Mi diminuta planta baja espiritual

Mi irrenunciable deseo de vivir de acuerdo con mi personalidad, sea ésta ya vivida o sea por vivir, me ha llevado a convertir mi amplia vivienda de Madrid en una especie de Torre Eiffel cultural con lo que el espacio que me queda para residir en ella es muy limitado. Ya decía que apenas ocupaba espacio en la planta baja. Ahora trataré de explicar por qué razón ese espacio responde realmente a mi personalidad.

El espacio del que hablo apenas ocupará unos 10 metros cuadrados. A pesar de esa dimensión a él acceden o de él parten cinco puertas. La primera es la entradita principal en él y esto ocurre a través de una modernista puerta de cristal que parte de lo que fue el salón principal de la vivienda original. Se accede a un gran armario que admite mi ropa para toda ocasión, desde ropa interior a trajes, pantalones y camisas a juego junto con abrigos, gabardinas y una preciosa colección de sombreros. Este espacio diminuto es en el que duermo cada noche apenas estirado y en su breve pared están instalados los controles tanto de todas las luces de la torre como de las entradas a ella así como un precioso grabado de la hermana de Jorge Luis Borges, Norah Borges, con fecha de 1923 y el título Niñas buscando ángeles. El resto de las puertas son más bien de salida.

En efecto, la segunda puerta de esta mi celda asumida como tal se abre hacia un pequeño baño prácticamente lleno de cremas e instrumentos de afeitar que apenas si dejan espacio para las necesidades diarias y, desde luego, no lo dejarían para una ducha por pequeña que esta fuera. Es solo desde este subespacio que puede airearse el total de este espacio que intento describir como mi celda y que cuenta con un pequeño cuadro (Norte) del hermano de un amigo catalán que muestra una madre tirando de un niño en una playa que no es de la Costa Brava sino más bien vasca. La tercera puerta es la que da al ascensor de toda la torre pero que, fuera de horas, sirve para que yo expanda mi cuerpo más allá de estos diez metros cuadrados. La cuarta puerta es corredera y abierta a un tramo de escaleras que descienden hasta una estancia subterránea llena de botellas de vino que fueron regalos de visitantes agradecidos, según ellos, por la espiritualidad de la arquitectura del conjunto y también de cajas de cartón rebosantes de todas mis notas intelectuales acumuladas durante años. Estas ocupan mucho espacio, uno en en el que yo podría dormir de forma mucho más natural, aunque para ello tendría que deshacerme de prácticamente mi obra entera, algo a lo que no estoy dispuesto.

Todas estas puertas mencionadas, menos la primera, no dan a ningún sitio que a su vez esté a su vez conectado con el resto del edificio. Lo que no se diferencia gran cosa de una puerta, la quinta, en realidad no es tal pues se abre directamente al interior de un frigorifíco que contiene todos los caprichos que me concedo por las noches. Desde leche con galletas de diferentes marcas, hasta chocolates varios pasando por bebidas con o sin alcohol.

Después de haber descrito la gran aventura de arquitectura espiritual que me permití describir en algunos posts anteriores yo mismo me pregunto por qué duermo tan incómodamente. La explicación detallada tendrá que esperar a otra ocasión. De momento habrá de bastar con la afirmación de que procuro disipar las sospechas de que soy un señorito rico y presumido y dejar claro que pretendo vivir de manera muy humilde aunque los cuadros que he mencionado muestran mi gusto burgués y mi espiritualidad.