el rechazo sea tan trivial como el que relata BUE.
