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Juan Urrutia

17 de enero de 2010

No hablaré de Munilla, hablaré de Haití. O tampoco

No,no hablaré de Munilla, pues no tengo ni idea de cómo andan de valores morales los habitantes de Puerto Príncipe (los que quedan) ni de cómo esos principios contrastan con los nuestros en cantidad y calidad.Pero sí hablaré, en principio, de Haití para tratar de curarme de esa enfermedad que me aqueja, me atenaza y me niega el llanto ante tragedias lejanas, brutales y tan obscenamente carnales.

Mi diagnosis es que la solidaridad mata el Amor. El amour fou à la Piaf no cabe en el espectáculo de la solidaridad de los artistas y de los países, o en la agilidad de los movimientos logísticos de las ayudas o en la presteza de los vuelos que aterrizan en el país de Papa Doc o del chivo, o en el pillaje, o en la carnalidad de la muerte instalada en esos cuerpos tan bellos.

¿Quién puede hoy cantar algo como el Himno al Amor?

Siempre dije que el amor es cosas de pobres y por eso pienso que el Amour al que canta la Piaf, esa mujer menuda tan enorme, solo se puede dar hoy en Haití. Quizá en medio de la carnicería.

Imagino a dos amantes atrapados en los escombros susurrándose al oído estas bellísimas palabras que se traducen bastante bien aquí

La solidaridad mata el amor. Eso es. El amor universal que la solidaridad revela es incompatible con el amor físico entre amado y amada y con la necesidad de ese amante en particular. No hay solidadridad alguna que pueda sustituir a ese “codo a codo somos mucho más que dos” que decía Mario Benedetti.

No, no he hablado de Munilla, ni de valores ni de ayuda. Ni siquiera de Haití como prometí. He hablado de Amor, una pasión que Munilla rechazaría como tal pasión y en cuyo reinado quizá nos gana los pobres haitianos.

7 Comentarios a “No hablaré de Munilla, hablaré de Haití. O tampoco”

  1. David de Ugarte

    El amor es real (reconoces la cara y das nombre al amado), la solidaridad es imaginada (imaginas a aquellos con los que te solidarizas). El mismo esquema, la misma oposición, de la comunidad tradicional (o la red distribuida) frente a la identidad nacional por cierto. El amor tampoco cabe en la nación, la clase, la raza o la “comunidad (imaginada) de los creyentes”, sino en la pareja, los amigos, la cuadrilla, la tribu o la filé.

    Dicho esto la solidaridad sólo se opondría al amor cuando la expresiones de lo imaginado (estado, partido u otros) nieguen las de la comunidad real, es decir, cuando en nombre de la solidaridad patriotica, racial o de clase se nos llame a abandonar a los que amamos.

    No parece que sea el caso de Haití ;)

  2. Juan Urrutia

    Ojalá no lo sea; pero igual es nuestro caso, el de todos o muchos de los voluntarios o cooperantes. Y, sin saber muy bien porqué, yo hablaba del amor con mayúscula, de la Pasión, de lo que te lleva incluso a “renegar de tus amigos”.

  3. Asun

    Bueno, creo que en la medida en que la solidaridad surge de la compasión — de la pena — sí que mata al Amor como pasión. Porque mientras que el amor universal, impersonal sí es compatible con la compasión (supongo), no hay nada que mate el Amor como la pena.

  4. Juan Urrutia

    Bien visto, Asun. No hay manera de pronuciar el “je t´ensigneré la ferveur· de Gide, posiblemente en Corydon, en medio de la una pena.

  5. cbsol

    Juan, siempre hay que recordar que Haití fue la primera república del continente. Y si te sirve mas dato la primera república fraternal que declaró su independencia de los padres de la república.
    Será ese dato el que marcó su negro destino

  6. Asun

    Estaba pensando más en sentir pena POR alguien — que es, después de todo, en lo que se basa la compasión. Si te compadeces de alguien, no lo consideras del todo un igual, y así no puede haber Amor posible (de ahí el carácter un poco repelente de la caridad).

    No conocía Les Nourritures Terrestres. Tendré que leerlo. Gracias.

  7. Juan Urrutia

    Gracias otra vez por este otro comentario perceptivo. No estoy seguro de que la frase provenga de Les Nourritures Terrestres

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    Meditaciones de agosto (Expansión, 25 de agosto)

    Claro que en agosto del 2007 me interesé por las hipotecas subprime y las reseñé aunque difícilmente podía imaginar ni el camino que había llevado a la burbuja ni las dimensiones de la misma o de los derivados generados a su socaire pues, como decía en el artículo de septiembre (¿Qué hará el BCE? Se admiten apuestas, Expansión, 3 de septiembre), toda esa innovación financiera me parecía inteligente y tendente a la eficiencia por la simple razón de que completaba mercados, idea ésta que mantengo a pesar de los pesares.

    Para las vacaciones del 2008 ya me mostraba más al tanto de sus peligros a pesar que durante el curso académico fueran otras las preocupaciones que me tuvieron entretenido. Ese agosto y bajo el título de Pasatiempos Vacacionales (Expansión, 6 de agosto) me preocupaba del problema de selección adversa asociado a la información asimétrica existente entre los bancos (especialmente de inversiones) que, ahora sabemos, empezaban a contratar los Credit Default Swaps (CDS) que les permitirían hacer un buen negocio cuando los bonos derivados creados a partir de las subprime (una forma de CDO o Colateralized Debt Obligations) empezaran a no hacer honor a sus compromisos debido a la imposibilidad de pagar las hipotecas subyacentes.

    Así que el problema planteado por la caída de Lehman no me cogió del todo desprevenido. El pasado verano y a propósito de un artículo ajeno que mostraba evidencia empírica sobre las ventajas de la innovación financiera para no pocas economías, volvía yo a mis ideas iniciales (Maniobras marineras e innovación financiera, Expansión, 7 de agosto). Mis miedos habían desaparecido aunque resultó que la tranquilidad duró poco pues ya a principios de este 2010 me estaba preguntado por el posible double dip y por los problemas del desapalancamiento, esos mismos que nos han traído por la calle de la amargura en España y que, a pesar de lo que se pensó a partir del viernes 23 del mes pasado, día en el que se hicieron públicos los resultados de los tests de resistencia en los países de la UE, continúan vigentes. Y así llego a este verano del 2010. La propia crónica que acabo de describir me sugiere tres meditaciones centrales: sobre la innovación financiero-empresarial denominada “originar y distribuir”, sobre el problema central de la información asimétrica y la correspondiente selección adversa y sobre los problemas de endeudamiento.

    Comenzaré por el modelo de negocio denominado “originar y distribuir”. Nadie lo ha explicado mejor que Sidney G. Winter en una declaración ante el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes de los EE.UU. de América. Glosando superficialmente algunos párrafos de la primera parte de su exposición yo traduciría el milagro de la industria hipotecaria como una cadena de contratos entre agente y principal que parece no tener fin. Aparecen los brokers que venden hipotecas sin ser empleados de una institución financiera y que, por lo tanto, no ponen demasiada atención en la calidad del prestatario. Continúa la cadena la institución financiera que pone el dinero (el originador) que actúa como un dealer que no se queda en sus libros con ese activo, sino que se lo pasa a unos titulizadores que empaquetan este activo junto con otros de distinta naturaleza y distribuyen esos paquetes troceados entre prestamistas que los adquieren sin saber muy bien de qué se trata más allá de que el rendimiento es muy atractivo y de que, a partir de un cierto momento, cuentan con una especie de aseguramiento a través de los mencionados CDO´s.

    Nadie a lo largo de esta cadena ha tenido incentivos para preocuparse de la naturaleza y calidad del nuevo producto financiero. Como enseñanza a retener es que no se puede confiar en una cadena que no tiene un final claro. Nada de sorprendente hay aquí excepto por el hecho de que faltaba un inversor final con incentivos a vigilar y prevenir las posibilidades de que su inversión no funcionara correctamente. Podemos afirmar que es la ausencia de Consejos de Administración con misiones claras la que hace que dudosos esquemas de naturaleza bien conocida no sean reconocidos como tales y puedan venderse como genuinas innovaciones financieras que, además, parecen apoyar a las clases más desfavorecidas.

    Continúo ahora con el problema de la información asimétrica. Dada la velocidad y amplitud con la que se generó y diseminó el modelo de “originar y distribuir” que acabo de reseñar no es extraño que las instituciones financieras más involucradas en la cadena descrita no tuvieran ni idea de lo que tenían en sus tripas ni de lo que podría valer con independencia de las cuentas que presentaban a las auditorías o agencias de rating.

    La incertidumbre era total y, si nadie sabía nada, es normal que todas y cada una pensara que las demás estaban como ella, in albis. Todas y cada una de las instituciones financieras eran como los compradores de un coche usado que sabe que el único que sabe de verdad el estado del vehículo es el vendedor. O, todavía peor, que no quiere saber nada pues, en el fondo, no entiende lo que hace y recela de ello. Desde hace mucho tiempo es bien conocido que ante un problema de selección adversa como este se seca el mercado y que no hay más remedio que lograr separar los buenos bancos de los malos. Ante una situación así cabe preguntarse si esto se ha logrado con los tests de resistencia y enunciar luego una especie de queja profesional.

    Estos tests de resistencia que tanto están dando que hablar son como una ciberturba convocada por quien corresponde y que permite, hasta cierto punto y a pesar de deficiencias obvias, tener una idea aproximada de la calidad de las instituciones financieras, hacer de ese conocimiento un conocimiento común con lo que desde ahora debería ser más fácil la relación entre bancos que podrá centrarse en problemas reales y no en sospechas levantadas por la información asimétrica. En cualquier caso quiero añadir que, como profesional de la llamada ciencia económica, me resulta incómoda la actitud de los grandes expertos en Economía de la Información que han sido incapaces de ofrecer algún esquema novedoso de signalling o de screening que permitiera a los banco ya sea señalarse como bancos buenos ya sea autoseleccionarse como tales al reaccionar a un mecanismo novedoso. No me vale argüir ahora que la ignorancia era y es tan grande que es imposible encontrar un mecanismo revelador. Si así fuera deberían haberlo dicho expresamente en su momento.

    Cierro con la problemática del endeudamiento de cada economía (público o privado, familiar o empresarial, interno o externo) y de la parte de ese endeudamiento que tiene cada banco ya sea para guardar hasta el vencimiento, ya sea para revender si la ocasión surge. El desapalancamiento se hará y se hará de una manera ordenada; pero deberíamos aprender algo más allá del reforzamiento de la regulación y supervisión. Ya hay novedades a examinar tanto en la nueva legislación americana como en las ideas que se barajan en distintos comités de Basilea. Pero, como última meditación, me gustaría usar este ejemplo del endeudamiento para pensar sobre la noción de riesgo sistémico.

    No podremos entender esa noción a no ser que utilicemos ideas de teoría de redes. No representa mayor riesgo el fallo de aquella institución que sea más grande, sino el de aquella que, ante las mismas dificultades, ocupe una posición central en la red de instituciones financieras puesto que su centralidad le hará susceptible de generar problemas cualquiera que sea el origen de las perturbaciones. Hay que reconocer que, en esto, los tests de resistencia no han ayudado aunque con la información obtenida deberíamos poder empezar a trabajar con diversas medidas de centralidad en la redes financieras para continuar investigando las medidas de regulación bancaria que quieran ir más allá de la imposición de mayores exigencias de capital cuantitativas o cualitativas.

    No quiero terminar sin añadir algo sobre la importancia del papel de los Consejos de Administración. No solo he afirmado que el peligroso negocio de “originar y distribuir” no se hubiera generalizado si hubiera habido Consejos responsables, sino que, de lo expuesto, se puede colegir que los problemas de selección adversa no serán fáciles de solucionar sin la colaboración activa de esos Consejos así como que sin ellos no hay esperanza de poner en marcha una regulación que realmente tenga en cuenta el riesgo sistémico bien definido.

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