Segundo Decenio VIII: El Infarto

En cierto sentido la aventura del Expalador de Neutrones me hizo vislumbrar una forma de vida, estilo bussineslike, que nunca me había interesado en sí misma pero que después de fracasar en ella comenzó a interesarme como posible actividad selectiva aunque no parezca tenga nada de granel. Y esta evidencia de que puede haber otra vida diferente de la que yo había vivido influyó en el resto de mi vida. Pero no fue determinante pues ocurrió algo que lo condicionó todo. Me refiero al infrato que sufrí en el Empordà en Agostó del año 2011.

Llevábamos ya muchos veranos disfrutando de esa preciosa casa de la que ya he escrito y de sus alrededores bellos y tranquilos, o lo contrario, como quisiéramos cada día pues, una vez se aceptó mi dimisión al frente de la comisión creada para la consecución de la planta de neutrones, recobré esa libertad de no hacer nada ya casi justificada pues estaba bastante cerca de cumplir 67años y los problemas financieros no me preocupaban.

No es de extrañar por lo tanto que casi inconscientemente recobrara ilusiones infantiles y procurara satisfacerlas. Una de ellas, la más importante, era la de ese navegar deportivo que tanto había envidiado en mis veraneos infantiles en Las Arenas. Alquilamos preciosos barcos pequeños pero suficientes como para creerme un gran piloto naútico; aunque la felicidad llegaba cuando alguien de mi entorno me invitaba a ir a pescar en su barquito.

Ese fue el caso en aquel verano de 2011. Después de una magnífica cena en el campo de unos amigos nuevos, rodeados de viejos amigos catalanes que me hacían sentir en ese extranjero que siempre he añorado, y extasiado por las finuras conversacionales que retrasaron la hora de retirarse a descansar, a penas pude yo recuperar fuerzas y medio dormido acudí a la siguiente cita muy de mañana en el Golfo de Rosas, para embarcar en un pesquero propiedad del primo de un buen colega mío universitario y él mismo profesor en la Universidad de Girona.

No solo puede cumplir mi sueño de manejar el timón mientras los otros dos pescaban sino que también pude pescar yo, una actividad esta que me satisfizo pero me produjo un pequeño mareo que, seguramente como efecto de la cena de la pasada noche, me hizo vomitar un poco en el atraque.

Después de agradecer esa preciosa mañana al dueño del barco, mi buen amigo y yo desembarcamos y, a fin de recobrarme del mareo nos sentamos en un banco del puerto. Como no me recobraba del mareo ni de sus efectos, mi amigo sugirió que nos acercáramos al centro de salud cercano por si me podían ayudar a mi equilibrio. Caminamos tranquilamente y después de esperar un tiempo nada corto un médico me examinó cuidadosamente y pronunció aquellas palabras que todavía me retumban en los oídos: «está usted teniendo un infarto».

Como no me lo podía creer hice toda clase de bromas, pero ellos no cedían en su diagnosis y no me dejaban levantarme de la cama de hospital en la que me tenían tumbado. Esto le dio tiempo a SB a llamar a mi mujer que se embarcó en nuestro coche para recorrer los 50 kms, aproximadamente, que nos separaban en aquel momento.

Al rato los sanitarios me anunciaron que venía un helicóptero para trasladarme al Hospital Trueta, en Girona capital, a donde llegué tumbadito en una camilla mientras mi mujer y mi amigo, cada uno en su coche, conducían a ese famoso centro sanitario en el que confirmaron sin duda alguna el diagnóstico del ambulatorio.

Al día siguiente añadieron que debía operarme inmediatamente pero que era yo el que debía darles permiso o pensar si deseaba que lo hicieran en algún otro centro en el que yo tuviera confianza. Conectamos con el hospital Ruber Internacional de Madrid, desde el que mi médico de cabecera se puso en contacto con el Trueta y decidió que lo mejor era que me interviniera en Madrid el médico que ya conocía lo de mis stents de hacía un par de años y mi salud general.

Así que al día siguiente, después de despedirme de mi amigo SB y hacerle ver que me había salvado la vida, embarqué en una ambulancia y pusimos rumbo a Madrid seguidos por mi mujer, mi hijo y mi hija cada uno en su coche. De Girona a Madrid se tarda lo suyo, pero yo no me enteré supongo que gracias a algún tranquilizante y porque me encontraba seguro gracias a que, además del conductor de la ambulancia, nos acompañaba un médico que sabía como actuar en caso de necesidad. Llegamos bien gracias a que yo supe explicarles cómo llegar a ese hospital o a que mi mujer decidiera ponerse al frente de la expedición. En cualquier caso todo fue bien, fui escrutado a fondo y se me explicó cómo sería la operación. Ya acepté mi presente peligroso aunque continuaba sin sentir nada especial.

Mi siguiente recuerdo es ya posterior a la operación pues los preparativos me parecieron triviales. En un momento dado abrí los ojos y besé fuerte a mi mujer e hijos. En pocas hora estaba ya con la mente clara y feliz de seguir vivo. Los días en ese hospital estupendo que desde entonces adoro, fueron un placer a pesar de los ejercicios respiratorios que debía hacer muy a menudo y que en algún caso generaban cierto dolor. Hijos y esposa me trataron de maravilla, nunca lo olvidaré, y en poco tiempo estuve presto para volver a mi casita que tanto quiero.

A medida de que mejoraba y recibía feliz muestras de cariño de amigos y colegas yo iba volviéndome hacia mí mismo e imaginando mi futuro como el de un ser eterno siempre sano y feliz que, como diría ahora diez años más tarde, ya no tenía que pensar en la mediocridad o en las obras selectas.