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Juan Urrutia

16 de marzo de 2010

La naturalización del lenguaje económico

Consideren el título de la conferencia que el señor Caruana dictó en la cátedra de economía y sociedad de la Caixa que tuvo lugar en Madrid el viernes 12: El estrecho camino hacia la estabilidad económica. Su contenido supongo que, dada la actual posición del ex-gobernador del banco de España,tuvo que ser un paseo por todo lo que hoy está estudiando el Banco Internacional de Pagos de Basilea en sus diversos comités: cuestiones de regulación y de supervisión mayormente.

Pero lo intresante no es este contenido, sino el análisis semántico del mencionado título. Seguro que hay mucha gente que agradece la claridad del título pues se hace la idea de que lo entiende. Y, sin embargo es literalmente incomprensible. Como la mayoría de los comentarios periodísticos, incluyendo los míos, sobre la situación económica y que, últimamente, se centran en el desapalancamiento.

Para empezar no hay manera de saber qué quiere decir estabilidad económica. Lo de estabilidad ya es dificil y nos evoca problemas de los bólidos de la Formula 1 o la situación de un proceso mórbido: el enfermo está estable y si no, malo. Pero ¿qué significa esa palabra cuando se habla de estabilidad económica? ¿Qué el sistema económico no explote ni implosione? O.K. Pero ¿qué es un sistema económico? ¿Algo como un bólido o como un enfermo? Pues ni lo uno ni lo otro. Sde algo que definido con exactitud sobrepasa la cultura general.

Pero eso es casi trivial en comparación con lo del camino hacia esa estabilidad que no sabemos lo que es. ¿Qué es un camino en economía? Es una senda que puede seguir una variable como, por ejemplo y apara estar à la page, la deuda de ese sistema. Se trata de algo que, interno a un sistema, parecería que puede ser descrito sin ambigüedad dentro de ese sistema: como un río dentro de su cauce. Pero si estamos hablando del sistema económico en sí y en toda su complejidad ya no hay cauce por el que discurre y la palabra camino se problematiza: como si el ríos se hubieran desbordado y tuviéramos que pensar sobre la dinámica del agua en esas condiciones. Se me antoja que, seguramente, se trata en ese caso de un sistema complejo con múltiples soluciones y cuya senda, trayectoria o camino es imposible de prededecir.

Pero si esto es así ¿qué quiere decir que el camino es estrecho? Lo primero que viene a la cabeza es que se debe tratar del camino ascético a la vitud o una situación llena de peligos entre Escilla y Caribdis. Pero qué o quién es la Carbdis de un sistema económico o su Escila?

Todo esto se aclararía si dijéramos que queremos saber si la trayectoria-solución de un problema de control óptimo o de programación dinámica condicionado por un sistema de ecuaciones difrenciales cumple la ecuación de Bellman. Pero entonces solo lo entenderían los que tuvieran conocimentos matemáticos, pero los otos se quedarían in albis.

No nos queda más remedio que admitir que la naturalización del lenguaje económico, y por ende de todo lenguaje que se pretende científco, es peligrosa. Es fácilmente manipulable por los conocedores de la retórica utilizada. De ahí que la divulagación científica sea realmente imposible, lo mismo que la traducción.

Pero entonces ¿cómo vamos a decidir qué parte del gasto público vamos a asignar a la ciencia? No lo sé pero sí sé que tampoco lo sabe los gestores públicos y mucho menos la ciudadanía. Para allegar recursos hay que naturalizar el lenguaje y ello hace que el estrecho camino de la finaciación de la Ciencia sea realmente un camino intrincado que no admite soluciones fáciles. No hay manera de encontrar una buen vía que no pase por la autogestión de los científicos. Pero entonces, y si esto es cierto, que se busquen la vida naturalizando su lenguaje ante los interese privados o que lo hagan para popularizar su propia autogestión y vender sus productos.

Beno, paro aquí antes de salirme del ancho camino de la sensatez y caer en una radicalidad dificil de naturalizar.

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    RIQUEZA FINANCIERA Y TEORÍA DEL CAPITAL

    Las noticias económicas de este verano, tan volátiles como los mercados y tan preocupantes como las diversas declaraciones que nos han llegado de Jackson Hole o la ralentización de la reforma financiera de Obama o las amenazas de una tasa especial a la banca, nos han hecho ver no solo que no acabemos de deshacernos de los efectos colaterales de la Gran Recesión, relacionados ahora con el endeudamiento y sus repercusiones sobre el sistema financiero mundial, sino también que necesitamos cierto sosiego para reflexionar sobre la naturaleza de la riqueza financiera. Pero una reflexión de ese calibre y ese tono necesita un poco de sabiduría importada de nuestra historia intelectual, algo que ponga en perspectiva la mera afirmación, reiterada hasta la saciedad, de que la riqueza financiera no es más que humo.

    Lo adecuado es comenzar por el principio, por algo que sabe todo economista, por la división del trabajo y la especialización que tan bien describió A. Smith en el libro I capítulo I de la Riqueza de las Naciones: ”Tomemos como ejemplo una manufactura de poca importancia…: la de fabricar alfileres. Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea (convertida por virtud de la división del trabajo en un oficio nuevo) y… por más que trabaje, apenas po­dría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de veinte. Pero… hoy día la fabrica­ción de alfileres… está dividida en varios ramas…. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en tro­zos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza: a su vez la con­fección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas:….. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieci­ocho operaciones distintas…”

    Es un fragmento que por conocido y repetido oculta parte de su significado. Refleja no solo la división del trabajo y la especialización como causa y origen del correspondiente aumento de la productividad, sino que, además, apunta al surgimiento de la proliferación paulatina de empresas independientes y a la correspondiente noción del capital como rodeo de la producción posteriormente destaca por Eugen Böhm-Bawerk. Pues bien, esta manera de mirar al capital es, a mi juicio, muy adecuada para pensar la naturaleza de la riqueza financiera.

    Para verlo con claridad me apoyaré en una idea de de Donald MacKencie en un artículo de la London Review of Books del 8 de mayo del 2008 . La fábrica de alfileres y lo que en ella ocurre es un ejemplo de división del trabajo que se produce dentro de una empresa de la que alguien se ocupa sin necesidad de que haya ningún dato público más allá de la contabilidad que, visada por un juez, nos sirve más o menos bien para que cualquiera pueda acercarse al cálculo del valor de esa empresa. Un conocimiento superficial de la historia nos enseña que, más tarde, se empieza a sacar fuera de la empresa ciertas tareas de forma que el seguimiento de la actividad se hace más complicado lo que, además de acarrear sospechas sobre la contabilidad, hace surgir ciertas prácticas que acaban redundando en la generación de compañías auditoras. Dando un salto en el tiempo podemos imaginar que eventualmente llega la deslocalización internacional y la consiguiente necesidad de auditoras transnacionales a fin de conocer con cierta garantía de rigor lo que vale una empresa. Toda esta historia/ficción quiere reflejar la importancia de la naturaleza pública de la información en la formación del capital como el rodeo de la producción.

    Pues bien, esta historia es perfectamente aplicable a la especialización financiera y a la creación de la riqueza financiera pero, como se suele pensar y afirmar que lo financiero tiene una naturaleza muy distinta, añado ahora un par de ideas muy raramente mencionadas pero que me servirán para disipar esa creencia. Primera, en el desarrollo del capital real es muy fácil conocer el precio de los productos por muy larga que sea la cadena de producción resultante de la especialización pues la demanda final relevante (de trajes de novia digamos en el caso de las alfileres) establece una referencia que nos parece real y de la que se derivan los precios de todos y cada uno de los productos de la cadena a través de la competencia que, entre otras cosas, revela los precios de manera pública. Segunda, cuando el proceso del rodeo de la producción mediado por la competencia genera un producto final fácilmente estandarizable (como es el caso de las materias primas o el de las acciones de las empresas cotizadas) se crea un verdadero mercado en el sentido de que cuando uno compra o vende lo hace a través de un sitio central organizado que se compromete a hacer llegar el producto al comprador al precio fijado centralizadamente y a veces electrónicamente. De ahí que este mismo mercado pueda ser un negocio en si mismo e incluso cotizado a su vez en Bolsa. Esto último ocurre porque en ese verdadero mercado hay datos públicos que todo el mundo conoce y todos saben que todos los conocen.

    Es justamente esto último lo que va a fallar en la división del trabajo y la especialización del área financiera. A ello me refería en el las Meditaciones de agosto (Expansión 25 de agosto) cuando trataba de describir el negocio de innovación financiera que se ha dado en llamar “originar y distribuir”. Glosando a Sidney Winter describía allí la industria hipotecaria como una cadena de contratos entre agente y principal que parece no tener fin. Comienza con los brokers que venden hipotecas de manera casi free lance, continúa con el originador que pone el dinero y actúa como un dealer que pasa el contrato a unos titulizadores que empaquetan este activo junto con otros de distinta naturaleza, trocean los paquetes y distribuyen las piezas entre prestamistas que eventualmente contratan una especie de aseguramiento del riesgo de crédito, que también puede ser titulizado, sin que nadie de esta cadena haya tenido incentivo alguno a preocuparse de la naturaleza y calidad de la hipoteca original sin que haya un verdadero mercado centralizado responsable de garantizar las entregas y de fijar públicamente los precios. Todos los contratos son over the counter (OTC). Lo mismo que ocurre en la gran mayoría de los contratos “reales”

    No parece pues que haya diferencia conceptual seria entre la innovación financiera y la “productiva” excepto en un punto crucial: que en el ámbito financiero no hay traje de novia o, lo que sería equivalente, no es esperable que se cierre la cadena de valor con todos los contratos asegurados. Es esta diferencia la que hace surgir la idea de que hay un endeudamiento máximo sostenible, un límite de crédíto más allá del cual la situación es insostenible y el castillo de naipes colapsa bajo el leve peso del endeudamiento.

    Quizá, podríamos pensar, estemos ante un ejemplo de lo que se llama, en la teoría de la complejidad, autocriticidad y se ejemplifica por la imposibilidad de que la pendiente de un montón de arena de playa sobrepase un cierto valor a partir del cual se desmorona hasta recuperar la pendiente sostenible. Sin embargo en los términos analíticos utilizados hasta aquí esto no es fácilmente admisible por muy interesante que sea la teoría de la complejidad. Quedarnos satisfechos con esta explicación sería como admitir que en la naturaleza de lo financiero hay, como lo hay en la arena, algo natural e ineluctable. Es comprensible que esta explicación sea atractiva pero es insostenible en términos puramente intelectuales. De la misma manera que no vislumbramos, en general, un límite físico a la división del trabajo, tampoco deberíamos admitir sin más una longitud determinada de la cadena financiera. ¿Qué importa en efecto que el endeudamiento de una firma o de un país sea a muy largo plazo si pensamos que en cada vencimiento el negocio genera lo suficiente? Y si pensamos que eso no es así ¿qué ventaja tiene que el endeudamiento sea a corto plazo?

    Pero como los inversores no piensan de esta manera, es muy posible que estén convencidos de que el rodeo de la producción “natural” es más corto en lo financiero que en lo “real”. Sin embargo eso no es tan claro si pensamos que la globalización y de la deslocalización propician un mayor rodeo de la producción pero mucho menos controlable.

    (Publicado en Expansión el lunes 6 de septiembre)

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