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¿Qué escribir? ¿Cómo hacerlo?

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¿Qué escribir? No se me ocurre nada que no tenga algo que ver, directa o indirectamente, con los atentados recientes del llamado Daesh en París o con sus posibles conexiones con la solución que algún día dará Europa al problema de los migrantes que intentan llegar a esa Europa que todavía hoy podría ofrecerles oportunidades de vida digna.

Pero sobre todo eso no quiero escribir porque ya se ha prostituido el tema por medio de los medios sociales generales que nos hablan sin parar de «guerra» y sobre las posibles represalias contra ese Daesh que, sinceramente, no se lo que pretende más allá de seguir los consejos del profeta de Alá sin importarle los medios.

Y solo eso, caminar al ritmo del profeta, puede generar ese entusiamo del que nos habla Marina en La Vanguardia y que creo desconocido desde hace mucho tiempo por nuestros lares en los que esa sensación divina parece olvidada y solo malamente remedada por un triunfo deportivo aunque sea a través del dopaje. O, más cercano, por el deseo de independencia manifestado en la calle abrazado a tus hermanos patrios.

Recuerdo el entusiasmo que me produjo el ensalzamiento del realismo soviético del gran pintor Deineka en su exposición en la Fundación March. O el asombro entusiasmado de la visualidad deslumbrante de Leni Riefensatahl, aquella gran cineasta y musa de Hitler a la que solo conocí en los años setenta y en Estados Unidos. Y, en ambos casos, recuerdo ms sensaciones con cierto malestar, aturdido por el estruendo de la contradicción entre mis convicciones morales y políticas y ese entusiasmo que hoy todavía descubro por debajo de esas obras artísticas y que no estoy dispuesto a creer que viene forzado por el miedo o un simple reflejo del deseo de supervivencia.

Pues bien ¿dónde está el entusiasmo de la yihad? En algún lado debe de estar y quiero encontrarlo, no para dejarme contagiar por él sino para tener otro ejemplo de algo de lo que, estoy convencido, comparto con soviéticos, nazis y yihadistas y cuya falta de reconocimiento en mí mismo no me hace más humano ni más civilizado.

Mi obligación autoimpuesta es no romper las normas de la convivencia fraternal y discutir sobre formas de vida alternativas dentro de esas normas, de la misma forma que no me permito dejarme llevar por el deseo y llegar a ejercer la fuerza para alcanzar el paroxismo sexual en una violación. Ese ejercicio de la fuerza violaría esas normas autoimpuestas de igual forma que el regimen nazi o la llamada dictadura del proletariado lo hicieron. Pero una cosa es mi convicción político-moral y otra cosa es el reconocimiento en mí del entusiasmo que me eleva a los cielos y muy a menudo de la mano de mis hermanos.

Pero ¿cómo escribir de esto? Y si no lo hago ¿cómo recuperar el entusiasmo?

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.