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La provisionalidad

En las últimas semanas he tenido ocasión de asistir a dos actos sociales cuyas formas ne han dado que pensar. En ambos actos los asistentes principales eran gente destacada en su profesión y es esa especialización la que les ha encumbrado dentro de su sector y, a la vez, la que ha hecho de su conversación un simple recetario de obviedades sin ninguna originalidad ni utilidad. ¿Debería retirarme de esta vida que en menos de 15 días me ha enfrentado con mi firme oposición contra esta sociedad en la que no me encuentro bien pero a la cual sin embargo me costaría renunciar? Para reflexionar sobre el qué hacer he de comenzar por admitir que ambos actos sociales reflejan la misma actitud en dos frentes distintos.

En un frente meramente conversacional lo más llamativo es que a partir de una edad (y sobre todo si se ha sido poderoso y ya no se es) cada uno tiene su discurso, lo larga sin prestar atención a comentarios o a peticiones de aclaración y luego se calla sin escuchar los discursos de los demás. En un entorno más técnico, más claramente profesional y menos amistoso, la actitud de cada participante en un acto no tanto social sino, por ejemplo, empresarial es idéntica. Cada uno suelta su discurso y luego no escucha el del prójimo. Una actitud que incluso se da en entornos científicos. Y esos rollos que se largan en un entorno u otro, siempre son reconocibles como el sedimento del trabajo de cada uno y no, por ejemplo, de sus lecturas.

Es decir, somos tan bordes que no sabemos aprovecharnos de los conocimientos privados de cada uno poniéndolos todos juntos y elaborando así un diagnóstico provisional de aquello de lo se conversa. La provisionalidad es crucial para que una conversación sea respetable.

La provisionalidad, en efecto, no es asunto menor. Por un lado solo se es original cuando las ideas y actitudes que te caracterizan no son definitivas o imposibles de variar pues de lo contrario se podría ser original, sí, pero solamente una vez lo que equivale a no serlo nunca. Es esta provisionalidad de las opiniones o sugerencias vitales la que, tal como ya he dicho en distintas ocasiones y especialmente en este artículo publicado en Energeia, y recordaba DdeU hace muy poco en este post, es el origen de la autenticidad porque solo se puede ser auténtico en el sentido intelectual cuando se pertenece a alguna comunidad con toda el alma aunque… provisionalmente.

Pero hay otro lado en esta cuestión. Se puede preguntar el lector, ¿por qué querría nadie ser original o único? La respuesta es un tanto paradójica. Quiero ser único no por elitismo de algún tipo, sino para poder aportar algo a la autenticidad de los demás acompañando a unos cuantos en la formación de una comunidad…. provisional.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.