No hablaré de Munilla, hablaré de Haití. O tampoco

No,no hablaré de Munilla, pues no tengo ni idea de cómo andan de valores morales los habitantes de Puerto Príncipe (los que quedan) ni de cómo esos principios contrastan con los nuestros en cantidad y calidad.Pero sí hablaré, en principio, de Haití para tratar de curarme de esa enfermedad que me aqueja, me atenaza y me niega el llanto ante tragedias lejanas, brutales y tan obscenamente carnales.

Mi diagnosis es que la solidaridad mata el Amor. El amour fou à la Piaf no cabe en el espectáculo de la solidaridad de los artistas y de los países, o en la agilidad de los movimientos logísticos de las ayudas o en la presteza de los vuelos que aterrizan en el país de Papa Doc o del chivo, o en el pillaje, o en la carnalidad de la muerte instalada en esos cuerpos tan bellos.

¿Quién puede hoy cantar algo como el Himno al Amor?

Siempre dije que el amor es cosas de pobres y por eso pienso que el Amour al que canta la Piaf, esa mujer menuda tan enorme, solo se puede dar hoy en Haití. Quizá en medio de la carnicería.

Imagino a dos amantes atrapados en los escombros susurrándose al oído estas bellísimas palabras que se traducen bastante bien aquí

La solidaridad mata el amor. Eso es. El amor universal que la solidaridad revela es incompatible con el amor físico entre amado y amada y con la necesidad de ese amante en particular. No hay solidadridad alguna que pueda sustituir a ese «codo a codo somos mucho más que dos» que decía Mario Benedetti.

No, no he hablado de Munilla, ni de valores ni de ayuda. Ni siquiera de Haití como prometí. He hablado de Amor, una pasión que Munilla rechazaría como tal pasión y en cuyo reinado quizá nos gana los pobres haitianos.

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