Levantar un muerto
He pasado este último fin de semana en Biarritz tratando de realizar la fantasía de la que hablaba hace un par de días. El tener que estar encerrado corrigiendo pruebas no me ha impedido dar unos paseos rememorativos no de las últimas visitas , sino de aquellas del tiempo del cuplé que se realizaban desde Bilbao bien para comprar libros prohibidos en España y terriblemente intelectuales, bien para ver películas verdes o comprar el París-Holliwood.
El librero serio que se llamaba Michel ha cerrado su local y ni me molesto en mirar la cartelera o en comprar revista para hombres. El Café de París ha prestado su nombre a un desangelado bar de copas y los gintonics del Royalty no son lo que eran; pero ahí sigue el Casino Municipal y el lugar en el que presencié deslumbrado mi primer striptease: en aquella época se llamaba el Caravelle y ahora se llama el Galeón.
El Casino y el Caravelle me recuerdan una aventura entre triste y fascinate que viví en Biarritz con Javi Portuondo y Juanito Poirier. Los tres conseguimos estar solos en Biarritz un par de días gracias al coche del que disponía Juanito. En la noche loca entre ambos días y después de cenar en el casino, comenzamos nuestra farra en el Casino. Con la suerte del novato yo puse mis última ficha, que no mi último dinero, en un número determinado jugando al pleno y el número salió. Yo no cabía en mí de alegría y cual no sería mi sorpresa cuando un señor mayor para mí, pero que podría tener 40 años, se llevó tranquilamente todas las fichas que el groupier puso encima de mi humilde última ficha. Traté de protestar pero el groupier miró al señor mayor y luego a mí y zanjó el asunto con una mirada fiera que me dejó helado y que enmudeció a mis compañero de aventura.
Con el dinero restante y antes de lo planeado nos largamos al Caravelle donde yo me inauguraba como voyeur. Recuerdo hasta los nombres artísticos de aquellas diosas, especialmente la de una de ellas que repondía al precioso nombre japonés de Miko-Micu. Entre la ración de vista y el alcohol ingerido nos aprestábamos a salir del local cuando tuve la mala suerte de encontrarme de nuevo con el señor cuarentón que alternaba con las diosas. Me entraron ganas de llorar por tener solo 17 años, por estar borracho y por ser un pichón.
Cuando al día siguiente llegué de vuelta a Bilbao a la hora de comer conté, para no dejar que la conversación delatara la visita al Caravelle, la historia del Casino. Mi padre me miró conmiserativo y me explicó que eso se llamaba levantar un muerto y se rió de mí. Nunca pensé que mi padre supiera esas cosas y desde entonces le miré con más respeto.
Biarritz está pues en mis recuerdos más excitantes y la nostalgia se ha cebado en mi edad. Ni casino ni chicas guapas desnudas, aunque la playa no estaba mal a este respecto. El Caravelle, como ya he dicho, se llama el Galion y no quero ni saber qué se oculta en ese local. El restaurante Le Licorn ha cambiado su nombre al de L´Opal y sigue tan honrado como siempre y, desde luego continúa allí, debajo de unas escaleras que acaban en la grande plage, la Maison de la Press, un maravilloso negocio de letra impresa que regentaba el gran sprinter André Darrigade, un biarrot rubio que siempre ganaba al sprint la primera etapa del Tour. ¿Qué habrá sido de él?
Siguen las dos rocas, el faro y el mar batiendo sin tregua posible y un ruido infernal. El sol es el mejor del mundo, quizá por el yodo, y el aire me hace temblar los pelilos de la espalda. Me siento bien allí a esta edad, pero echo de menos la excitación de una juventud de pichón a quien se le puede levantar un muerto sin dificultad alguna.
