¿Qué es un autor?
Esta interrogación es el título de una conferencia muy famosa que pronunció Michel Foucault en 1969 y que ya apuntaba la inhumanidad que se atribuye a la obra de este autor y que se asocia a la muerte del sujeto que hoy nos parece tan corriente.
Dos años antes y en plena adolescencia intelectual yo había intentado comprender algo de Las Palabras y las Cosas como algo más allá del movimiento estructuralista que había comenzado a llevarnos por una deriva ortogonal al marxismo omnipresente en aquel tardofranquismo. Pues bien 36 años más tarde topo con unos textos de Giorgio Agamben (Profanaciones, Anagrama, 2005 ) que me retrotraen a aquella época pero ahora en un estadio cultural que oscila entre mi deseo de hacer mío lo que escribo, tal como quería Raymond Chandler, y este problema fascinante de la propiedad intelectual y, más específicamente, del derecho de autor o derecho de copia (copyright).
Tal como yo entiendo a Agambe, el autor, como persona con cara y ojos que escribe o practica cualquier otra forma de creatividad cultural, sería para Foucault necesario pero irrelevante. Lo que sería relevante para Foucault sería lo que denominaba la función-autor que “caracteriza el modo de existencia, de circulación y de funcionamiento de ciertos discursos en el interior de la sociedad”. Esta función-autor tendría para Foucault diversas características según refiere Agamben en el ensayo correspondiente al Autor de la obra citada.
Para empezar constituiría “un particular régimen de apropiación que sanciona el derecho de autor”, una característica sobre la que volveré. Pero también hay que entender esta función como un conjunto de posibilidades como la de “distinguir y seleccionar los discursos en textos literarios y científicos”, como la de “autentificar los textos constituyéndolos como canónicos”, como la de “dispersar la función enunciativa en una variedad de sujetos” o como la de “construir una “función transdisciplinar que hace del autor un instaurador de discursividad. ( Marx es mucho más que el autor de El Capital y Freud mucho más que el autor de La Interpretación de los Sueños)”.
El subrayado de el autor como instaurador de discursividad añade a la necesidad manifestada por de Chandler de sentirse alguien único, la aspiración a que esa unicidad sea inaugural. Y, sin embargo, esa esperanza es vana para un postestructuralista. Según Agamben, Foulcault añadió dos años más tarde en otra conferencia que “el autor es un determinado principio funcional a través del cual, en nuestra cultura, se limita, se selecciona; en una palabra: es el principio a través el cual se obstaculiza la libre composición, descomposición y recomposición de la ficción.”.
A mi juicio, la relevancia de la función-autor no anula del todo ni hace patético el deseo de autoría de un sujeto cualquiera que, por otro lado es necesario, aunque sea irrelevante, como persona nominalmente identificada. Es necesario para estructurar el discurso y la forma que tiene de hacerlo lo constituye. En el primer ensayo de Profanaciones, Agamben arguye convincentemente que el genio, entendido como ese espíritu o fuerza mágica que siempre nos acompaña y que quiere expresarse de manera natural, sin poseer los instrumentos para hacerlo, entra en una relación difícil con el ego del sujeto que sí posee la fuerza artificiosa de la expresión. Esta extraña relación genera o bien una creatividad potente o bien un debilitamiento anorexico según que nuestro ego sea capaz o no de utilizar la fuerza continua del genio a su favor o se vea desbordado por esa fuerza innominada.
Si como autores de carne y hueso querríamos ser meros testigos de la naturaleza “divina” del genio como principio engendrador, tendríamos que desaparecer como propietarios de nuestra obra y convertirnos en simples intermediarios de la gracia, por usar una palabra corriente en nuestra cultura mística, de la misma forma que el sacerdote es un intermediario con la divinidad. Si lo que queremos es ser propietarios de nuestra obra y cobrar esos derechos de autor que dan fe de nuestra autoría, entonces perjudicamos a la función-autor y nos interponemos en la libre composición, descomposición y recomposición de la ficción. Lo misterioso y terrible de esta elección entre el desarrollo del “espíritu” y el patético deseo de conformación de una personalidad única y eterna, es, según Foucault y Agamben, que solo conseguimos esto segundo cuando el genio ha desaparecido y ya no servimos como intermediarios de nada. Como cuando el gran matemático Félix Klein confiesa a una todavía temprana edad que está preparado a sustituir el genio perdido por la eficacia social.
Y ahora veamos cómo estas ideas quizá demasiado esotéricas se plasman en nuestra realidad circundante y asquerosamente mundana. Confesaba hace poco Carlos Saura que, en su última película, manipulaba a Albéniz de forma que, añado yo, a través de un Saura que dasaparece poco a poco, Albéniz se expresa después de muerto. Cuando un dj mezcla contribuye a liberar el sonido oculto y a innovar en la articulación de una nueva música. Las obras originales que Saura manipula, o que el dj mezcla, despliegan toda su potencialidad gracias a dos funciones-autor cuyas obras lejos de ser adoradas deberían ser violadas a su vez.
Este es el devenir de un discurso que vuela solo impulsado por el genio y al que la Propiedad Intelectual no hace más que frenar. Dicho de otra manera: yo no soy más necesario como autor cuanto más cobro por derechos de autor; sino justamente al revés. Tanta mayor parte de lo nuevo, en este mundo de lo culturalmente creativo, se debe a mí cuantos menos derechos de autor pueda reclamar o cuanto más a menudo se viole mi derecho de copia, mi copyright.
No me negarán que es una casualidad sospechosa que, en medio del florecimiento de la SGAE o de otras sociedades gestoras de derechos de autor, aparezca la ultima obra de Vilà-Matas (Doctor Pasavento, Anagrama, 2005 ), en la que se narra la historia de un escritor que, como Robert Walzer, quiere desaparecer como autor reconocible, pero no puede dejar de dar testimonio de sí a través de una escritura de caligrafía diminuta e ilegible (aunque haya sido descifrada últimamente) de cuya autoría , espero, nadie que ame o admire a ese ser, vaya a reclamar los frutos mundanos. Como también dice Foucault, mi “huella del autor está solo en la singularidad de su- mi- ausencia”, en mi manera específica de desaparecer, de dejar que la gracia del genio encienda ese filamento inerte en el que me he convertido y lo haga luminoso y calorífico.
Y si, a pesar de toda esta evidencia filosófica (si se me permite esa expresión nada habitual ), me dicen que un autor nominalmente identificable no puede renunciar a sus derechos de autor y que Teddy Bautista le va a enriquecer quiera él o no, no me queda más remedio que concluir que la SGAE o los derechos de propiedad intelectual están creando autores de pacotilla mientras entorpecen la circulación de ese discurso dictado por un genio impotente.
Aquí acabo con esta manera digamos que filosófica de pensar la parte de la propiedad intelectual que tiene que ver, entre nosotros, con el derecho civil. No hace falta que derive el obvio corolario de que la idea anglosajona de los Ceative Commons proporcionan una manera específica de desaparecer como autor y por lo tanto de contribuir a la manera propia de uno a la circulación del discurso o de la gracia, liberando al genio que nos habita.
Pero queda todavía la parte de la propiedad intelectual que, entre nosotros, tiene que ver con el derecho mercantil y hace referencia a las patentes. Esto es mucho más peligroso y requiere un tratamiento más económico y mucho más largo que estoy dispuesto a proporcionar en otro momento. Pero ahora quiero terminar con un último apunte.
Acabo de sugerir que, desde el punto de vista de una cierta corriente filosófica, el copyright acaba con el destino del autor que le arrastra a la desaparición a su manera: la muerte del sujeto. En ese otro trabajo de corte económico que acabo de anunciar mostraré que las patentes acaban con el despliegue del objeto adelgazando y estrechando la realidad: la muerte del objeto. Permitir que el sujeto se manifieste en su función relevante de mediador y estructurador del discurso infinitamente inacabable y abrir la puerta a la proliferación de l realidad objetual, deberían ser a su vez nuestra función ciudadana como engranajes de un mundo que funciona solo. Si actuamos al contrario tal como venimos haciendo y parece que queremos seguir haciendo, nos perderemos a nosotros mismos y empobreceremos el mundo. Eso sí, a cambio de unos euros.

Diciembre 22nd, 2005 a las 13:26
Hagamos collage:
- “Revelar el arte y esconder al artista, ésa es la meta del arte”. Oscar Wilde.
- “El asco a lo humano en el arte es por respeto a la vida y una repugnancia a verla confundida con el arte, algo tan subalterno… […] Repugna ante toda la confusión de fronteras. El poeta empieza donde el hombre acaba, la misión de aquél es inventar lo que no existe. Autor viene de “auctor” el que aumenta. Los latinos llamaban así al general que ganaba para la patria un nuevo territorio.” Ortega y Gasset - La deshumanización del arte.
En los últimos comentarios de nuestro blog estamos dando vueltas al tema que tocas. Las formas de producción del dj pueden revelar algo de una tendencia futura.
Diciembre 22nd, 2005 a las 13:34
Por cierto, gracias por la recomendación del libro de Giorgio Agamben, particularmente me vendrá de perlas para muchas clases de filosofía contemporanea.
Mayo 19th, 2006 a las 21:17
prezado editor,
tenho lido muitos comentários sobre esse texto de Agamben (”el autor como gesto”). Você teria outros trechos do texto para me passar? Gostaria muito de lê-lo.
Abraços,
Valdir Prigol
Mayo 21st, 2006 a las 20:39
Me temo que no tengo referencia alguna que recomendar y que sea específica de la autoría. Si me pusiera a buscar trtaría de mirar en la herencia de Heidegger.
De todas formas me parece que el fenómeno del dj, siempre que sea escalable, es decir que lo qué el mezcla pueda ser a su vez mezclado, es el soporte más evidente de lo que quero decir.
Diciembre 11th, 2006 a las 21:34
[…] El mundo construido es un poco como la ficción que curiosamente cada vez se lleva menos o cada vez se entrevera más con lo documental ( a su vez real o ficticio). Hay multitud de ejemplos. Pensemos en las novelas de Javier Marías o en las de Vila-Matas, o en las de autores ingleses de moda aquí como MacEwan, que deben documentarse para escribir su obra de ficción. Pensemos en el cine. Acabo de ver IBERIA de Saura a la que ya me he referido en este blog. Se trata de undocumental sobre la música de Albeniz recreada por el cineasta. Medem hizo la Pelota Vasca y he leído que ha filmado otro documental sobre la esquizofrenia. Me dice mi mujer que la última de Spike Lee es otro documental “ficcionalizado” ( o al revés) sobre New Orleans y el Katrina. Y eso sin mencionar al Baron Cohen de Borat o al Mike Moore que lo que hacen son realmente documentales ficticios. […]