No, no se veía venir

Me preguntaba hace pocos días si la exasperada vida sexual de este amigo mío se veía venir. No, no se veía venir a pesar de que en los últimos años, y especialmente después de la muerte de sus padres, su vida sexual era, incluso para alguien que como yo no rechaza el placer de cualquier clase, un poco exagerada.

Durante no poco tiempo me aproveché de sus facilidades inmobiliarias para pasar muy buenas tardes y noches. De vez en cuando recibía de él una nota diciéndome que esa tarde la cuidadora de niños en el museo-educación se había prestado a transformar su pactada cenita posterior en un encuentro a cuatro en el que yo sería el acompañante de la amiga de esa cuidadora con la que había quedado. Yo estaba siempre disponible pues no había recuperado los antiguos amigos dispersos por muchas direcciones diversas y, todavía no había hecho nuevos en la Universidad en la que trabajaba.

Y de esa forma compartí con él y sus múltiples amigas algunos atardeceres agradables inmersos en conversaciones a cuatro centradas en el arte, en general pictórico, siempre matizado por el filósofo que yo era, o que se presentaba como tal, y desde luego siempre llenas de coqueteos bien sugerentes que, a medida que construíamos una cierta cercanía, comenzaron a prorrogarse en visitas posteriores a sus guaridas de la calle Espalter, ya fuera el piso alto o el entresuelo. Pocas veces coincidíamos los cuatro en una de ellas pues en general, aunque no siempre, mi amigo Ramón se reservaba el piso alto mientras que yo y la otra amiga de esa primera amiga pasábamos la noche en el entresuelo.

Las pocas veces que me tocó a mí el piso elegante siempre me quedé pasmado ante ciertos cuadros, no siempre los mismos, que parecería venían del Museo no solo por sus proporciones sino sobre todo por su calidad. En el entresuelo solo llegué a ver unos dibujos pequeños que, sin embargo, cambiaban muy frecuentemente y que raramente desviaban nuestra atención de aquello que habíamos ido a hacer. En ambos casos me parecía que eran obras que él controlaba y que, no muy correctamente, acercaba a sus aposentos para, yo suponía, charlar sobre ellos en ocasión de una de sus invitaciones eróticas.

Supuse que entraban y salían de su cueva del Museo de manera que yo creía metódica. Una manera ésta de no caer en la tentación de sospechar de mi amigo como alguien que no cumplía con las reglas de una de las pocas instituciones de esta capital que parecía respetable. Pero poco a poco fui cediendo en esa tentación, a causa de alguna que otra conducta rara.

Muchas de esas noches de placer que pasaba en el entresuelo yo tenía que levantarme pronto a fin de llegar a tiempo a mi primera clase de ese día, dejando a mi pareja de esa noche continuar con su sueño. Yo me arreglaba de cualquier manera, siempre silenciosa, y me dirigía a mi casa para hacerme con mis libros y notas. Como yo disfruto mucho caminando por la mañana temprano y mi pisito no está muy cerca de la cueva menor de mi amigo Ramón, me tomaba mi tiempo, especialmente en esos días de otoño cuando las hojas dudan en el color con el que quieren presentarse, el blanco, el rojo o el que les queda del verde natural, tres colores éstos que me recuerdan infaliblemente a Iparralde, en donde siendo todavía bastante jovenzuelo yo había pasado un par de veranos aprendiendo francés en una casa de Ustaritz, precioso pueblo en el que se hablaba euskera con naturalidad y en el que, por primera vez en mi vida vi ondear la Ikurriña. Fue precisamente en ese pueblo en el que visitando su extraña universidad de verano yo había afanado una pinturita sin enmarcar haciéndome pasar por un ignorante que la confundía con un documento general de información sobre las actividades de esa institución, siempre llena de extranjeros jóvenes aunque bastante mayores que yo.

Fue precisamente mi amigo, hijo de la familia en cuya casa yo residía, el que me obligó a devolver de manera subrepticia la pinturita, bajo la amenaza de que si no lo hacía, dejaría de emparejarme con Françoise todas las tardes a la orilla de la Nivelle.