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Los toros

No me refiero ahora a los toros como animales que sufren (para eso ya están Mosterín y Gómez Pin) sino al toreo, ese arte que la Ministra Narbona parece no apreciar demasiado.

Eso es lo que me pasaba a mí­; que mi madre, una española de mantilla y peineta, me usaba como coartada para ir a la feria de agosto en Bilbao ante la rotunda negativa de mi padre a acompañarle. Lo que me pasaba es que me daba un poco de vergüenza la exhibición de mi madre y que, en consecuencia, me daban rabia los toros. Pero curiosamente me fascinaba el lenguaje de la crónica taurina, especialmente la verbal que escuchaba en una pequeña radio de galena por las noches y a hurtadillas.

Luego vinieron años de olvido y de absoluta falta de interés en la fiesta nacional, muy probablemente por lo que tení­a de exhibicionismo patriotero. Hasta que un día de la Feria de San Isidro del 91 llevé a un matrimonio americano, muy querido para mi familia, a su primera experiencia taurina. Entre mi desprecio y sus prejuicios la corrida transcurría aburrida, las mujeres hablaban de los pobres animales y yo de economí­a con mi amigo hasta que llegó el quinto toro y salió un joven Aparicio de ojos azules a bailar con un animal cuyo nombre no recuerdo.

Con la muleta en la mano el joven torero y el toro sa abrazaron a la distancia justa y durante un par de minutos la plaza en pie dejó de respirar. Cuando terminó el acto el torero agotado no sabí­a dónde estaba y tuvo que buscar con la mirada al ayudante que le tendía la espada de matar. La usó bien y el toro cayó fulminado.

Se rompió el silencio, arreció la salvaje ola de gritos y aplausos y mi amigo quedó tan fulminado como el toro. Quedó perturbado y conmovido sin saber porqué. Me retuvo hasta el amanecer hablando de la vida y su sentido. No mencionó al toreo; pero allí­, en el fondo de la conversación, estaba esa condensación de sentido inexpresable que le rompió el alma.

Desde ese día ni escucho las crónicas taurinas ni opino sobre la fiesta llamada nacional. Sigo quejándome del uso que mi madre hacía de mí; pero sé que en ese mundo al que renuncio hay verdades que no tienen nada que ver con la lógica, verdades a las que no accederé.

Estas navidades se ha roto ese silencio, aunque solo por un instante. En estas fechas siempre exploro la biblioteca de mi juventud y allí­ esta rebosante de ácaros una vieja copia de Ortega y los Toros de la colección austral. Me bastó una ojeada más que rápida para entender que Ortega habí­a captado la geometrí­a del toreo, las figuras dibujadas en la arena por el baile de hombre y bestia unidos para siempre. Unidos pero distanciados, sin embarullamientos, cada uno a lo suyo. Guardando las distancias.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.