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Muñoz Molina y el oficio

muñozmolinaAntonio Muñoz Molina me parece un prosista notable. Le descubrí hace muchos años en una librería de Bilbao en cuyo escaparate pasaba desapercibido El Invierno en Lisboa. Algo me llamó la atención sobre ese libro, lo compré y lo devoré. Luego me he ido haciendo con casi todas sus publicaciones de ficción y le leo en la prensa sin disculpa alguna. No me gustó en su día un libro de juventud, posterior al Invierno, y en el que se empeña en malentender el entorno de sus experiencias de mili en San Sebastián. Me pareció tontamente ingenuo su descubrimiento de Nueva York y sus sesgos políticos no me suscitan entusiasmos, pero su escritura es inteligente,primorosa y recia a la vez, una mezcla difícil de encontrar. Por eso me alegró que le dieran el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013 y me he leído con cuidado su discurso del que no tengo más remedio que destacar el siguiente párrafo que, por cierto, es el que escuché en directo sin prestarle demasiada atención. Es el siguiente en el que he subrayado aquello que más me interesa:

El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento

El oficio tiene una arqueología rara tal como ha mostrado Giorgio Agambem y merecería la pena hurgar seriamente en lo que oculta ese término tan ambiguo. De momento a mi me parece que mirarse en el oficio de uno es primordial para ser un ser humano auténtico porque es ese oficio lo que limpia el ser de adherencias espúreas a cambio de quedarse con las propias. Por otro lado el oficio es lo único que nos queda para sobrevivir con un poco de dignidad en un mundo donde lo que importa es a quién conoces y no lo que dices y es también sin duda el último recurso para resistir las miradas de condescendencia en cuanto abres la boca para decir ingenuamente lo que piensas.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.