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Marlene no me reconoce

Pues sí, como les decía ayer me fui a la playa aunque al final me arropé en el bañador tetris en lugar de embutirme en el de neopreno impermeable. Aparqué en San Martí d´Empuries y anduve hasta la esquina de la casa modernista, sin duda llena de fantasmas en plena luz del día, desde donde descendí a la playa para, finalmente, encontrar un trocito de arena donde desplegar mi toalla en primera fila de mar justo al borde del camino de la orilla que siguen los paseantes. Improvisé una almohada con mis alpargatas, mi camiseta y el gran bolso de la librería de la London Review of Books con las cosas valiosas de forma que, tumbado sobre la toalla y reclinando la cabeza en esa almohada improvisada y bien gorda fingí dormitar mientras observaba a los bañistas y paseantes.

La ví entrar al agua a mi derecha con su bañador entero de neopreno azul y negro exhibiendo su cuerpo de nadadora y unas piernas tan largas que el agua, que casi ahogaba a las abuelas, apenas si le llegaba a la rótula. Se refrescó brevemente y salió altiva escrutando a los playeros. Deslizó su vista sobre mi bañador tetris, me ignoró y continuó su camino hasta un grupo de hombres de distintas razas.

Creo que conformaban el grupo de vigilantes de la playa. Todos estos hombres se pavoneaban en sus bañadores de neopreno impermeables y del color que el de mi bañador fantasmal, el mismo color, de hecho, del que exhibía Marlene.

Reconozco que ese color azul y negro es de falangista en traje de faena tal como decía ayer, pero también de hombres curtidos de Howard Hawks. Como los de Río Bravo que divagan sobre cuestiones profundas sin palabras grandilocuentes y mientras se cargan al prójimo en defensa propia y de la ley.

Pero estos vigilantes no estaban ahí el año pasado. Es decir que no sé si estos falsos vigilantes de la playa son como los resistentes de Hawks, como alguien que querría volver a la antigua masculinidad que no se compra frente a la generalizacion de los mercados en los que se intercambia casi cualquier tipo de cosa devenida necesariamente mercancía.

Me gustaría saberlo pues, como ayer contestaba a un comentario en relación a mis bañadores, haciéndome eco implícito tanto de mi reacción a Juan Marichal que ya he mencionado como de alguna idea de Beatriz Preciado en su manifiesto contrasexual, el fondo de esta paranoia veraniega está en si me paso al impulso intelectual al que me incitan los pisitófilos o si me quedo en la falsa humildad del experto.

Corrigiendo un poco lo que ayer decía en un comentario referido a mis bañadores:

En general son de pata ancha… Pero el que inicia esta paranoia es de los de marcar paquete. Los de antes eran de intelectual, el que me aturde es de experto. Yo, por edad, debería consolarme con los de pata ancha; pero estoy en mala edad y me pregunto si es ya, o todavía no, tiempo de volver a la intelectualidad. Quería pasar de la vista al tacto y ahora me seduce la idea de volver a la vista.

La aventura me hace pensar, pero todavía no sé si he dado con mis perseguidores, si quienes creo me persiguen no son enemigos, sino simplemente más intelectuales que yo o si son mis amigos expertos los que me ponen una trampa en el camino de la introspección para que me mantenga firme en el humilde camino de los recolectores sin nostalgia de los cazadores.

mm

Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.