Pavos reales

Hace dos días, en una joyería de la calle Serrano de Madrid contemplé la imagen de un pavo real en todo su esplendor, lo que me devolvió a tiempos muy antiguos. Aquellos años en los que yo pasaba mañanas y tardes en el parque de Bilbao antes de comenzar a ir al colegio pues la vida de un niño no era como ahora cuando acude a la escuela infantil desde los tres años. Yo fui educado por una profesora particular hasta los 8 años y, por lo tanto, pasé un par de años con todos mis amigos ya en el cole y yo todavía disfrutando del parque.

Mi familia vivía enfrente de la entrada de ese parque, una zona asfaltada en la que se patinaba y se iniciaba el aprendizaje del deslizamiento en pequeñas bicicletas que no todos teníamos. Un poco más allá se encontraba lo que llamábamos «el cuadrado» un trozo grande de hierba verde con esa forma que no se podía pisar, de forma que hacerlo, escapando a la mirada del guarda, era la manera de presumir ante las chicas que, aunque un poco mayores que yo, seguían todavía por allí admitiendo en su grupo a niños como yo para jugar al pañuelito. Nunca tantas mujeres guapas me han tratado tan bien. Lo recuerdo como una de las épocas más felices de mi vida.

Pero no todo era felicidad a pesar de que, además, podía gastarme parte de la pesetilla diaria de paga en barquillos que nunca me han sabido tan bien. En efecto, ya había limitaciones, de las cuales la más incomprendida por mi era la prohibición rotunda de bajar a lo que se llamaba «los patos», una zona ésta que alguna vez había visitado acompañado y en la que, en sus estanques, nadaban felices esos animalitos blancos que parecían pedir cariño. En una ocasión creí entender que, por aquella zona, había hombres malos, no sabía yo porqué, cuya presencia justificaba la prohibición. Más tarde supe que el exhibicionismo atacaba a las mujeres por la tarde; pero en la infancia yo no entendía que eso justificara la prohibición a los niños de acudir a la belleza de los estanques del parque durante la mañana.

Y tardé mucho en entenderlo porque ni siquiera los barquillos justificaban el terror que me producían los pavos reales que subían a las zonas más abiertas visitadas y que parecían ser muy admirados por aquellas chiquillas por las que yo me desvivía a juzgar por sus ojos enormemente abiertos y sus gritos de admiración. Como casi nunca los he vuelto a ver debo recordar sus colores y extraña belleza que, en cualquier caso, me sigue causando cierta extrañeza. Utilizo las posibilidades on line que se me otorgan hoy y me entero de lo siguiente:

En Roma, las princesas y emperatrices tomaron el pavo real como su símbolo personal. De este modo, el pavo real pasó al simbolismo cristiano fuertemente relacionado con la Gran Diosa por lo que no es difícil comprender su conexión positiva con la Virgen María y las delicias del Paraíso.

Yo sigo teniendo terror a este animal y su contemplación en la joyería que he mencionado me hizo huir sin explicaciones de ninguna índole. El Terror es libre.