Mi período crítico

Al final del segundo tramo académico o quizá un poco antes comenzó lo que podría llamar mi período critico. Unos años llenos de acontecimientos inesperados y de muy distinta naturaleza pero que contribuyeron, todos ellos, a mi abandono de la actividad académica. Incluyo aquí los años que estuve ocupando la presidencia del Comité de Redacción del periódico Expansión.

Así como mi presencia en el gobierno vasco durante mi primer tramo académico no me llevó a pensar en salirme de ese mundo relativamente sereno de las aulas, mis reuniones con ese Comité me alejó del que yo había creído hasta entonces que era mi verdadero destino y abrió mi mente hacia horizontes ignotos que descubrí con cierta emoción y hacia trabajos conjuntos muy distintos de la soledad de ese corredor de fondo que es el profesor y que comenzaron a hacerme pensar que mis posibilidades no habían sido explotadas en todas las direcciones posibles. No abandoné ni la Universidad ni el BBV; pero esta simultaneidad de trabajos varios no duró mucho.

Desapareció de hecho en el mismo momento en el que fui expulsado del Consejo del BBVA, junto con los demás consejeros que provenían del BBV, acusados todos de haber cometido alguna irregularidad en el cobro de nuestro ingreso. Pensé en reintegrarme de nuevo en la universidad, pero desistí inmediatamente cuando capté las miradas de crítica y desprecio de mis antiguos colegas y decidí pedir el cese temporal que acabó siendo definitivo. También me pareció oportuno dimitir de mi puesto en Expansión, pero la correspondiente solicitud no fue aceptada por el presidente de la compañía propietaria, quien afirmó ante el Comité que yo presidía que creía firmemente en mi inocencia y que mi trabajo en ese diario de temas económicos y financieros era importante. Un gesto que no olvidaré nunca.

Así que continué trabando en Expansión y de forma plena, aumentando mis contribuciones a esta publicación mientras que dedicaba el tiempo libre a la naciente nueva economía basada en las TIC y no poco esfuerzo en la preparación de mi defensa ante el sistema judicial. Pero la justicia es lenta, y cierto sentido de culpabilidad comenzó a carcomerme el alma, por lo que decidí iniciar mi psicoanálisis que pronto recibió por mi parte una gran atención, no solo en las reuniones semanales ante mi psicoanalista sino también en las lecturas especializadas que me llevaron a comprometerme con un tratamiento completo de siete años de duración, años muy bien empleados.

Lo que llamo «mi período crítico» fueron esos siete años en los que se mezclaron mi situación de imputado ante la ley y el tratamiento psicoanalítico, algo esto último que desconocía en sus detalles y que me permitió mirarme con otras gafas, además de con otros ojos y, como consecuencia, rehacer el relato de mi pasado, lo que a su vez me llevó hacia una escritura más general y a la superación de los malos tragos del juicio en el que finalmente fui absuelto de todos los cargos. Decidí no volver a la universidad y acepté presidir una especie de agrupación de científicos financiada por el Gobierno central y el Gobierno vasco cuya finalidad era la de conseguir traer al País Vasco el Espalador de Neutrones europeo.

Fueron unos años de trabajo duro durante los cuales viajé mucho por Europa, conocí los entresijos de la ciencia y el poder en todos los países europeos, las distintas sensibilidades de los científicos ante los intereses del saber y el suyo propio, y la dificultad de convertir los éxitos del primer nivel y la frustración de la falta de firmeza de los niveles políticos más altos. Habiendo conseguido en Europa que se nos señalara como uno de los dos candidatos firmes, junto con Suecia, llegamos a alcanzar la decisión general de la agrupación de considerarnos los candidatos definitivos en los términos propuestos por mí. Cuando presenté esta victoria ante los dos gobiernos, el de Zapatero y el de Ibarreche, me encontré con la sorpresa de que ambos pensaban que mi oferta financiera era imposiblemente alta a pesar de estar dentro de los límites que se me había permitido negociar.

Fue sin duda el psicoanálisis lo que me permitió superar el fracaso de mi intento y el descubrimiento de que había sido engañado. En cualquier caso dejé sin miramientos la presidencia de la agrupación con la disculpa de haber sentido unos problemitas del corazón que, en poco tiempo, resultaron no ser tan pequeños, pues en un año sufrí el infarto correspondiente. Acabé dejando del todo mis trabajitos y esto me dio la ocasión de dedicarme a leer y en mis tiempos libres dedicarme al cuidado de nuestro patrimonio.