La Plaza Nueva
Ayer soñé que volvía a Bilbao.
Y, en un paseo infinito, acababa, como siempre en la Plaza Nueva que, a pesar de su nombre, está en el Casco Viejo. Oigo hoy a los jóvenes que se citan para ir de marcha y se dicen “nos vemos en casco”, recuerdo que hace años, poco antes de las navidades, íbamos a menudo a esa Plaza Nueva a enredadar entre los puestos del mercado de Santo Tomás, con sus verduras y sus capones, y a premiarnos con chorizo con talo y unos vasos de chacolí y cómo, ya mucho más tarde, he disfrutado de sus terrazas y los buenos pinchos que te ofrecen las tabernas albergadas en los soportales.
Pero en mi sueño filosófico de ayer no había nostalgia, sino dos extraños pensamientos que se bifurcaban en cuatro.
El primero era de tipo ligüistico. Hasta este sueño, nunca he pensado que la Plaza Nueva era reciente en relación a su entorno, ese casco que debe ser más antiguo y tenía, sin duda, otra plaza que debía denominarse la Plaza Vieja. La denominación “Plaza Nueva” era solo un signo identificativo sin contenido en sí mismo.
Lo mismo que en mi infancia una pasta que aliviaba las escoceduras no era, para mi mente iletrada, Balsamo Bebé; sino Balsa Mobebé. O lo mismo que cuando los números naturales no se utilizan para contar, sino como meras etiquetas identificativas, o cuando cantaba en un inglés que desconocía enlazando mal los sonidos sin cofigurar palabras existentes en el lenguje ya acuñado, sino produciendo otras nuevas.
Y la ligüistica se vuelve a la neurología y me pregunto, inquieto en la duermevela, en donde radica que el cerebro funcione de una manera o de la otra y qué pasa si las confundimos. No podría hacerme con el bálsamo pues no me entenderáa la farmaceútica, nadie entendería mi inglés y me confundiría encontrarme con el paquete número cuatro consistente en un único objeto o en cinco.
Pero lo más curioso del sueño es su segundo aspecto. En un salón de la Fundación BBV, el famoso físico Fred Hoyle diserta contra la teoría del Big Bang como mera propaganda de la NASA, cuando en realida lo único que la estructura matemática de la teoría física mostraba es que el universo es estacionario, sin pricipio ni fin y quizá pueda estar expandiéndose a una tasa constante.
Y la cosmología se transformó en Economía y recordé que esto era lo mismo que el estado estacionario de los clásicos, aunque éstos, más naturalistas y menos matemáticos que un físco del siglo XX, creía que a ese estado se llegaba, sino que siempre se estaba en él.
Mis dos pensamientos oníricos se habían convertido en cuatro. Me desperté con una visión nítida de este paseo sonánbulo por el paisaje de mi infancia, mi juventud y mi madurez. Y pensé, ahora despierto, que en relidad todo era lo mismo y se reducía a saber que no hay Plaza Nueva sin una Plaza Vieja que y, he aquí el vértigo y la sorpresa, fue con toda seguridad una Plaza Nueva en relación a otra Plaza Vieja anterior y quizá desaparecida u olvidada. Und so weiter.
