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Las lenguas y las redes sociales

En la página 30 del The Economist corespondiente a la semana del 21al 27 de julio, la columna Charlemagne presenta un trabajo sugerente sobre Linguistic follies, algo que, de haber sido conocido antes, hubiera mejorado bastante ese trabajo que algunos colegas, bajo el impulso de Martin Municio actuando por encargo de la Real Academia de Ciencias Morales y con la financiación de la Fundación del entonces todaví­a Banco Central Hispano, realizaron sobre el valor del español tratando de cuantificarlo. Asistí­ a la presentación del trabajo y me surgieron muchas dudas sobre la forma de atacar el problema ya que parecerí­a en principio que el lenguaje es un bien libre.

Sin embargo, basta con darnos cuenta de lo que ingresa el Reino Unido por la enseñanaza del inglés y lo que ahorra en la enseñanza de otras lenguas, para reconocer que la lengua tiene valor porque no es, a diferenia del lenguaje, un bien libre. Uno no nace sabiendo hablar en inglés ni lo aprende de sus padres a menos que estos lo tengan como lengua materna.

Por lo tanto es cierto que hablar inglés parece tener un valor añadido por el que la gente está dispuesta a pagar. A pesar de ello la columna a la que me refiero llamaba la atención sobre el hecho de que la concentración en el inglés podrí­a tener algunas consecuencias negativas. Hace años aprendí­ que los taxistas de Berlí­n no están dispuestos a hacer un esfuerzo por entenderlo a menos que hayas pagado el precio de intentar hacerte entener en alemán. Esto no es sino un pequeño ejemplo del hecho de que uno puede imaginar situaciones en las que para llegar a algún acuerdo no es óptimo que ambas partes pretendan comunicarse en un inglés aprendido tardí­amente o sin demasiado cuidado.

Piensen en un acuerdo a sellar entre dos empresarios, uno español y otro portugués. Seguramente ambos prefieren comunicarse en una de esas dos lenguas, en cualquiera de ellas que hacerlo en inglés. Por atender al contenido de la columna de referencia diré que es dudosos que los bruselenses debieran hablar en inglés debido a que hay una guerrita de idiomas entre el francés y el flamenco. Quizá serí­a más razonable que dos personas con ganas de cerrar el trato sin trampa ni cartón hablaran en uno de eso dos idiomas en lugar de hacerlo en inglés. No por razones estéticas o patrióticas, sino por puro interés.

Estar en posesión de una lingua franca como podrí­a ser hoy el inglés tiene sus ventajas; pero es posible que no sea la mejor estrategia. Depende de la forma de las redes sociales y, en consecuencia, de la conexión linguistica entre las personas. Para los temas comunes es bueno tener una lingua franca; pero mientras haya relaciones regionales o bilaterales-y las hay- sigue siendo necesario y conveniente tener una lengua común no aprendida. De ahí­ el verdadero valor del español y no el que le atribuí­a el estudio de la Real Academia. De ahí­ también que el inglés deberí­a ser, ante ciertas conformaciones de una red, no la segunda sino la tercera o cuarta lengua en cada paí­s.

Sin embargo este no es el caso y las familias hacen verdaderos esfuerzos en enseñar un buen inglés a sus vástagos. Si hacen bien o mal dependerá de la configuración de la red social de que se trate. Así­, a bote pronto, se me ocurre explorar la siguiente conjetura. Si la red fuera totalmente centralizada y el centro se expresara en inglés la estrategia familiar serí­a sin duda la adecuada. Si la estructura de la red fuera descentralizada la cuestión ya está menos clara y si esa estructura fuera totalmente distribuí­da entrarí­amos en una casuí­stica sin fin. Habrí­a montones de ejemplos en los que saber bien otro idioma distinto del inglés te podrí­a permitir aprovecharte de ciertos caminos crí­ticos en la comunicación que no podrí­an ser utilizdos por los que han aprendido inglés como una segunda lengua.

Clamar por el inglés se me antoja por lo tanto como un ejercicio en «sentido común» que, como siempre, no tiene garantí­a alguna de ser correcto. Se trata de una reminiscencia del árbol o de le red centralizada que agota nuestra capacidad de imaginar estructuras sociales; de un resbalón de la inteligencia que no parece apreciar las virtudes de las redes distribuidas que, sin embargo, tienen unas propiedades maravillosas tal como les revelará el próximo libro de David de Ugarte.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.