Perfilando el robo

Sí, se puede vivir en Lavapiés y, además, pienso que me resultaría agradable vivir en ese barrio tan único. Además es el barrio de Marian y ella disfrutaría en él por la cercanía de sus padres, o a pesar de esa cercanía que, sin duda, le impondría algunas obligaciones adicionales. Mi problema ahora ya no es el de desaparecer de nuestra vivienda actual a fin de facilitar ese robo fundamental; sino más bien el de llevarlo a cabo con inteligencia e integrarlo en nuestra posible vida apacible de funcionarios de educación. Tanto esa apacible vida que creo desear como el robo dependen también de la otra pareja que se va consolidando en paralelo con la nuestra, de manera que a mí me toca ahora plantear ese robo, que en principio me concierne sobre todo a mí, de forma aceptable a las otras tres personas involucradas.

Se me ha ocurrido últimamente que sería mucho más fácil de llevar a cabo si se hiciera en el contexto de un programa de realización de copias de cuadros valiosos por parte de estudiantes que muestran habilidades al respecto. Estos cuadros estarían almacenados en un lugar significativo de esa parte del edificio que se conoce como Prado-Educación sometidos a un cuidado minucioso mientras el Patronato del Museo estudia su destino acorde con las intenciones generalizadoras de ese Patronato o de aquellos mecenas que los donaron en su día, como era el caso de los fallecidos padres de Ramón. En consecuencia, y conociendo la identidad de cada obra y los planes educativos que contempla el Museo, no sería difícil para Marian y Emilia esbozar un plan educativo para jóvenes prometedores de los institutos de Madrid. El cuadro que yo deseo robar formaría parte de los seleccionados para ser copiados y se le asignaría a uno de los mejores copiadores elegidos.

La mayor dificultad del robo consistiría en atraer a la policía que protege el Museo, incluyendo la que generalmente se encuentra en la plaza de Murillo, hacia la puerta de los Jerónimos mientras Emilia y Marian acarrean el cuadro seleccionado hasta la calle saliendo por la puerta que da a esa plaza, al Botánico y a la esquina de Ruiz de Alarcón con Espalater 2, antigua vivienda de Ramón ya en venta. Aquí caben dos alternativas. Si el cuadro es el correspondiente a la copia cabría el introducirlo en las cloacas de la ciudad a través de una alcantarilla a partir de la cual yo mismo lo llevaría hasta el garaje de la Calle Morato. Si por el contrario el cuadro es el original yo, al volante de un automóvil robado a la policía de esa zona que acudió a pie y corriendo a la puerta de los Jerónimos, lo recogería, lo metería en el maletero y luego conduciría con la alarma sonando hacia algún hotel de los alrededores o a nuestro semisótano de Lavapiés. Lo dejaría allí y luego conduciría hasta un lugar muy alejado.

Las dificultades de esta logística son evidentes pero nada serias comparadas con la necesidad de convencer a la mujeres con independencia del acuerdo con Ramón. Incluso si decidiéramos no contar con Emilia, la reacción de Marian hacia este plan no es predecible del todo. Es más, yo había ido elaborando mi propia versión de la peor reacción posible de esta chica que a estas alturas yo podría llamar «mi chica». El cuidado con el que me atendía siempre y, sobre todo, cuando le esbozaba mis planes heroicos, me hacía sospechar que lo que pretendía era que, poco a poco, yo fuera desistiendo de esos planes y me concentrara en mi carrera universitaria en la que ella pensaba que la inteligencia que me atribuía tendría mayores y mejores frutos.

Si todos estos planes salieran bien y a mi alrededor nadie se echara atrás, sólo faltaría hacernos con una de las tiendas de tecnología de nuestro nuevo barrio para desarrollar ahí, y de manera discreta, todas las herramientas necesarias para conformar un sistema lo más cercano posible a la encriptación circular.