Lavapiés

Cuando hace más de treinta años llegamos a Madrid este barrio no me parecía atractivo para nada. El Museo Reina Sofía no existía como tal y el ambiente económico y social se me antojaba poco adecuado para nuestros hijos. Cuando más adelante El Consejo Social de la Universidad Carlos III, del que yo era presidente, se localizó temporalmente en la Casa Encendida, aprendí a conocerlo mejor y a ir dándome cuenta de su interés para mí.

De estas cosas escribiré aquí; pero antes tengo que empezar por declarar cual fue desde un principio el interés primigenio de este barrio. Se trata de una historieta que dicen es falsa pero que ne resulta muy atractiva. Mi padre me explicó desde muy temprano que nuestra casta descendía de una familia judía expulsada de España por los Reyes Católicos que en su huida hacia el norte consiguió el permiso de permanecer en el país vasco de entonces siempre que aceptara instalarse en un barrio nada cercano al centro, identificado con la Iglesia. De ahí que nuestros apellidos desde entonces hayan sido los que son, Urrutia Elejalde que quiere decir «Alejado de la Iglesia». Si esta historieta fuera cierta quedaría claro que la costumbre judía de lavar los pies subyacía a mi interés en este barrio de Lavapiés.

Nos fuimos a instalar en un barrio menos alejado de lo que creíamos era el centro de la ciudad; pero yo aprovechaba cualquier ocasión para visitarlo en sí mismo o en sus alrededores como, por ejemplo, el restaurante de la Estación de Atocha en el que profesores de las tres facultades de Economía de Madrid más arraigadas nos reuníamos a menudo para hablar de nuestras cosas. Además poco a poco fuimos, mi mujer y yo, siendo atraído por otras variadas razones. Nos gustaban la variedad de gentes, de lenguas y colores distintos así como los variados restaurantes o salitas de arte. Todas estas razones para visitar el barrio se hicieron todavía más intensas cuando el Museo Reina Sofía se instaló ahí mismo y en seguida pasó a cobijar El Guernica de Picasso, esa joya tan valiosa para un vasco que habíamos visitado con unción en New York sujetando a nuestro hijo que gateando se colaba dentro de la zona de seguridad y acariciaba la tela. Además, gracias al Reina, el barrio cuenta con otro de los muchos restaurantes que ya estaban en él y con una más de las muchas librerías del barrio.

Culturalmente hablando, Lavapiés es bastante atractivo más allá de lo ya mencionado. Añadiré dos dos ejemplos, El Conservatorio de Música y el Teatro Valle Inclán como Centro Dramático Nacional. En el primero se celebran conciertitos bien agradables a los que en su día acudíamos con frecuencia. Acudíamos y acudimos con frecuencia al segundo en el que disfrutamos de buenas obras de teatro y de la posterior cena. Estas visitas mantienen vivo el recuerdo de nuestra primera visita a Madrid, antes de incorporarme a la Carlos III, a fin de encontrar un sitio en una escuela de actuación para nuestro hijo, sí, el del Guernica. Además cuenta con conexiones importantes para el ejercicio de mi oficio. En efecto he tenido ocasión de dar mis pequeñas charlas tanto en los anexos del Reina como en las Escuelas Pías institución esta relacionada con la UNED.

No puedo dejar de mencionar la plaza de Santa Isabel, un maravilloso lugar que cuenta no solo con con la entrada al Museo y al Conservatorio sino además con diversos bares ofreciendo bocadillos de calamares como es el caso en el bar perteneciente al Hotel Mediodía que siempre he querido conocer. Partiendo de ahí se puede ascender por la calle Santa Isabel hasta chocar con otro de nuestros lugres favoritos como es la Filmoteca en la que hemos disfrutado de no ocas películas en original. Esta y otras conexiones con el barrio de las letras me permite soñar que estoy en un lugar distinto al mío habitual.

Más allá de estas ventajas del barrio, este resulta también adecuado para la elaboración de mi obra póstuma pues cuenta, en buena parte por sus subidas y bajadas, con una enorme cantidad de semisótanos seguramente de muy diversos costes. Para mí el problema con un lugar como este es que quizá yo me dejaría llevar por mis instintos y me instalaría totalmente en él olvidando mi obligación de crear el borrador de esa obra póstuma.