Serenidad aparente

Nos convertimos en una perfecta pareja burguesa. Ambos en el mundo de la educación. Ella seguía en la educación infantil y, como tal, seguía llevando a sus alumnos de vez en cuando al Prado-Educación y aprovechaba ese momento, pienso, para pensar por su cuenta sobre cómo robar («hacer público» se había acostumbrado a decir) un cuadro. Yo continuaba pasando mi tiempo en esa universidad que exigía muy poco en términos de dedicación, así que también usaba mi tiempo libre para imaginar la forma de llevar a término ese robo.

El tamaño era un problema central. No se trataba de hacerse con el Descendimiento de Van der Wyden, a mi juicio el mayor tesoro del Museo del Prado, no tanto para evitar una persecución terrible e internacional sino, sobretodo, por no poder imaginar una forma de hacerlo precisamente por su tamaño. Presentar a Marian esa decisión haría que ella se sintiera triunfadora en su tarea de acabar con mi sueño de identidad especial. Para ella éramos ya un par de arenques que nos arreglábamos para seguir siéndolo evitando una excesiva franqueza. Ella simulaba pensar en el robo tratando de minimizar su importancia económica y yo fingía que ya no me interesaba el asunto pues jamás hablaba de él y ni siquiera lo mencionaba en nuestras tardes cariñosas y, mucho menos, en atardeceres manos tranquilos y más amorosos.

Pero nada más lejos de la realidad. Si seguía en la universidad era porque podía dedicar buena parte de mi día a imaginar otro plan heroico alternativo y detallado. Mucho mejor robar una colección de pequeños pinturas no colgadas en el cuerpo central del Museo o, alternativamente, un cuadro relativamente pequeño. El robo debía hacerse al anochecer un día tranquilo y simultáneamente con un simulacro de robo por la parte del cuerpo central. De esta forma casi toda la seguridad se trasladaría a esa puerta general del Museo mientras que Ramón o yo sacaríamos el cuadro que nos interesaba para nuestros planes de heroicidad y enriquecimiento por la puertecita que da a la plaza de Murillo.

¿Cómo continuar? Esto no lo tenía yo tan claro. Dudaba entre dos alternativas. La más obvia parecería ser que, el uno o el otro, condujera un vehículo disfrazado de policial que ocuparía el lugar normalmente ocupado por un vehículo policial real, mientras que el otro o el uno introduciría el cuadro en ese vehículo que inmediatamente rodaría por el Paseo del Prado en dirección a un lugar seguro e inimaginable. La otra posibilidad era la de abandonar un paquete aparentemente sucio y ridículamente grande sobre las tapas circulares de una alcantarilla de esa plaza que, una vez abierta, condujera a un vacío que acabaría en las cloacas por donde se llevaría el cuadro hacia su destino final. La alternativa estaba clara y solo quedaba comparar los detalles de una u otra de las opciones.

Pero antes de entrar en esos detalles, había que decidir con cuidado qué cuadro sería el instrumento de mi acto heroico. De momento mi plan preferido era jugar con un cuadro a determinar y conseguir una buena copia del mismo. Faltaba, claro está, no solo determinar de qué cuadro en concreto se trataría, y conseguir una buena copia del mismo, sino también de decidir por donde trataríamos de sacar el uno y la otra. Mi idea era fingir el robo del verdadero amagando su salida por la puerta principal y sacar simultáneamente el falso por la puertecita de Murillo en ese momento sin guardias de seguridad que acudirían a la principal. Esto es lo que yo pensaba hacer, pero nadie lo sabía pues nunca se lo había mencionado a Marian y no hablaba de este asunto con ninguna otra persona excepeción hecha de Ramón naturalmente.

No me incomodaba esa serenidad aparente, incluso llegué a disfrutar de ella; pero no podía olvidar que está basada en una mención no expresa de mis planes de forma que, cada vez que charlo con Marian de esos planes, estoy mintiéndole, cosa que no se merece. Quizá debiera olvidarme del todo de la construcción de mi identidad última y concentrarme en la vida con Marian. Quizá.