Menudencias 3: Una no pequeña

Me comentan que no está clara la diferencia ente pequeñeces y menudencias. Si bien podríamos decir que todas las pequeñeces son menudencias, parece que no todas las menudencias habrían de ser pequeñeces y es cierto, pues hay menudencias que no son pequeñas y que pueden llegar ser de importancia. Ahora les pongo un ejemplo de menudencia no pequeña.

Les contaré mi enfrentamiento con un cura de mi colegio de jesuitas con ocasión de un posible nuevo equipamiento deportivo del equipo de baloncesto infantil. Yo era parte de ese equipo de baloncesto que competía en el campeonato infantil interescolar. Debía de ser bastante pequeño en edad pero no tanto en altura. Aunque ya estaba claro que mi futuro no estaba en ese deporte, de momento era capitán de ese equipo y como tal me encargué de solicitar que el colegio nos proporcionara ya un equipamiento nuevo pues el actual estaba a punto de romperse de viejo. Denegó el cura responsable de ese deporte esa petición y yo me puse farruco y amenacé con no volver a jugar nunca más. El cura me amenazó a su vez con no llegar a ser «príncipe del colegio», cima ésta a la que parece ser me encaminaba tanto por notas como por éxito deportivo. El colegio no pudo forzarme y pronto nos consiguió ese nuevo equipamiento.

Esto podría ser una pequeñez pero creo poder afirmar que en ocasiones como esas, se me fue formando un espíritu indomable que mucho más tarde se manifestó con ocasión de un lío en el momento del gobierno vasco en el que yo estaba como Consejero de Educación, Universidades e Investigación. Yo quería imponer una educación secundaria que eliminara las diferencias entre la educación privada y la pública. Las ikastolas más lanzadas querían que se les considerara como la única educación pública mientras que las instituciones religiosas dedicadas a la enseñanza intentaban monopolizar la educación privada. Parecería que había posibilidades de complementariedad pero la realidad fue que fui amenazado tanto por las fuerza política nacionalista más radical como por fuerzas poderosas de la derecha religiosa, tanto con amenazas casi terroristas como con la condenación eterna. No vacilé ni me permití a mi mismo ceder a las amenazas, así que tomé mis decisiones y solo luego lo comenté con el Lehendakari del gobierno quien las aceptó.

Visto hacia atrás parecería que posiblemente no fuera fácil tomarlas; pero no fue tan heroico teniendo en cuenta mi experiencia infantil en el asunto del equipamiento deportivo. A su vez esa ocasión política endureció aun más esa menudencia que explica muchos otros episodios de mi experiencia vital, sobre todo en el mundo académico. No siempre he acertado en ese mundo; pero no me arrepiento de nada que se deba a mi pasado.