Modelando el futuro

Desde que hace dos meses cumplí mi 77 aniversario he creído que no tengo más remedio que orientar mi incierto futuro. Por un lado no parece que vaya a ser muy largo; pero, por otro lado, no tengo porqué pensar que se cumpla en un abrir y cerrar de ojos. Cabe pues una breve disquisición sobre cómo utilizar mi tiempo de retirado de todo que sigue disfrutando de la lectura.

Por un lado leo cosas que me parece aumentan mis posibilidades de comenzar a escribir lo último de mi vida en una obra en la que, por fin, se junten ideas de teoría económica con otras de filosofía y de literatura. Aunque en el pasado ya he pisado este campo raro, se me ocurren cosas relativamente nuevas en las que se junten estas áreas mencionadas, propias de mi educación y de mi profesión universitaria, con reflexiones propias de mi vejez. Creo, quizá con un excesivo optimismo, que podría aportar algo de lo que no me avergonzaría.

Pero, por otro lado, esas mismas lecturas y muchas otras que ocupan mis estantes, me divierten tanto que pienso muy a menudo que dedicar mi tiempo a leer sin parar los numerosos volúmenes adquiridos en los últimos cincuenta años y jamás leídos, o de contenido olvidado, constituiría un ejercicio saludable que daría orden y alegría en una vida de persona mayor a la que, diga lo que diga, no le apetecen mucho los esfuerzos necesarios para, por fin, fabricarse una autoría reconocible.

Hace años pensaba que ambas actitudes serían compatibles entre sí; pero el confinamiento dictado por por el coronavirus, me ha hecho pensar que tengo que elegir, no solo por mí sino también por los que me rodean. Puedo ser una persona relativamente interesante pero ello no me garantiza una tranquila y alegre fase final.