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Recuerdos de diván

Father of PsychoanalysisHace tanto calor que no voy a la playa y me quedo tumbado en un sofá disfrutando del aire acondicionado. La lectura de los periódicos del día ya ha concluido y ya no pienso en escuchar por tercera vez consecutiva los Gurrelieder de Schoenberg. Así que no tengo más remedio que repasar la prueba de la existencia de Dios de San Anselmo, un argumento que me dejó pasmado a los quince años y que ahora me recuerda Richard David Precht en su entretenido libro «¿Quién soy yo… y cuantos?». Pero no encuentro postura para enfocar bien las letras en este ambiente cerrado que he creado para sobrellevar este ataque de África. La mente me vuela al Sahel, pero es un pensamiento demasiado penoso. Poco a poco mi mente acaba divagando sobre todo y nada, un poco como en el diván que aquel tipo desagradable «inventó» en el número 19 de la Berggasse de la Viena de entresiglos.

Y me llegan estos dos pensamientos muy de diván. El primero se refiere a ese hueso de mi rodilla izquierda que nunca ha dejado de intrigarme. Apareció sin avisar cuando yo tenía unos 14 años y no era mi mejor momento. De hecho ese hueso que dolía un poco al ser apretado era mi consuelo cuando mis compañeros de curso ya me iban adelantando en las filas del cole debido a su mayor altura. Nunca llegué a ser el último de la fila, pero el periodo que ocupa mi caída de las primeras posiciones a las últimas es una de las peores épocas de mi vida. Ese huesecillo representaba para aquel adolescente un poco atormentado algo así como un dobladillo, una promesa de crecedera, que yo examinaba cada noche en la bañera diciéndome que ese material era la promesa de un futuro crecimiento que yo sabía que habría de llegar. Nunca llegó.

El segundo pensamiento de diván que que me llega como efecto de la calima que casi cubre el cielo se refiere a un examen médico general como de hace unos 12 años. A la luz de un análisis de sangre aquel médico poco profesional me anunció que o bien tenía el mal de Paget (algo que, una vez conocida su naturaleza, explicaría mi hueso del párrafo anterior) o bien una metástasis de un cáncer no diagnosticado. Que me volviera Madrid y que me revisaran bien mis médicos habituales, eso me dijo aquel doctor de esa afamada clínica privada. Ni que decir tiene que esa noche lo pasé fatal creyendo que era el comienzo del fin, pero creo que lo interesante es recordar que lo que mi pensamiento desbocado en la vigilia aterrorizada elaboró fue que, si me quedaba al menos un año de vida, aprendería a jugar al golf y asombraría a mis amigos golfistas. Sigo sin saber jugar al golf.

Supongo que esos pensamientos acuden a mi mente porque hoy es el aniversario de mi infarto, pero lo interesante es lo que esos dos pensamientos de diván revelan. Me importa más ganar, destacar, que seguir viviendo. Un enorme espíritu competitivo del que no sé si he sacado el suficiente partido. Creo que no.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.